​¿"Terapias" de conversión? ¿"Terapias" de borramiento?

Paloma Azpilicueta
Psicóloga clínica y psicoterapeuta

Hace poco vi una película norteamericana —Identidad robada, del director Joel Edgerton—, protagonizada por un adolescente que confiesa sus deseos homosexuales a sus padres y es conducido a una «terapia» de conversión con el objetivo de expulsar estos deseos de su interior. El joven es hijo de un pastor baptista rígido y autoritario.


La «terapia», realizada en un centro cerrado, resulta ser algo muy parecido a una estancia en prisión, bajo una vigilancia extrema, y donde se realiza algo muy próximo a un lavado de cerebro, con un intenso control no sólo de la conducta sino también del pensamiento y los deseos, con altas dosis de moralina y de ideología religiosa. Todo ello, regido por el poder omnímodo del director del centro. El pensamiento, la reflexión, el respeto por la subjetividad de los participantes y por su libertad de pensamiento no aparecen por ninguna parte.


Los efectos destructivos de estos planteamientos quedan claramente de relieve en la película: hay un participante que finge entrar en el juego para que le dejen marchar; otro se somete, lleno de culpa y vergüenza; otros son enviados a otro grupo (podríamos calificarlo de «segundo grado»); uno se rebela y logra escapar, ayudado literalmente por su madre; y, por último, hay uno que se suicida. Desde un punto de vista de salud mental, permítanme la ironía, se trataría de unos resultados «excelentes», de lo que podríamos llamar una «buena cosecha»…


Parece ser que se trata de un «procedimiento», por llamarlo de alguna manera, en el que han participado unas 700.000 personas en los Estados Unidos, la mitad de ellas, aproximadamente, son adolescentes. En el momento actual, habría un número cercano a las 20.000 personas en «tratamiento». Es decir, estamos hablando de cifras importantes.


La película se basa en hechos reales, concretamente en la experiencia de Garrard Conley, reflejada en su libro Boy erased (que podríamos traducir por «Joven borrado» o «Joven eliminado»).


Consideración de la homosexualidad


No hace tanto tiempo que, en el mundo occidental, la homosexualidad era considerada una enfermedad mental y también un delito. En muchas partes del mundo lo sigue siendo aún y puede castigarse con la muerte. En cuanto a la despenalización de la misma, existe una variedad enorme entre los países. Por ejemplo, Perú lo hizo en 1927, España en 1979 (gobernando Adolfo Suárez), Israel en 1988, Chile en 1999 y la India en 2018. Rusia es un caso especial: fue despenalizada por los bolcheviques, penalizada a continuación por Stalin, y vuelta a legalizar en 1993, pero en 2013 Vladimir Putin la penalizó de nuevo promulgando unas leyes contra la «promoción» de la misma. Sin embargo, un número importante de países (setenta y cinco en concreto) la siguen considerando un delito duramente castigado. En cuanto a la legalización del matrimonio homosexual, España es uno de los primeros países que la llevó a cabo, en el año 2005.


Si hablamos de la patologización de la misma, de su consideración como una enfermedad mental, el DSM (Manual diagnóstico y estadístico de las enfermedades mentales, muy utilizado en nuestro país) lo estableció así en 1952, eliminando esta opción sexual ―con diversos matices y de manera progresiva, a partir de 1980― de la consideración de ser algo patológico. El sistema de clasificación de enfermedades mentales de la Organización Mundial de la Salud (CIE), lo excluyó como patología mental, de manera definitiva, en 2006.


¿Por qué este odio, o este temor tan profundo, al deseo homosexual? ¿Por qué esta crueldad, este control tan autoritario y tan lesivo para la subjetividad de cada uno en lo relativo al deseo sexual?


Lo que refleja esta estremecedora película que comentábamos al principio no es agua pasada, no es algo que sucedió hace tiempo, sino algo que continúa sucediendo ahora y aquí. Los hechos narrados tuvieron lugar en un área poco desarrollada de los Estados Unidos, en el estado de Arkansas, que se halla dentro del llamado «Cinturón de la Biblia», una región muy conservadora, hacia 2014.


Iglesia y homosexualidad


Es evidente el peso de la ideología religiosa en esta actitud. Es en el ámbito religioso donde esta «radicalidad» se expresa más claramente, aunque también hemos conocido ejemplos donde esto se argumenta desde los medios académicos o desde posiciones profesionales. Afortunadamente, no es así en todos los casos, pero hay ejemplos sumamente inquietantes. Por ejemplo, el obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Pla, milita muy fuertemente contra la homosexualidad, así como también contra la pornografía, la masturbación, la lujuria, la promiscuidad, la prostitución, etcétera. Resulta paradójico que personas a las que la práctica de la sexualidad les está explícitamente prohibida, los sacerdotes, pontifiquen con tanta dureza respecto a lo correcto o incorrecto, lo saludable o lo enfermizo en relación con este tema. De ahí la organización de seminarios y/o «terapias» para «curar la homosexualidad».


Desconozco en qué consisten exactamente las «terapias» mencionadas y las metodologías empleadas, así como el alcance de ellas (o de otras semejantes) a lo largo del Estado español, pero su objetivo es siempre el mismo: hacer desaparecer ese deseo no «normativo», como si se tratara de algo maligno.


En lo que se refiere al obispo de Alcalá hay pocas dudas al respecto, pues ha manifestado públicamente su rechazo de casi cualquier manifestación sexual no ligada directamente al matrimonio y a la reproducción, así como una postura beligerantemente homofóbica.

Para empezar, sería importante dejar de calificarlas de terapias y hablar en todo caso de técnicas de conversión o aversión. Una terapia busca ayudar, sanar, mejorar, y si el objetivo es eliminar algo no eliminable, el deseo sexual, lo que se conseguirá es, como mucho, un estricto control y represión, un sometimiento a las presiones, pero no una mejoría. ¿Y a qué precio? Un psicólogo que ha trabajado con personas que habían sido objeto de estas técnicas, Gabriel J. Martín, constata los efectos destructivos en términos de depresión y baja autoestima de estas personas.


Respecto a la «voluntariedad» con la que se asiste a estas actividades, habría que precisar la edad de estas personas y tratar de considerar las presiones de que pueden ser objeto, principalmente por parte de la familia en el caso de adolescentes y jóvenes. Volviendo a la película, Garrard Conley explicita en una entrevista una de las razones que le hicieron aceptar participar en la «terapia»: tan sólo seis años antes, un estudiante gay de la Universidad de Wyoming, Mathew Shepard, fue secuestrado y torturado, y murió posteriormente a causa de las lesiones que le causaron (hay muchas maneras de «presionar»). Otra forma de presión: en bastantes estados de los Estados Unidos existe una defensa legal contra una acusación de homicidio llamada «gay panic», es decir, el miedo a ser atacado sexualmente por alguien gay.


Luz y taquígrafos


¿Para cuándo programas de televisión o películas (documentales o de ficción) que hablen de ello, de estudios profesionales que analicen el fenómeno? ¿Para cuándo el recoger los testimonios de personas que hayan participado y que puedan relatar su experiencia y también las técnicas empleadas?


El tema de la transparencia en este terreno, y también en el estadístico, es importante. ¿Se puede cuantificar, ni que sea aproximativamente, el número de personas afectadas? Obviamente, se trata de un tema muy personal, aunque quizá puede investigarse de manera anónima.


Merecería la pena reflexionar un poco acerca de este tema y, en primerísimo lugar, conocer su alcance y sus características. Luz y taquígrafos, para empezar.

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