jueves, 21 de noviembre de 2019

​Expertos

Pilar Gómez
Psicóloga clínica y psicoanalista

Cuando le pregunté a Rodrigo la razón por la que no había seguido viendo a la doctora Z, la psiquiatra que le atendió en el hospital, siendo que se había establecido una buena relación entre ellos y se había ganado su confianza, respondió que sus padres habían preferido consultar con el doctor C, que era uno de los mejores expertos del mundo en trastorno bipolar.


El doctor C, también médico de la red de asistencia pública - y quizá por esta fama - estaba muy solicitado y no era fácil obtener una cita con él y menos fácil aún era que admitiera pacientes, aunque finalmente sí que admitió a Rodrigo por ser este una persona muy joven y resultar entonces un buen sujeto para hacer estudios.


Cuando Rodrigo llegó a mi consulta, dieciocho años recién cumplidos, apenas tenía voz, sentía el cuerpo rígido, la mente embotada, se movía con torpeza y farfullaba al hablar. Nada de esto es de extrañar, son efectos de la medicación sin que pueda afirmarse que venía sobremedicado. Había sido tratado con lo que se llama eufemísticamente un cóctel, una mezcla de substancias que le dejó sin fuerzas para nada, desaparecido de sí mismo. Los cócteles son también conocidos como camisas de fuerza químicas, lo que seguramente resulta más apropiado y preciso y mucho menos semánticamente engañoso.


Había ingresado en el psiquiátrico dos días después de su cumpleaños y pasó allí nueve semanas que fue recordando con horror. “Es una cárcel” me dijo y, desde luego, la falta de libertad, la vigilancia con cámaras permanente y la reducción inmediata de cualquier expresión de “ mala conducta” hacen la equiparación sostenible.


Antes de seguir dejaré claro que considero la medicación psiquiátrica necesaria, útil y conveniente en muchos casos, útil y conveniente para hacer vivible una vida que, a veces, se le aparece a un sujeto como insoportable, imposible de vivir. Pero para que sea útil y conveniente debe ser adecuada al paciente, a sus necesidades, a su momento, lo que nos lleva a decir que el personaje más importante para determinar cuál es la medicación adecuada y precisa es cada paciente.


Parece una verdad de perogrullo, pero tristemente no es así como se medica en demasiadas ocasiones, aquellas en las que lo que prima es la idea de las particularidades de la enfermedad por encima de las particularidades de los  pacientes y como la enfermedad cursa igual para todo el mundo se borra al sujeto que la padece y se trata más a un constructo teórico que a una persona que sufre a su modo particular y diferente de cualquier otro.


Me acordé de Marañón, de una anécdota que se le atribuye: se dice que al ser preguntado en una ocasión sobre cuál era el mejor instrumento diagnóstico respondió tras pensarlo unos instantes que era una silla, una silla - afirmó-  en la que sentarse, escuchar y explorar al enfermo.


La anécdota se sitúa en los años treinta del siglo pasado, un momento en que la tecnología empezaba a asomar la nariz en la medicina cuando la lógica maravilla ante una radiografía empezaba a dejar de lado la clínica propiamente dicha, aquella que requiere de un diálogo, anticipando quizá la desaparición de los enfermos arrollados por la catalogación de las enfermedades.


 En el campo de la salud mental el pronóstico se ha cumplido: cada año que pasa hay más trastornos clasificados, luego más personas susceptibles de ser declaradas enfermas. Remito al lector al primer post de este blog si quiere mayor información al respecto.


En el caso del trastorno bipolar que puede ser de tipo I o de tipo II, según el DSM5, el diagnóstico basado en la adecuación del paciente a una serie de criterios - tantos episodios depresivos mayores al año, tantos hipomaníacos o maníacos, combinados de tal o cual manera, de una duración especificada, etc-  se desinteresa de la narración precisa de lo que sucedió en cada uno de tales episodios, del relato de lo que ha vivido cada quién y, diagnosticando la enfermedad, se puede perder de vista cómo la vive el paciente.


 No es infrecuente, y Rodrigo no fue una excepción, que los pacientes no cuenten a los psiquiatras muchas de sus vivencias, durante los episodios y fuera de ellos.  Delirios y alucinaciones que guardan como un tesoro y mantienen en secreto porque temen que la respuesta que encontrarían si hablaran del asunto no sería otra que un ajuste de la medicación y entienden que el dicho ajuste se traduciría en un aumento de la misma, ya sea en nuevas sustancias, mayores dosis o en una combinación de ambas categorías.


 De modo que nos encontramos con que, en más de una ocasión, los expertos medican ignorando argumentos básicos de la vivencia de su enfermedad del paciente, lo que no obsta para que sigan siendo considerados expertos, haciendo y publicando estudios y alimentando la maquinaria diagnosticadora para mayor gloria y beneficio de la farmaindustria. Muy raro todo.

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