sábado, 21 de septiembre de 2019

​Barcos sin puerto

José Leal

El verano ha estado cargado de emociones. Los días con Sami derrochando ternura, descubriéndolo todo, caminando ya con soltura, casi corriendo juntos para seguir el curso de las hojas en la pequeña acequia que riega la dehesa con las recién nacidas aguas que bajan del Moncayo y decirles adiós. Pasear con amigos por el monte, buscar chordón que crece generoso entre las piedras cuando acaba el hayedo de sombra iluminada, descubrir un sendero, conversar y poner en común la comida llegados al collado.


Lejos, el mar que amo en otras estaciones. Duro mar este verano para tantos que han dejado sus vidas y para tantos que, impotentes una vez mas, hemos seguido el dolor de aquellos atrapados en un barco, el Open Arms, durante tantos días por la incompetencia de los diversos gobiernos.

Tengo claros recuerdos de muchas de las obras de teatro que a lo largo de los años vi en el Maria Guerrero de Madrid. Dos de ellas las recuerdo muy precisamente. Una es La visita de la vieja dama, de Dürrenmatt. Es un texto corrosivo en el que hace una crítica feroz a algunas de las características de la sociedad de su tiempo: la soberbia, el abuso de poder, el desprecio a los otros, el resentimiento y la venganza. Una obra demoledora sobre aquellos aspectos mas oscuros y rechazables del ser humano; aquellos que lo sitúan al borde de la barbarie al estar sustentados en el desprecio y el abuso de lo que nos hace reconocernos como personas. Sin compasión alguna. Una dama extraordinariamente rica vuelve a su pueblo a cumplir una venganza, matar a quien la despreció de joven. Para conseguirlo emplea todo su dinero con una obscenidad sin medida. Es una denuncia descarnada de la corrupción y del poder. Volví a verla recientemente en el Teatre Lliure en un nuevo montaje con Vicky Peña, admirable en ese papel de la dama que odia sin piedad y abusa sin tregua de su posición económica.


La otra obra es San Juan de Max Aub. Debió ser en 1998. El barco en el que transcurre toda la obra entraba en la sala de butacas y acercaba al espectador como un espejo del que no podía escapar en el que se veía la terrible tragedia de un grupo de judíos que vagaban por el Mediterráneo huyendo sin encontrar acogida en puerto alguno. Un año antes, un barco con miles de Kurdos vagaba por el Mediterráneo sin encontrar asilo.


La tragedia del Open Arms en las aguas mediterráneas este verano de 2019 me hizo revivir el impacto que me generó la obra de Aub y removió en mí el temblor que me provocó presenciar la representación de la obra, impotente ante lo que se desarrollaba ante mi mirada y esa sensación de obscenidad que a veces invade cuando miras una escena horrible, dolorosa y nada puedes hacer y has de seguir mirando. Uno y otro barco son la imagen de un mundo cuyos valores andan a la deriva y con escasa esperanza.


Escrita a finales de 1942 fue inspirada en su propia experiencia de ser deportado de Port Vendres al campo argelino de concentración en Dielfa en el barco Sidi Aicha dedicado al trasporte de ganado, metido en sus bodegas donde compartió tres días de viaje con otros 150 prisioneros , dos de ellos españoles. Aub, igual que todos nosotros, sabía de la tragedia de numerosos barcos de emigrantes y exiliados que buscaban puerto de acogida y reciben la prohibición de desembarcar. Conocía la odisea del Flandes que llegó al puerto de Veracruz con 327 republicanos españoles y 104 judíos alemanes a quienes no se les permitió desembarcar y fueron devueltos a Alemania. 


El impresionante montaje escénico incluía la entrada de la proa en una parte del patio de butacas que convertía a éstas a la vez en espacio escénico. Con ello el texto, el drama cobraba una proximidad impresionante. La causa y el resultado de lo que allí sucede, con diferencia a las tragedias griegas no es producto del capricho de los dioses sino de la insolidaridad de los gobiernos libres. Aub despliega en un magnifico texto un pensamiento potente. El hombre, el ser, es lo que importa como diría también León Felipe y su desvalimiento frente a los intereses mercantilistas. Debe luchar y esta lucha ha de ser contínua. La salvación, señala, ha de ser colectiva y no viene de la fe sino de la acción transformadora en la lucha por cambiar este mundo nuestro ya que solo en esa lucha reside la esperanza de lograr un mundo mejor. Sin esperanza la lucha es estéril. El protagonista de San Juan no es individual sino colectivo aunque ello no anula los rasgos individuales. Esa reivindicación colectiva es un signo de su tiempo y de la izquierda y puede verse también en Leon Felipe cuando escribe "no es lo que importa llegar solo ni pronto. Sino con todos y a tiempo.”


El drama del Open Arms es también un drama colectivo. De los que estaban en el barco y de los que no estaban. Ambos, el San Juan y el Open Arms son, como está escrito en la presentación del texto de Aub " la imagen de nuestro mundo a la deriva, condenado sin apelación y abatido sin esperanza," reflejando un sentimiento muy común en el tiempo en que fue escrito, 1943.


Al ver la odisea de ese barco herido en el mediterráneo, cargado de esperanzas, de angustia, de dolor, de deseos, de miedos, de solidaridades, falto de intimidad, asfixiante, siempre al borde de una tragedia, resignados, he sentido las inquietudes y el desasosiego tal como lo sentí en aquel ya lejano 1998 en Madrid.


Todo está en ese barco, en cualquiera de los barcos, muchos, que navegan por los diversos mares en busca de refugio y libertad y convertidos en cárceles. En la tragedia que describe Max Aub y vemos en el teatro, en la tragedia del Open Arms, retransmitida cada dia en un directo cruel y a la vez inmunizante está metido el mundo de ideales, emociones y complejidad que somos: "el exterior y el interior; las ansias de libertad y la opresión; la esperanza y la resignación; la calma y la desesperación; la solidaridad y el individualismo; la vida y la muerte; la luz y la sombra; el miedo de un futuro a la deriva. Todos estos mundos son los que tejen la tragedia del San Juan y todas las tragedias de las migraciones en barco, por tierra y por cualquier lugar. Y nosotros estamos ahí, en esos barcos que ya no pueden dejar de ser nuestros y nosotros, que somos puerto y barco. 

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