lunes, 9 de diciembre de 2019

​¿Infancia productiva?

Román Pérez Burin des Roziers

Niños jugando, juego, infancia



Quienes están en contacto con la infancia habrán escuchado más de una vez a algún niño quejarse de que “no tengo ningún día libre”. Obviamente hace referencia a las tardes, cuando salen de la escuela. “Cada día tengo algo”, se lamentan, aunque ese “algo” pueda ser una actividad deportiva de su elección y agrado.


Estas actividades se suelen englobar bajo el epígrafe de “extraescolares”, cosa que tiene mucho sentido cuando se trata de actividades que se realizan en la escuela fuera del horario escolar. Tradicionalmente se hacían por la tarde, y desde ya hace un tiempo se pueden hacer en la larga pausa del mediodía. Con esta modalidad se consigue quizás liberar alguna tarde del niño, y a la vez que esté ocupado durante el llamado “patio del comedor”, en el que tienen “mucho” tiempo libre.


Al prefijo “extra” habría que tomarlo en su literalidad, porque denota que se trata de un plus, de un suplemento o complemento de la actividad fundamental, que es la escolar. Esto es algo que, desde la perspectiva del adulto, de los padres, parece obviarse o darse por hecho, como si pasar toda la mañana y parte de la tarde en la escuela no fuese gran cosa.


Otra frase que se suele escuchar, esta vez en boca de los padres y de los adultos, es que los niños “siempre están pensando en jugar”. Y no les falta razón, pero la cuestión está en la interpretación que se haga de ello. Con frecuencia se entiende este deseo persistente de jugar como un obstáculo para que el niño se centre y se concentre en sus obligaciones y “extra” obligaciones, en sus ocupaciones. Se interpreta como una insistencia porfiada y cansina, casi como una distorsión de como debería ser el niño o la niña, que afecta a su capacidad productiva. Lo que para el adulto es una obviedad -que el niño tiene que dejar de jugar para hacer sus tareas y actividades- para el niño es una renuncia importante y costosa.


El juego y el jugar están integrados en la vida del niño, también en la escuela y en las actividades extraescolares, como no puede ser de otra manera. También se incluyen Las colonias están incluidas dentro de la escolaridad, como un tiempo de convivencia, de vinculación y de juego que favorece los procesos escolares a todo nivel, cosa que no siempre es comprendida y apoyada por los padres, ni por algunos niños. Entonces, ¿de qué se quejan los niños?


De la frase “no tengo ni una tarde libre” habrá que escuchar y darle peso al término “libre”, que es donde radica la cuestión. Libre de compromiso y obligación, aunque esta sea el deporte o la actividad que le guste. Libre de elección, de poder hacer o jugar a lo que en aquel momento les apetezca, a lo que prefieran. Libre de tener que hacer un juego productivo, para ser un jugar por jugar, por el puro placer. Libre de horarios, de tener que volver a salir de casa.


Esta libertad siempre será limitada; probablemente no podrá jugar con amigos, quizás tampoco con sus padres. Según edades y en función del criterio y del control de sus padres, se corre el riesgo de que se convierta en una tarde de pantallas: de la TV a la tableta, de la videoconsola al ordenador. Quizás una parte de la anuencia y de la permisividad de algunos padres respecto a los juegos digitales y a las redes sociales provenga de la idea de que el niño o la niña están aprendiendo a manejar la tecnología, que tiene un objetivo productivo. Estas pantallas son un serio competidor para lo que casi podríamos denominar “juegos off-line”. Hay que salir de la pantalla – no quedar atrapado en ella- para poder jugar a esas otras cosas, más ligadas a los recursos imaginativos y desiderativos de cada niño, a su creatividad, a sus procesos simbólicos. Un jugar que tiene sus momentos de no saber a qué, sus momentos de aburrimiento -cosa que no pasa con los dispositivos electrónicos- pero que son los que dan paso a la elección y a la inventiva, que requieren del niño una posición activa y creativa. Un juego y un jugar que es libre y personal, y un recurso para soportar sus otras ocupaciones.


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