martes, 10 de diciembre de 2019

​¿Trauma post-vacacional?

Román Pérez Burin des Roziers

El final de las vacaciones es como la sensación de una tarde de domingo, pero más acentuada e intensa. Se acaba el tiempo de ocio y se entrevé el reinicio de las ocupaciones laborales y lectivas. La pausa/paréntesis vacacional es un momento privilegiado para disponer del tiempo propio, para satisfacer algunas apetencias, aficiones y deseos que quedan relegados o restringidos durante el año.


Las vacaciones suelen generar ilusiones y expectativas de bienestar y de realización personal. En cierto sentido aparecen como un oasis tras la travesía del desierto del año vivido habitualmente con exigencias, obligaciones, responsabilidades y prisas. El trabajo y la vida escolar dejan de ser el centro de la vida; la convivencia familiar, los encuentros con amigos, las actividades ligadas al ocio, al deporte y a la cultura pasan a un primer plano.


El orden cotidiano que regula nuestras vidas deja paso a otras formas de organización que dan más margen para la libertad de elección y de tiempos, es más plástico y cambiante en función de las circunstancias y de los deseos. Mientras estamos de vacaciones solemos tener una perspectiva diferente de nosotros mismos, de quienes nos rodean y del mundo en general. Tenemos más oportunidades para percibir y atender a las sensaciones vinculadas a los sentidos; las sensaciones en la piel y el cuerpo, el olfato, el oído y el gusto contrapesan el imperio de la vista, de la mirada. Quizás ello contribuya a que seamos más propensos a ponernos filosóficos: ¿qué vida llevo? ¿Es esto lo que quiero para mi vida? ¿Qué quiero para un futuro próximo? Desde la distancia de las vacaciones parece que somos más conscientes de los sinsentidos y contradicciones de nuestra vida. Es una época en la que los ritmos acelerados y la productividad rige nuestras vidas, tiende a atraparnos en sus engranajes, al precio de condicionar el bienestar emocional y la calidad de vida de personas y familias.


Seguramente hay aspectos idealizados y teñidos de la nostalgia de las vacaciones infantiles (personas, lugares) que nos llevan a evocar momentos de satisfacción susceptibles de repetirse o reeditarse, o no. Pero los conflictos de vida no se detienen en vacaciones, sobre todo los personales, los relacionales y particularmente los de la convivencia familiar i/o de pareja, y a veces los de la soledad. Seguramente aflorarán conflictos porque forman parte de la vida y porque se reproducen situaciones anteriores no resueltas, pero también es una oportunidad para confrontarse con algunos de ellos con más tiempo y energía para hablar y escuchar. Estadísticamente, en verano y en vacaciones hay un aumento significativo de separaciones y divorcios.


De las expectativas y esperanzas depositadas en el período vacacional se pasa a una realización posible de las mismas, con todos los imprevistos y las circunstancias que la atraviesan, hasta llegar a su final. Como siempre, como cada año, llega el momento de la vuelta a la cotidianidad familiar, laboral y escolar. Probablemente esto no deja indiferente a nadie y produzca un impacto subjetivo más o menos considerable, hasta volver a quedar imbuidos (¿atrapados?) en la vorágine de la vida cotidiana y las vacaciones sean un recuerdo.


El fin de las vacaciones y el reinicio de la vida cotidiana nos puede conmocionar subjetivamente, porque tiene componentes de frustración, de pena y de pérdida que requieren la elaboración de un cierto duelo. En la época que vivimos poco se quiere saber de frustraciones, penas y pérdidas subjetivas, sentidas, lo cual no facilita el poder aceptarlas y elaborarlas. Antes se definen y nombran como trauma o como síndrome patológico, siguiendo la tendencia actual a psicologizar, etiquetar y patologizar lo que forma parte del amplio abanico de la subjetividad humana.


Dicho lo dicho, ¡qué lástima que se acaben las vacaciones!


PS: ¿no deberíamos pensar en hacer vacaciones del móvil?

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