miércoles, 19 de febrero de 2020

El siglo perdido de Argentina - Y lo que ha de venir

José Clavijo
Diplomático venezolano retirado

En su más influyente novela Los cuatro jinetes del Apocalipsis, el escritor español Vicente Blasco Ibáñez narra las vicisitudes de dos familias -que volvieron a Europa desde Argentina- luchando en bandos opuestos durante la Primera Guerra Mundial. Detrás de la trama principal se discierne cómo Blasco Ibáñez describe y percibe a la Argentina de comienzos del siglo XX: un país de inmigrantes con una economía floreciente, vastos recursos naturales y prometedoras perspectivas. Fue una percepción común en aquel entonces.


¿Las pampas o la pradera?


Cien años atrás Argentina era la tierra del futuro, uno de los diez países más ricos del mundo. Había registrado durante décadas la tasa de crecimiento del PIB más alto del mundo y tenía un mayor ingreso per cápita que Francia o Alemania. En su dinamismo y potencial, Argentina era un rival hemisférico de los EE.UU. Su prosperidad se impulsó por las inversiones masivas en infraestructura e innovación. Para el año 1914, se habían colocado unos 33,500 Km. de vías de ferrocarril; la producción y las exportaciones de grano gozaron de aumentos múltiples; la refrigeración de la carne facilitó las exportaciones en una escala sin precedentes.


Argentina fue un pionero educativo que poseía el mejor sistema de escuelas públicas y las tasas de analfabetismo más bajas de América Latina. Su arquitectura, perfil demográfico y estilo de vida vislumbraban un país europeo asentado en el Cono Sur de América. Retazos de su pasado sobrevivieron. Los argentinos siguen jugando a rugby y a hockey sobre hierba. En las cafeterías tradicionales que salpican las calles de Buenos Aires, uno podría imaginarse fácilmente en cualquier capital europea. De viaje a Buenos Aires por primera vez en la década de 1960, el escritor ganador del premio Nobel Mario Vargas Llosa se maravilló de su rica vida cultural, advirtiendo que tenía más teatros que París.


Ahora bien, es importante hacer hincapié en este efímero período dorado en la historia de ese país debido a que sucesivas generaciones de argentinos lo rememoran con una mezcla de nostalgia y remordimiento; mientras que otras partes del mundo se han preguntado cómo un país con tanta riqueza en recursos naturales y una población educada pudo haber quedado relegado.


Fuera de onda y fuera de tiempo


Fue, en retrospectiva, un siglo de crisis recurrentes provocadas por la mala gestión gubernamental y una excesiva dependencia de la fluctuación de los precios de las materias primas. A diferencia de la decadencia meteórica de un país como Venezuela bajo la llamada Revolución Bolivariana, el declive de Argentina ha sido más bien un paulatino proceso de altibajos que, sin embargo, se ajusta a un patrón general de errores y traspiés. Y a pesar de que las condiciones económicas internacionales jugaron su papel, la responsabilidad es propia, con gobiernos no dispuestos -o incapaces- a modernizar y diversificar la economía, y una población demasiado dispuesta a creer las generosas promesas de políticos populistas.


En cierto modo, la Argentina estuvo fuera de sincronía con las tendencias económicas mundiales prevalentes. Su economía, impulsada por las exportaciones de productos básicos, se vio fuertemente afectada por el proteccionismo de la Gran Depresión de la década de 1930. Una caída de la demanda externa y los ingresos aduaneros condujo a la primera de muchas crisis financieras y el primero de seis golpes militares. Pero cuando la economía mundial comenzó a abrirse al libre comercio desde finales de los años 1940 y en la década de 1950, Argentina se volcó hacia adentro. Bajo la presidencia de Juan Domingo Perón, el país giró hacia la autosuficiencia nacional, emprendiendo un proceso prolongado de sustitución de importaciones, nacionalizaciones y un enfoque en las grandes industrias estatales. La autarquía fue acompañada por el corporativismo, el efecto de la simpatía de Perón hacia Mussolini y el fascismo italiano.


Desde entonces, Argentina ha oscilado entre ciclos de liberalización y de intervencionismo -con este último predominando en gran medida-. A pesar de los períodos de prosperidad, recurrentes desequilibrios fiscales, intermitentes brotes de hiperinflación y un alto endeudamiento han interrumpido el crecimiento económico. Argentina ha soportado el mayor número de crisis macroeconómicas en América Latina durante los últimos setenta años; pasando más o menos una tercera parte del tiempo en recesión desde 1950.


La progenie de Perón


A pesar de que una sucesión de golpes militares interrumpió la frágil democracia argentina, el particular populismo engendrado por Domingo Perón es el que ha dejado la huella más indeleble en la sociedad argentina. Ecléctico, maleable y duradero, el “Peronismo” conserva gran atractivo popular entre las clases pobres y medias bajas, a pesar de su legado polémico.


Un repunte de hiperinflación y una recesión en la década de 1990 obligaron al presidente Carlos Menem a romper con las políticas tradicionales populistas y abrazar las reformas del libre mercado; el otrora político peronista atrajo la inversión extranjera y privatizó algunas industrias estatales ineficientes. Sin embargo, la volatilidad económica se mantuvo y creció el descontento social debido a los efectos de las reformas. Argentina fue muy afectada por las crisis financieras asiática y rusa, provocando la fuga de capitales. A finales de esa década el país otra vez más se enfrentaba a una grave recesión. Unos tipos de cambio fijo sobrevaluados y una elevada deuda externa contribuyeron a la devastadora crisis económica del 2001-2002, cuando la economía se contrajo un 20% y el país entró en default en su deuda de US$ 100 mil millones. Fue el mayor incumplimiento de pagos de la historia hasta aquel momento. Durante el punto más bajo de la crisis, Argentina tuvo cinco presidentes diferentes en el plazo de unas pocas semanas.


Se le atribuye al presidente Néstor Kirschner con estabilizar la economía. Desde principios de la década de 2000 se llevaron a cabo políticas de redistribución generosas, en gran parte gracias a un auge en los precios de los productos básicos y a un polémico impuesto a la exportación. La sucesora -y esposa- de Kirschner resultó ser una figura más polémica. Populista radical, Cristina Fernández de Kirschner gestionó mal la economía, enajenando facciones del extenso movimiento peronista.


Ambos mandatarios dejaron un legado controvertido de decadencia institucional, social y económica después de doce años en el poder. Argentina quedó aislada de los mercados internacionales de capital. La competitividad global del país se minimizó, mientras que las libertades económicas y la facilidad de hacer negocios se debilitaron. El amiguismo y la corrupción rebosaron; (Cristina y su progenie todavía se enfrentan a múltiples acusaciones de corrupción). Los medios de comunicación independientes fueron intimidados. Se falsificaron descaradamente las estadísticas económicas oficiales para mantener la ilusión de una economía sólida.


Las inclinaciones demagógicas y autoritarias del dúo le hicieron un daño considerable a las endebles instituciones del país. Al final, desperdiciaron un auge económico histórico provocado por los altos precios de las materias primas. En lugar de utilizar sus vientos de cola para regenerar el país, mantuvieron un laberinto insostenible del gasto social que benefició a casi la mitad de la población. La mayor parte del gasto público se fue (y aún continúa) para pagar pensiones, salarios y subsidios estatales.


El efímero lugar bajo el sol de Macri


El centro-derechista Mauricio Macri llegó al poder en 2015 en medio de grandes expectativas de que finalmente conduciría la Argentina por un camino de reformas y crecimiento económico sostenidos. Este presidente heredó un desastre colosal. El derroche y el gasto imprudente habían provocado doble déficits, alta inflación, bajas reservas de divisas, un sector público inflado, y subsidios masivos prohibitivos. Para mérito suyo, Macri trató de fortalecer el funcionamiento de la democracia -con, por ejemplo, el apoyo a la independencia del poder judicial, una campaña contra la corrupción y la defensa de estadísticas gubernamentales transparentes -tan empañadas por décadas de abuso peronista del poder-.


Pero su gobierno se vio desbordado por la magnitud de los desafíos encarados. Al final, Macri no pudo proporcionar las reformas estructurales que se necesitaban con urgencia. Sus políticas económicas graduales -justificables desde un punto de vista político y social- no fueron capaces de estimular el crecimiento económico a tiempo. Políticas fragmentadas fueron acompañadas por acontecimientos desfavorables. Una sequía severa redujo los ingresos del gobierno provenientes de las exportaciones agrícolas; mientras que un aumento en las tasas de interés en los EE.UU. hizo las inversiones en Argentina menos apetecibles para los inversores extranjeros, lo que desencadenó en una fuga de capitales.


A mitad de su mandato, Macri estaba en problemas. A medida que la economía se deterioró, recurrió al FMI para solicitar un préstamo contingente de US$ 56 mil millones (el mayor en la historia de esa institución). Esta resultó una decisión impopular para un electorado receloso de las interacciones previas del país con el FMI. Hacia el final de su mandato, casi todos los indicadores económicos del país eran peores que cuando asumió el cargo.


¿Quién es Alberto?


El electorado se volvió impaciente con la lentitud de las reformas progresivas. En las elecciones de finales de octubre 2019, el candidato presidencial peronista, Alberto Fernández, venció a Macri por un margen de ocho puntos; no hubo necesidad de una segunda vuelta. Este asumió el cargo a principios de diciembre. Ahora, quién gobernará el país es otro asunto. Fernández fue ungido por Cristina Fernández de Kirschner -que es vicepresidenta- como su segundo al mando, no al revés. Sin duda, fue un golpe maestro político, ya que Cristina sigue siendo una dirigente poderosa pero políticamente divisiva. Alberto Fernández es considerado una figura moderada y conciliadora dentro del amplio pero fracturado movimiento peronista -durante la campaña, fue capaz de conciliar sus facciones enemistadas-.


Un político de peso ligero, es cuestionable si tiene la voluntad y sagacidad para hacer frente a los desafíos desbordantes que tiene por delante. Es incluso cuestionable si será capaz de gobernar de forma autónoma; lo cual depende de la evolución de su relación con Cristina. Si las realidades económicas -incluyendo una difícil renegociación con los titulares de bonos privados y el FMI- le obliga a seguir las políticas de austeridad de Macri, lo más probable es que surjan fricciones con ella y con elementos peronistas radicales. Y no queda claro quién saldría vencedor de tal contienda.


En cualquier caso, el nuevo gobierno se enfrenta a un dilema. La gravedad de la crisis económica, así como las condiciones del préstamo del FMI, van a circunscribir sus opciones políticas. A pesar de las promesas de campaña para impulsar el gasto interno, la administración las tendrá cuesta arriba para aportar la miríada de beneficios sociales que la población pide a gritos – y que absorben un ciclópeo 75% del presupuesto gubernamental. Sin embargo, la reforma de la economía significaría la imposición de mayores decepciones para una población ya abatida. Las violentas protestas en Ecuador y Chile sirven como recordatorios crudos de las consecuencias de la calle cuando bajan los subsidios y suben los precios.


Argentina de nuevo se enfrenta a tiempos difíciles. Los fantasmas del default y del descontento popular se ciernen sobre el país, una vez más. Tanto los gobiernos populista-intervencionistas como de centro-derecha orientados al mercado han fracasado en lograr un cambio positivo. El peligro ahora es la falta de fórmulas económicas; ambos parecen desacreditados a los ojos de los argentinos.


La eterna búsqueda de reformas


Sin embargo, el país necesita urgentemente cambios estructurales. Éstos incluyen reformas fiscales, laborales y de las pensiones. Es una batalla cuesta arriba. Los argentinos resistieron los intentos de Macri de reformar. Los poderosos sindicatos pro-peronistas probablemente desafiarán a cualquier liberalización del mercado de trabajo y del aparato estatal. Y con solo seis millones de trabajadores en el sector privado formal que financian el enorme aparato estatal, se puede contar con poco apoyo popular para una reforma fiscal.


Argentina también necesita diversificar su economía y explorar ventajas comparativas que aumenten sus ingresos por exportaciones. Pero la racionalización de la productividad y la competitividad implica ir en contra de las políticas cerriles de los peronistas, que favorecen el apoyo a ineficientes industrias nacionales y empresas estatales; el proteccionismo está arraigado en el movimiento. Un retorno a las medidas proteccionistas por la administración Fernández pondría en peligro el reciente acuerdo comercial Unión Europea-Mercosur –el propio Alberto parece escéptico con el pacto- y también tensaría las relaciones con Brasil, su mayor socio comercial. Tales desarrollos dificultarían la necesidad de Argentina de aumentar sus ingresos por las exportaciones.


Las reformas requerirán un cambio drástico en la mentalidad tanto del sistema político como de la población. Ni uno ni el otro parecen dispuestos a hacerlo actualmente. Para que el país avance, necesita en definitiva superar dos desafíos profundamente arraigados.


El cortoplacismo es una expresión utilizada a menudo para justificar los males del país. Los gobiernos han sido incapaces de poner en práctica políticas estructurales a largo plazo debido a consideraciones ideológicas y electorales. Así mismo, cuenta con una población complaciente que no parece dispuesta a soportar las dificultades transitorias inherentes. Por ello, continúa en la búsqueda de soluciones fáciles a problemas persistentes.


La Argentina tampoco ha sido capaz de desarrollar instituciones fuertes e independientes que sirvan de contrapeso a los vaivenes del sistema político. Las instituciones tienen que ser fomentadas para contrarrestar el cortoplacismo y apoyar las políticas de Estado de largo plazo. Pero la naturaleza intermitente y errática de la gestión gubernamental lo ha impedido. Macri lo intentó, pero su mandato fue demasiado breve como para tener un efecto duradero. Los peronistas parecen menos dispuestos; tienen una dilatada trayectoria de manipulación y debilitamiento de las instituciones del país para beneficio propio.


Una de las paradojas de la Argentina es que, a pesar de la inestabilidad política crónica y recurrentes crisis económicas, ha tenido una de las más asentadas clases medias en América Latina. Y podría decirse que la ciudadanía más educada y talentosa. Ya no. La desigualdad está aumentando. Los niveles de pobreza han ido subiendo y ahora afectan aproximadamente al 35% de la población; más de la mitad vive en un estado de vulnerabilidad social. Décadas de inversiones insuficientes han menoscabado la red de escuelas públicas y el sistema universitario. Los argentinos ya no miran por encima del hombro a sus vecinos; los chilenos y uruguayos están mejor.


La Argentina solía ser el país del futuro. El populismo y la complacencia han malgastado su (todavía) considerable potencial. Esta es una valiosa lección para otros países que procuran mejorar la gobernanza. Argentina probablemente saldrá del paso con gobiernos alternantes de diferentes matices y reformas fragmentarias. Después de todo, ¿qué es otro siglo?

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