Macaya fuera del cuadro

Miquel Escudero

‘Lo que sale de mi pincel’ (Elba) es una oportunidad de aproximarse a la personalidad del pintor cántabro Miguel Macaya. Con él, la editora Clara Pastor mantuvo tres conversaciones aquí recogidas. Siempre resulta provechoso ir más allá de una obra concreta y saber de las circunstancias e intereses del artista.


Dice Macaya que trabaja de día, en un estudio situado en un polígono (“pero tengo árboles”), que le gusta pintar solo, bien arreglado, sin tomar café ni alcohol y fumarse un par de puritos. Ve el pintar como un oficio que le encanta. Es desordenado, pero María le ayuda mucho. Se declara ‘lector de párrafos’ (en especial, de ensayos) y ‘escritor de medios párrafos’. Cuenta que de niño estaba siempre pintando, se fijaba en su padre (‘un pintor de domingo’ con muy buena mano, que llenaba los márgenes de los periódicos con dibujos y a quien le gustaban los toros).


Pintura (recurso)


Prácticamente toda la obra de Miguel Macaya carece de título. Del arte abstracto dice que exige al espectador ponerse en el lugar del artista; es una invitación a decodificar. No obstante, reconoce que quien se dedica al arte tiene una vida interior como la de todo el mundo. A él le interesa aclarar y expresar las preguntas que se puedan hacer aquí y ahora, y hacerlo con un lenguaje que se entienda y con un alfabeto común. Entonces, de forma inevitable, se copia y se recurre a los maestros. Para Macaya, Velázquez es el pintor de pintores, que pinta y dibuja mucho mejor que los demás (ya sean Rembrandt o Goya): “sus cuadros tienen un aparente descuido que no tiene ningún otro”.


Señala asimismo que los paisajes conceptuales no existen si no es para expresar una idea. Pero insiste en que sobre algunos aspectos de la pintura figurativa no sabe muy bien qué pensar, “la desgracia para mí es que no lo tengo muy claro”, asegura con ejemplar franqueza. Sí habla, como de una realidad inexorable, del mercado del arte. Y distingue a los artistas que son ‘comerciales’ por estar alejados del rastro de pasión y responder a lo que quiere el público: a menudo “algo políticamente correcto con la apariencia de provocador”.


Macaya rechaza dar interpretaciones ejemplarizantes. Y persigue “la mirada de alguien que te está mirando cuando lo miras: eso es lo que captas cuando sabes pintar”. Por ejemplo, el perro que espera a alguien que está fuera del cuadro. Es un tema en sí, recalca.

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