jueves, 22 de octubre de 2020

Intemperie(s)

José Leal

Cuando salió de la prisión en la que había pasado los seis últimos años no tenía lugar alguno donde la acogieran con ganas. Tampoco tenía programa alguno de acompañamiento ni profesional o servicio que le ayudara a vivir en condiciones de una mínima dignidad. Se dirigió a casa de sus padres con quienes vive su hija menor, de apenas 12 años, en calidad de acogida tras un proceso de desamparo y tutela. El equipo que hace seguimiento de la medida de protección dice que la presencia de la madre, dado su carácter y sus muy altas limitaciones, daña a la menor y que en base a la protección del bien superior de ésta no pueden estar en el mismo domicilio. Dura dos días la acogida en casa de uno de sus hijos mayores porque se hace imposible la convivencia. Queda en la calle y pide confiada que le den un piso porque es una de las condiciones que se le imponen para volver a tener a su hija. Nadie le dijo que eso es imposible porque la medida de protección es de larga duración y nadie confía en que haya posibilidad de hacerse cargo. Ella no sospecha nada.


Los servicios sociales no tienen pisos para dar ni mucho tiempo para atender a alguien con tan altas carencias. No he dicho aún que estuvo en prisión por tráfico de drogas, dicen, y estoy seguro de que si es que algún día lo hizo el cobro que obtuvo fue en dosis para su propia destrucción y que quien se la daba y obtenía beneficios habrá sufrido menos que ella y ganado mucho más.


Pero es que además tiene un grave trastorno mental insuficientemente atendido o, mejor dicho, sin atención alguna por ello. Los servicios sociales de atención primaria no pueden darle un piso pero sí ofrecerle una visita a un servicio municipal de urgencia social por si hubiera un albergue que le de techo aunque estos tienen lista de espera porque desde hace 8 años ha aumentado un 75% el número de personas que lo necesitan. Se agrava su estado de salud mental y es ingresada involuntariamente en una unidad llamada de patología dual para personas con consumo de tóxicos -aunque ella ya no- y trastorno mental. Como no hay plazas en una unidad cercana a donde “vive” es ingresada a unos 130 kilómetros; tampoco es grave porque nadie irá a verla. Quince días son suficientes para lograr una estabilización en su comportamiento, cabe pensar que con la aplicación de intensos tratamientos farmacológicos aunque pudiera ser que solo con ser acogida, tener techo, comida y alguien que la escuche y de quien reciba una mirada atenta mejore. Todo ello genera mejoras. Al recibir el alta va al único lugar donde puede ir, la casa de sus padres deseosos éstos de que se vaya pronto; será así y quedará, de nuevo, a la intemperie. ¿Nadie pensó en el desvalimiento de una mujer que ha estado seis años en prisión, a la que nadie en estos años ha ido a ver?


¿Puede salir de prisión tras seis años una persona sin que alguien haya percibido su desvalimiento y el abandono hacia el que su puesta en libertad la llevaba? ¿Nadie pensó que para poder vivir necesitaría acompañamiento y apoyo? ¿Es tan difícil establecer un conjunto de acuerdos entre instituciones para tejer una red que sostenga mínimamente? Para atender a personas con tanta carencia son necesarios una variedad de servicios en la comunidad que estén adaptados a sus necesidades concretas para favorecer su inclusión efectiva en la sociedad y, en el caso de quienes han cometido un delito, hacer que la recuperación de su libertad no les exponga, por desamparo, a la reincidencia en el mismo.


A veces cuando escribo me detengo y dejo el trabajo a medias. Mientras tanto la vida sigue y algunas de las cosas que suceden las retomo en el texto. Todo pasa deprisa; todo se olvida pronto, aunque sea grave. A veces la escritura es el modo de dejar constancia. Hace unos días se suicidó Omar. No se sabe cuántos años tiene, cuando llegó ni qué hay de su familia . Parece que el joven llegó a nosotros procedente de Guinea Conakry de donde vino nadie sabe cómo, que se declaró menor, que una prueba de huesos, en absoluto fiable, dio como resultado que no es menor de 18 años, que tras ello hubo de dejar el centro donde residía como menor no acompañado, que a continuación fue acogido solidariamente por una familia de Guinea que no se explica qué pudo pasar, que al poco se suicida, que de ello informa el colectivo Hourria que manifiesta “Omar no vino aquí para tirarse de un puente, nadie cruza media África y casi toda España para tirarse por un puente. Omar era valiente, pero cuando llegó al final de su viaje se encontró solo, o no lo suficientemente acompañado, para asumir una realidad injusta, racista y deshumanizada”, que todo se despacha con una simple nota en la parte baja de la hoja izquierda de un periódico que casi pasa desapercibida y que titula "El sueño roto de Omar" cuando lo que se ha roto es la vida y otro titula "Las soledades de Omar" y nos informa que la Generalitat se hará cargo de su entierro porque no se sabe de nadie que lo eche en falta, que no conoció a su padre, que su madre murió de muy pequeño, que vivió, si eso es vivir, en la calle en no se sabe cuántos países africanos del modo tan atroz que podemos imaginar y que viene a morir en estas tierras que llamamos de acogida y que cada vez se hacen más inhóspitas. Estas son las intemperies.


Pocos días después Joan Margarit recibe el premio Cervantes como reconocimiento a una obra poética profunda donde palpita el desamparo, la intemperie y el dolor de las pérdidas. Una antología poética del 2010 lleva como título "Intemperie". Busco antes de acostarme alguno de sus libros -los de poesía son los únicos de los que no pienso desprenderme-, y encuentro "Cálculo de estructuras" y pienso que mi trabajo requiere ese ejercicio para poder tratar con cuidado, calibrar los pesos que el sujeto soporta, los que puede soportar, los excesos con que carga y qué posibilidades hay de liberarse de aquello que le pesa y debilita. El sufrimiento psíquico actual se muestra en una gran medida como una clínica del desamparo y la intemperie. Luego escojo "Joana". Me vuelve a conmover la lectura de ese prólogo herido, de un padre que confiesa “el sentimiento que ahora me domina es el desamparo”. Y leo todo el texto con la misma ternura, conmovido, como cada vez que lo he hecho porque rezuma amor, fragilidad y esfuerzo y confusión y desconsuelo ante la fragilidad y ante la pérdida y siento lo mismo que cuando releo "No amanece el cantor" ese imprescindible libro herido de José Ángel Valente.


Vivir a la intemperie es más frecuente cada día. Ha aumentado en Barcelona el número de personas sin hogar. Cerca de mi despacho un hombre duerme cada noche bajo la muy ligera protección del alero del edificio de la biblioteca. Cuando salgo del despacho, ya de noche, parece estar durmiendo. También lo está cuando llego para empezar el día. Desde mi ventana observo en ocasiones; se levanta y envuelve con cuidado sus pocos enseres que cubre ordenados con una colcha verde. Ha llegado el invierno con crudeza. Hace días que no duerme en ese lugar y su hato ha sido desplazado a un lateral del edificio. Me extraña y me preocupa. ¿Qué habrá sido de él? Pasan los días. Ayer no estaba a la mañana. En la hora de comer veo que ha vuelto y duerme. A la noche vuelven a estar sus objetos tapados. Tal vez no puede aguantar el frío y el agua de estos días y haya encontrado un refugio algo mejor. No es fácil. Los bancos cierran sus cajeros por la noche para que nadie se proteja allí. También hay menores en la calle. Un 22% de usuarios de albergues del Ayuntamiento de Madrid tienen menos de 25 años según datos recientes. Y va en aumento. Algunos están haciendo como Omar, muriendo poco a poco.


Siempre pensé que la poesía es refugio, bálsamo y "arma cargada de futuro". Leo en Joan Margarit que la poesía, además, nos sirve para combatir la “intemperie moral”, esa profunda soledad que a veces es el ser herido. Lo pensó mientras veía una exposición sobre la Casa de Misericordia -hecho que da título a uno de sus libros- y contemplaba los horrores de esas "que fueron instituciones de una gran severidad, rayana a veces con la maldad" y las solicitudes de las madres para el ingreso de sus hijos "porque la intemperie era mucho más espantosa". Luego señala que el poema no deja de ser "un instrumento con el mismo efecto que la ciencia, que crea estructuras para no que no pasemos frío ni hambre y que nos curemos de las enfermedades". También lo leo en Byung-Chul Han, "el poema solo acontece con otro, en el misterio del encuentro, en presencia de un prójimo que esté enfrente". Pero esa es la lírica y estos son tiempos lamentablemente fascinados por la épica y la grandiosidad del gesto y la palabra rimbombante y huera y muchas veces mentirosa. Unos sacan pecho y declaran cantando a gritos que son los novios de la muerte; otros, salvando las distancias que entre ellos pueda haber, proclaman que "independencia o barbarie" (¡pobre Rosa Luxemburgo si lo viera!) y mientras tanto alcaldes de distintas ciudades compiten por la más hermosa iluminación navideña en la que gastan cantidades desorbitadas y las acciones de los gobiernos que son necesarias para hacer frente a las necesidades están enlentecidas cuando no bloqueadas. Es fácil distraerse con tanto desencuentro.


Mientras tanta heroicidad pasada y presente se añora y se exhibe un sinfín de sujetos luchan, muchos con pocas fuerzas, por sobreponerse, muchas veces solos, a tantas intemperies, a tantas soledades. A veces no lo logran, como Omar, que vino de Guinea y de cuya muerte nadie se hace responsable. O como la mujer que recién sale de prisión sin soporte alguno y con tanto peligro por delante. O como tantos otros que cada noche buscan un lugar donde poder soportar el frio. Quizás responsables lo seamos todos que estamos construyendo, destruyendo un mundo en el que para muchos es casi imposible vivir y donde en lugar de luchar por los derechos humanos se generan desechos humanos dura expresión que no me atrevería a pronunciar si no fuera porque la emplea Bauman para desenmascarar los efectos de políticas sin alma que abandonan a quienes no considera productivos. Pero esta pasión neoliberal por la producción también provoca intemperies porque tal afán productivo aleja al sujeto del otro y lo hace objeto.


Hoy, 23 de Noviembre, es el Día Mundial de Personas Sin Hogar. Arrels, organización que trabaja con personas sin hogar, ha organizado un encuentro a la Intemperie, en Montjuic , "una maratón de espectáculos, música y experiencias para sensibilizar a la ciudadanía e implicarla para que nadie tenga que vivir en la calle". El tiempo salió ventoso, frío, inhóspito y desapacible como si quisiera mostrarnos a todos la crudeza de vivir sin cobijo.


El otro es quien nos salva de las diversas intemperies. La intemperie es ausencia, olvido y abandono. De nuevo la poesía, ahora de Jesús Aguado en "Intemperie del deseo" para describir la crudeza de esa intemperie que además de estar si techo es el descuido y el olvido: " Qué hacer cuando te sientes deseado por nadie y siendo nadie, vacío de vacío, en un tiempo sin tiempo donde la soledad ya no es promesa, espera, territorio, invitación, lo fértil, lo regado, sino cerca de espino, can salvaje, esa tierra baldía, la sed, toda la sed derramándose seca por las manos. Qué hacer cuando te miran sin mirarte, escorpión sin veneno ni cobijo que aplastan sin querer mientras caminan. Qué hacer o dónde estar o cuándo toca que te digan ya no y que te aparten como se apartan ramas en el bosque o las piedras del suelo que podrían dañar a los amantes."


La respuesta ha de ser individual y colectiva cuyo objetivo sea transformar radicalmente las condiciones del vivir. La escucha atenta, la preocupación por el otro, el trato esmerado, la sociabilidad del sufrimiento frente a la individuación y privatización del mismo y el cuidado como aquello que surge de la conciencia de fragilidad como estructura y que nos lleva al convencimiento de la responsabilidad de uno para con otro.


Va a ser muy necesario. Aunque la Navidad que viene se llene de dulces y de luces, "las nubes presagian viento y frio". J. Margarit. "Casa de misericordia". 

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