sábado, 26 de septiembre de 2020

Una historia de superación en la China popular

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"Jamás podré olvidar que no fui un bebé legal" dice Karoline Kan en 'Bajo cielos rojos' (RBA), una crónica sobre la durísima vida en las inmensas áreas rurales de China Popular y, a la vez, las memorias de cómo la segunda hija de una madre que tuvo que esconder su embarazo porque contravino la ley del hijo único, llegó a liberarse de las ataduras de la tradición y de la política restrictiva del régimen para con la población campesina y llegar a ser una periodista famosa y sofisticada. Las argucias maternas le evitaron convertirse, como otros trece millones de personas, en un "hijo negro" (el que no estaba reconocido a causa del impago de la multa por contravenir la ley del hijo único (que tan gigantesco desequilibrio demográfico ha ocasionado en el país y que no tienen derecho no tan siquiera a identificación).


Para escribir este impresionante relato trató de suscitar la colaboración de sus allegados, pero "cuando intentaba que los miembros de mi familia se sentaran para someterlos a una entrevista formal, se zafaban de mi… no querían revistar el pasado, lo correcto era centrarse en el futuro. Tenían miedo de decir algo equivocado o que les causara problemas, en parte a consecuencia de décadas de censura". Y es que "los coetáneos de mi madre consideraban que 'comer amargo' era normal y se sentían culpables cuando experimentaban placer". En cambio, ella "a diferencia de las generaciones de sus abuelos y padres, creció con la aceptación del consumismo".


Libro Bajo Cielos Rojos


Cuenta que, de adolescente, tardó en darse cuenta de que "no tenía una cara bonita ni un hukou urbano (documento que permite vivir en ciudades), así que me dije a mí misma que tenía que ser buena en algo para ser igual que ellos o incluso superior". Lo consiguió por su notable capacidad intelectual y con gran esfuerzo, de modo que pudo cursar la enseñanza secundaria, superar el riguroso gaokao o examen de acceso a la universidad y llegar a residenciarse en Pekín y ejercer como profesional liberal. Para conseguirlo, tuvo que ejercer la discreción más rigurosa: "Según yo entiendo ahora el gobierno era el único juez del bien y del mal. Como ciudadana china, mi individualidad y mis creencias, no importaban y siempre llevaría las de perder en cualquier lucha contra el gobierno" y aplicó esta convicción a su conducta.


Karoline echa la vista atrás y revela diversos aspectos de la vida china, como el matrimonio pactado entre familias al margen de la voluntad de los contrayentes, la pudibundez sexual, la supervivencia de la dote o caili, el menosprecio de los guanggun o solteros sin hijos y de las 'mujeres sobrantes' o solteras de más de 28 años.


Explica los desastres heredados de la llamada 'revolución cultural', que sirvió a Mao para asegurar su poder, y denuncia la inmisericorde persecución de los seguidores del movimiento espiritual del Falun Gong por un Partido Comunista temeroso de perder su influencia. Rechaza la explotación de los trabajadores rurales chinos por empresas extranjeras y cita el ejemplo de su prima, que no pudo superar el acceso a los estudios superiores y hubo de quedarse relegada al trabajo en una empresa contaminante del ámbito rural, lamenta la irracionalidad del junxum o servicio militar obligatorio de los estudiantes y, por supuesto, siente que China sea un país "donde el soborno es tan común". Sin embargo, apela a la comprensión del lector y le advierte que "es más fácil culpar a China que comprenderla; es más fácil juzgar a los chinos, que conocerlos".

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