​Mascarillas y otras fruslerías: más vale un amigo que un central azucarero

Pablo-Ignacio de Dalmases
Periodista y escritor

Al farmacéutico de mi barrio no le gusta perder el tiempo y menos ahora, con el trabajo que tiene y el cuidado que pone al hacerlo. De manera que para evitar clientes a los que no puede atender como quisiera, ha puesto un cartelito en la entrada de su despacho de farmacia que reza: “Pedimos disculpas a nuestros clientes por no poder servirles como desearíamos mascarillas, guantes, alcohol” o, dicho de otra manera, haga el favor de no incordiar. Eso sí: en el escaparate y junto a los habituales anuncios de productos de belleza o parafarmacia, hay unas botellitas de líquido desinfectante hecho a base de alcohol y alguna cosa más a cinco veces el precio del alcohol a secas.


Consulté con Sofía, una de las niñas de casa, que estudia la ESO, sabe navegar con habilidad por internet y me saca de más de un apuro. Empezamos por el alcohol. No hay manera de encontrar nada a precios asequibles. Estamos apunto de tirar la toalla y comprar una botella de absenta que tiene 76º grados, pero la cosa me parece algo chusca y acaso no excesivamente eficaz. Al final encontramos unas botellitas de 125 mm de alcohol de 96º a menos de dos euros. No está mal, pero resulta que el sistema sólo admite pedir una con lo que, unida a los gastos de envío a domicilio, sube a más de seis euros. ¡Que se le ve a hacer!


El día de autos no tocaba buscar guantes -milagrosamente conseguimos una caja en una farmacia dos días antes de estado de alarma- y vamos a por las mascarillas. La niña tiene que navegar un buen rato porque haberlas, hay las, pero a precio de oro. Al cabo encuentra un lote de 25 a precio asequible y formalizamos el pedido. Eso fue el día 13. En origen despachan el pedido rápidamente y el 24 nos llega información del itinerario, indicando que el paquetito está ¡en la aduana! donde se pasa el resto de la semana puesto que, por lo visto, hay mucha mercancía a la espera. El lunes 30 recibimos por fin el mensaje que anuncia la llegada inmediata -es un decir- de las mascarillas ese mismo día, pero con una nota adicional: hay que pagar 12’44 euros suplementarios en concepto de ¡derechos de aduana y de gestión! ¡Vaya por Dios! Ahora entendemos por qué le cuesta tanto al Ministerio de Sanidad conseguir que lleguen las dichosas mascarillas.


Menos mal que me llama un amigo industrial y me dice que su empresa, dedicada a otros menesteres, está empezando a fabricar mascarillas en territorio nacional.“¿No podrías enviarme algunas?”,le pregunto cómo quien no quiere la cosa. “Sí, claro, déjame atender primero las necesidades más urgentes de los hospitales y te las remito”. Como dicen en Cuba: “más vale un amigo que un central azucarero”.

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