sábado, 7 de diciembre de 2019

Acogida y adopción: algunas experiencias y una película

Paloma Azpilicueta
Psicóloga clínica y psicoterapeuta

Las películas suelen inspirarme muy a menudo, y esto es lo que sucedió con la que vi hace unos meses: En buenas manos, en su traducción castellana, y Pupille, en el original francés. Su directora es Jeanne Herry, desconocida para mí hasta ese momento. Hago constar los dos títulos porque la diferencia entre ellos nos dará que pensar más adelante.


Empiezo por la película. Se trata de lo que podríamos llamar un documental ficcionado, es decir, una combinación de dos enfoques diferentes, a mi entender muy lograda. Trata de padres que desean adoptar un hijo, de madres que no deseaban tener el hijo que han parido, de padres acogedores y de los protocolos y procedimientos que han de seguirse en estos casos.


Es una película francesa que expone, ficcionalmente, cómo se plantean los temas en el país vecino en el momento actual. Francia tiene una antiquísima tradición de sistemas de acogida de bebés y huérfanos, que se remontaría al siglo XVIII, con una versión institucional pero, quizá más aún, con una poderosa red de nodrizas y familias de acogida pagadas por la Administración pública. La Revolución Francesa legisló al respecto de manera que dejara de ser una actividad caritativa y pasara a ser asumida por el Estado, como una parte de sus obligaciones. No entraremos en el detalle de los cambios que se han ido produciendo, pero sí que conviene retener este aspecto que tiene una doble vertiente: una larga tradición de acogida que es asumida por el Estado y que también es pagada por este mismo Estado.


En este sentido ―la importante red de familias cogedoras profesionalizadas―, también nos podríamos «inspirar» aquí, en Catalunya. La proporción entre la acogida familiar y la residencial es enorme en nuestro caso: por cada caso atendido por una familia acogedora habría tres en acogida residencial.


El Síndic de Greuges, en un informe elaborado en 2013, afirma que es necesario promover y potenciar el primer aspecto de manera clara, equilibrando la desproporción que existe entre ambos. Para ponerlo en cifras más concretas, en el 2012 habría 5.774 niños en familias de acogida (sólo un 10 % de ellos en acogida profesionalizada) y 46.630 en CRAE (Centre Residencial d’Acció Educativa), de manera que el número de niños atendidos en estos últimos centros y el de los acogidos en Cases d’Infants sería infinitamente superior a los acogidos en familias. Por otra parte, un Informe relativamente reciente del Senado español (2010) habla de la necesidad de suprimir la acogida residencial de los niños menores de seis años, empezando por los de cero a tres años.


Si hablamos de la acogida familiar, ésta puede hacerse en familia extensa o en familia ajena, y puede ser voluntaria o profesionalizada. Por su parte, la acogida profesionalizada puede adoptar diversas formas, yendo a cargo de personas pagadas directamente de la Administración o de la entidad a la que se ha adjudicado la acogida.


Si hacemos ―siempre siguiendo al Síndic de Greuges― una comparativa entre diversos países, veremos que en Alemania la mayor parte de las acogidas familiares son voluntarias, en los países nórdicos y anglosajones, mayoritariamente profesionales y, en Francia, en once de cada trece casos se trata de profesionales asalariados. En Catalunya, la acogida profesional está muy poco desarrollada.


En el caso de Francia, esta historia previa (que se remonta al siglo XVIII) nos ayuda a entender el elaborado sistema que la película muestra y la gran calidad de la atención que los servicios especializados prestan a niños, madres y familias. El trato con la madre y el respetuoso acompañamiento que se le hace hasta que toma su decisión, así como el asesoramiento respecto a la manera de despedirse de su hijo; la estrecha relación entre los diversos profesionales y «departamentos» que intervienen (que no excluye rivalidades y conflictos entre ellos), serían otros aspectos a «copiar». No se trata de idealizar: no hay nada perfecto, pero sí de tener presente que las cosas no se improvisan y aprender de los que lo han intentado antes que nosotros. No sabemos si este protocolo está generalizado en el todo el territorio francés o si existen diversas modalidades de atención.


También es importante abrir bien los ojos para repensar aquellos aspectos «manifiestamente mejorables» de la atención que se presta en Catalunya. En este sentido, recomendaría mucho la visión de la película en modo cine-fórum por todos aquellos profesionales que trabajan en este campo; creo que podemos avanzar mucho y que el debate sobre los casos concretos que aparecen en ella puede ser muy fructífero: oxigenar el pensamiento y la práctica, dar ideas, ayudar a innovar en un hacer difícil y complejo, etcétera.


Por ejemplo, el título francés de la película, Pupille, se refiere a la «categoría» administrativa en que se coloca a un bebé cuya madre decide darlo en adopción; son unos meses (ahora, concretamente, dos) en que la Administración se hace cargo de él, pero dando la oportunidad a la madre de cambiar de opinión y «recuperarlo». En Catalunya y quizá también en el resto del Estado español, este período se prolonga a lo largo de un mes. Pero ésta es la teoría: en la práctica, las cosas son mucho más complejas y el proceso se alarga y se alarga. Estamos hablando de adopciones nacionales. Últimamente, me han hablado de dos casos que, después de 3 años y 2,5 años respectivamente, aún no están resueltos, sin ninguna razón conocida que justifique este retraso. A mi entender, esto es totalmente excesivo y lesiona gravemente los intereses del niño y también de los padres pre-adoptantes, dificultando una vinculación que requiere de calma y, sobre todo, de seguridad, continuidad y confianza.


El caso de Catalunya


Si pensamos en las formas organizativas que adopta la acogida, en la película vemos una coordinación importante entre las diversas entidades o departamentos. En Catalunya, según el Síndic, existe una compartimentación excesiva. La DGAIA (Direcció General d’Atenció a la Infància i Adolescència) ejerce la tutela de los niños en desamparo, pero la acogida depende del ICAA (Institut Català de l’Acolliment i Adopció). Por otro lado, los EAIA (Equip d’Atenció a la Infància i Adolescència) se ocupan de las familias biológicas y las ICIF (Institucions Col.laboradores d’Integració Familiar: ya perdonaréis la «sopa de siglas»…), de manera externalizada, del seguimiento y ayuda a las familias de acogida. Yo añado: la miríada de equipos, servicios especializados, planes de trabajo y asesorías técnicas, así como las externalizaciones, etcétera, no ayuda… Las intervenciones quedan fraccionadas, segmentadas, cuando las personas a las que se dirigen es una sola…


En relación con las familias de acogida, los profesionales de las ICIF están saturados y no pueden atenderlas suficientemente; las ayudas económicas que estas familias reciben son también insuficientes.


Los/las profesionales de las ICIF no cuentan con una supervisión externa, pues, al tratarse de algo no obligatorio, no todos se benefician de ella, lo cual deja en ocasiones a los profesionales en una cierta situación de desamparo. Para atender bien el desamparo, el/la profesional debe empatizar con este desamparo, pero también debe tratar de evitar encontrarse en la misma situación, puesto que en ese caso es muy difícil poder realizar una intervención correcta, que no repita las carencias previas que niños y familias han sufrido, es decir, una intervención re-victimizadora, que no abre puertas a una mejor evolución, a una intervención reparadora, sino que remacha el clavo de lo sufrido…


Los niños acogidos no tienen un referente profesional claro y quedan un poco aislados, fuera de foco. El Síndic sugiere la conveniencia de que un profesional atienda al niño y otro a la familia acogedora.


Pasando a concretar más aún, desearía recoger las numerosas quejas que profesionales de la atención a la infancia han vehiculado de diversas maneras, una de ellas un documento de la CGT Enseñanza. En ellas hablan de adjudicaciones de la gestión de centros a amigos de los responsables de la DGAIA (véase el caso del penúltimo director de la misma, actualmente investigado por el Juzgado nº 24), así como de la profunda inadecuación de algunos centros (concretamente el Centre d’Acolliment La Misericòrdia, en Gerona), donde se incumplen sistemáticamente las leyes referidas al tamaño y la ubicación de los centros, la ratio de profesionales/niño, las condiciones de los centros y un largo etcétera. Es decir, no hablamos tan sólo de formas organizativas diversas, sino de incumplimientos muy precisos.


En relación con este último Centre d’Acolliment, en los últimos cuatro años el Síndic ha elaborado cuatro informes, el último de ellos muy reciente, pues está fechado el 24 de julio de 2019 («Resolución del expediente AO-00149/2019»). Ninguno de ellos ha recibido respuesta de la DGAIA. El Síndic enumera las numerosísimas deficiencias detectadas en apartados tales como Sobreocupación, Incumplimiento de la normativa en relación con la edad de ingreso y al tiempo máximo de permanencia en el centro, Cobertura de ratio de la Cartera de Servicios Sociales, Establecimiento de turnos y delimitación de tareas, Infraestructura y mantenimiento del centro, Calidad de la comida, Acompañamiento psicológico y emocional, etcétera.


Estamos hablando de cosas muy importantes, que inciden de manera directa en la calidad de la atención que los niños y los adolescentes reciben en este centro y, por lo tanto, de que su situación de desamparo mejore de manera efectiva y no se perpetúe.


He intentado entrelazar, siguiendo un poco el hilo de la película, la manera cómo se trabaja en Francia comparándola en varios aspectos con la forma de trabajar en Catalunya, en este caso, apoyándome básicamente en el Informe del Síndic de Greuges 2013.


Tres experiencias de acogida/adopción


Ahora pasaré a comentar varias experiencias de personas adoptadas o acogidas a través de tres novelas que os recomiendo con entusiasmo. Las tres hablan de vivencias duras y difíciles pero las tres reflejan también una resiliencia más que notable. Es decir, nos hablan de penas (a veces muy hondas), pero también de alegrías, de lucha, de supervivencia y de «éxitos» vitales. Creo que puede ser una buena manera de acercarse vivencialmente al tema.


- Ellen Foster, de Kaye Gibbons, publicada por Versal.


- La Retornada, de Donatella Di Pietrantonio, publicada por Duomo Nefelibata.


- ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson, publicada por Lumen.


Empezaremos por la primera, Ellen Foster. Esta niña, de unos once años, inteligente, realista, práctica, con muchísimos recursos y con un impulso vital admirable, tiene que hacer frente a una situación realmente difícil: su padre biológico es borracho y maltratador, y la madre, de mucha mayor calidad humana pero con una salud física y psíquica frágil, muere/se suicida. El libro relata, desde su perspectiva y en sus propias palabras (con frecuencia «incorrectas»), los avatares de su vida a partir de la muerte de la madre, de la que ella se siente culpable.


Buscando escapar de su padre, se marcha de casa y es acogida voluntariamente por una profesora de su escuela y su marido, en cuya casa pasa una temporada muy satisfactoria pero corta. Desgraciadamente, su abuela materna, «odiadora profesional», hace valer sus lazos de familia para lograr que las autoridades le adjudiquen su tutela. No quiere a su nieta (de hecho, no quiere a nadie), pero, «confundiéndola» con su padre al que rechaza profundamente, le hace la vida muy, muy difícil.


La relación con una niña negra de su escuela y con la familia de ésta, que es muy cálida con ella, yendo más allá de sus profundos prejuicios racistas (nos encontramos en el profundo Sur de los Estados Unidos), le permite establecer unos vínculos muy significativos y de gran ayuda para ella.

La muerte de la abuela viene en su ayuda y, finalmente, es acogida por una señora de su pueblo que se dedica profesionalmente a ello y encuentra por fin un buen lugar donde vivir. En homenaje a esta mujer, a la que ha oído calificar de foster (‘acogedora’), sin conocer bien su significado y creyendo que se trata de su apellido, se cambia el suyo propio y se convierte en Ellen Foster.


La Retornada es una obra extraordinaria. Como ya indica su título, es una niña que, habiendo sido acogida/adoptada por una familia próxima a la suya, es devuelta a los trece años a su familia biológica sin que nadie (y no haré un spoiler) le explique por qué.


Pasa de un ambiente urbano confortable a todos los niveles a un ambiente rural, muy atrasado y extremadamente pobre. La casa de sus padres biológicos es pequeña, oscura, superpoblada (hay hermanos por todas partes), y cualquier cosa menos cálida y acogedora. Afortunadamente, su hermana pequeña, Adriana, está contenta de su llegada y la ayuda a su adaptación, durísima, al nuevo ambiente.


Como decíamos, la capacidad de resiliencia de la chica es notable, a lo cual contribuye un muy buen nivel intelectual, y las cosas se van arreglando poco a poco. Nuestra protagonista, persistiendo sin descanso, consigue aclarar su situación y las razones de su «retorno» y, gracias a la colaboración económica y práctica de su antigua «acogedora», logra salir adelante.


No es un happy end, para nada. Las cicatrices siguen ahí y el dolor también, pero eso no le impide estudiar y construir su vida, devolviendo a su hermana Adriana la «ayuda» recibida a su llegada a la casa familiar.


Nuestro tercer título, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, puede parecer divertido, pero la realidad de la protagonista, la misma escritora (se trata de un relato autobiográfico), no lo es en absoluto.


Ésta ha sido adoptada por una pareja de religión episcopaliana. La esposa, con gravísimos problemas psicológicos, deseaba un varón pero, desconocemos por qué razones, les fue finalmente «adjudicada» esta niña. Cuando quiere reprocharle lo inadecuado de su conducta, le dice a la pequeña: «Satán nos dirigió a la cuna equivocada». Como vemos, es un enfoque constructivo y alentador...


La frase que da título al libro fue también pronunciada por la madre cuando esta niña, ya adolescente, le comentó que estaba feliz porque se había enamorado de… otra adolescente.

El contexto familiar y social es pobre en varios sentidos de la palabra: un lugar pequeño y muy poco desarrollado en el norte de Gran Bretaña, en los años sesenta-setenta, en una familia de clase trabajadora. La Iglesia de Elim, a la que pertenecen los padres, es el principal lugar de pertenencia, y el estudio de la Biblia, el eje central de la misma.


La autora da un gran valor a estas enseñanza de la Biblia, no sólo para ella sino para los trabajadores que participan, considerándola (más allá de los contenidos religiosos) una vía de desarrollo cultural e intelectual muy valiosa, así como un lugar de socialización y solidaridad.

Las relaciones madre-hija son realmente difíciles, y el padre, aunque tiene otro estilo, no se atreve a contradecir a su esposa. La chica, no hace falta decirlo, es muy inteligente, pero también rebelde y complicada. Su inclinación sexual lésbica no ayuda precisamente en su relación con una madre extremadamente rígida y totalmente alejada del sexo en su vida personal.


Cuando este hecho llega a oídos de su comunidad episcopaliana, la chica es sometida a un violento exorcismo, realmente estremecedor. Esto produce una fractura interna en la familia, que se llena ―aún más de lo que ya lo estaba― de mutismo y desdicha. Nuestra protagonista, para alejarse de sus padres, decide dormir en una tienda de campaña en el huerto hasta que, finalmente, se marcha de casa a los pocos años.


La protagonista se convierte en una escritora de notable éxito, con una obra (inevitablemente) muy centrada en sus propias vivencias personales. He aquí algunas de las reflexiones que aparecen en este libro sobre la adopción y la herida narcisista que provoca: «La adopción es caer en la historia después de que haya empezado. Es como leer un libro al que le faltan las primeras páginas»; «La adopción es estar fuera»; «Es imposible creer que alguien te quiera por lo que eres».


Sin embargo, una doble circunstancia ―ser abandonada por su amante y encontrar una documentación parcial y contradictoria referida a sus padres biológicos, y su proceso de adopción― la desequilibra totalmente, y el proceso desemboca en una crisis psicótica.


Esta crisis, narrada con mano maestra y descrita de manera sincera y vívida, desemboca en un intento de suicidio, aunque finalmente Jeanette logra reponerse gracias en buena medida a la relación amorosa con una psicóloga famosa --Susie Orbach, la terapeuta de Diana de Gales-- y a que decide ponerse en marcha para averiguar sus orígenes biológicos y su proceso de adopción.


Los mil procedimientos y gestiones que describe para lograrlo dejan el adjetivo kafkiano como una broma, tal es el grado de rigidez, complejidad y, por qué no decirlo, falta total de empatía e incluso crueldad de algunos de los/las funcionarios/as que intervienen en el caso. La burocracia puede, literalmente, anular los derechos de las personas, bajo la capa de protegerlos. Pero el que la sigue la consigue, y Jeanette logra al fin contactar con su madre biológica y aclarar algunos aspectos oscuros de su adopción.


Tampoco en este caso podemos hablar en absoluto de un happy end, pero sí de un proceso y un recorrido vital duro y laborioso, aunque reparador al fin.


Creo que estos tres ejemplos literarios (uno de ellos autobiográfico) pueden ser útiles a muchos profesionales para aproximarse de manera vivencial al material psicológicamente incandescente con que se han construido las vivencias de los niños y las familias con quienes trabajan. Esta aproximación puede contribuir, no lo dudamos, a hacer su intervención más rica, cuidadosa y beneficiosa al cabo.


Ésta ha sido mi intención.

1 Comentarios

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Excelente reseña! Mucho que aprender para un tema tan delicado.

escrito por Myriam 01/nov/19    16:52

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