viernes, 30 de octubre de 2020

El confinamiento

Pascual Ortuño
Magistrado de la Audiencia de Barcelona

NUESTRA TORRE DE BABEL


CAPÍTULO IV. EL CONFINAMIENTO 



Pocas palabras, que permanecían dormidas, han saltado a la actualidad con tanto ímpetu como la del confinamiento. También, como tantas otras, proceden del lenguaje jurídico y se utilizan con un significado distinto al originario. Pero siempre quedan en su ADN ecos de su primitiva acepción.


En el diccionario del español jurídico se define como: “pena restrictiva de libertad consistente en condenar al reo a un pueblo o distrito, situado en territorio peninsular o insular, en el que debe permanecer en libertad, bajo la vigilancia de la autoridad”. Así proviene del derecho histórico en el que se aplicó a personajes como Juana la Loca, Napoleón o Jovellanos. No hay que confundirla con la pena de destierro que vendría a ser la “orden de alejamiento” actual, ni con el extrañamiento, que es la expulsión del país por un determinado tiempo.


Estas penas siguen recogidas en los códigos de muchas naciones. El código penal de 1932 de la II República dejaba en manos del tribunal que la pena pudiese ser cumplida en el propio domicilio; y el artículo 87 del CP de 1973 introdujo una medida humanitaria al disponer que los tribunales, al concretar el punto de cumplimiento de la condena, debían tener en cuenta el oficio, profesión o modo de vida del sentenciado, para que pudiera cuidarse de su subsistencia. En los códigos modernos se han suprimido por considerar que favorecían un trato desigual a las personas pudientes, especialmente a los penados en causas políticas.


El confinamiento que en la actualidad padecemos todos es de carácter sanitario y, por ahora, esencialmente voluntario, alejado de aquél uso tan frecuente durante la dictadura de Franco en los periodos de “estado de excepción”, que facilitaba las detenciones arbitrarias, sin control judicial ni derecho a asistencia de abogados, cuando convenía para garantizar la “pax romana” de aquella época. Los de mi generación vivimos el de la primavera de 1968, cuando en las universidades se levantaron las protestas, y como previsión frente al riesgo de contagio del mayo francés. Entonces saltarse el confinamiento o una reunión de más de tres personas implicaba poder ser castigado por la justicia militar.


La verdad es que hoy las razones sanitarias que inspiran la reclusión domiciliaria pretenden la garantía del bien común y son muy diferentes a aquellas sanciones penales. Pero últimamente he constatado, por las conversaciones cibernéticas que mantengo con los amigos de mi edad, que empezamos a tener pesadillas nocturnas. Parte de la culpa la tiene la película “La Trinchera Infinita”, pero también las negras sombras de los recuerdos que nos transmitieron nuestros padres de los confinamientos durante en la guerra civil y en la postguerra, por un virus mucho peor: el del miedo.


Confinamiento



Fueron muchas las personas que estuvieron escondidas en las casas de los pueblos, en los campos o en los pisos de las ciudades por el riesgo de ser detenidas por los unos o por los otros, según el bando en el que les cogió la sublevación militar. Nos contaban que se vivía con angustiosa incertidumbre lo que estaba pasando. Se temía la muerte propia o la de familiares y amigos, como consecuencia de los bombardeos, las “sacas” o los “paseos”. Llegaban noticias confusas sobre los frentes de guerra, muchas de ellas “fake news”, en lenguaje actual, de los llamados quintacolumnistas. Según la emisora de radio que se lograra sintonizar les llegaba una información diferente de la situación en los frentes, de la evolución de la guerra. Este año cumplirían los cien años los de la quinta del biberón -los pocos que quedan vuelven a estar en riesgo extremo- y con diecisiete años los llevaban al frente sin equipamientos, mascarillas ni armamento adecuado. ¡Qué diferencia a la de los jóvenes de hoy que desde sus confinamientos siguen estudiando, viendo películas, viajando por el mundo a través del internet, bien alimentados, con la preocupación de no perder la línea y de hacer gimnasia para mantenerse en forma!


Todo es muy distinto hoy, pero a mí la palabreja confinamiento no me gusta. Las escalofriantes cifras de muertos y heridos, no poder salir del piso en el que vivo, ver las fuerzas de seguridad patrullando por las carreteras pertrechados con sus fusiles, las noticias sobre la construcción de hospitales de campaña, que en aquellos tiempos se denominaban “de sangre”, y los “partes” diarios evocan un escenario bélico.


Me da la impresión de que se está poniendo a la ciudadanía en una posición muy difícil por las discrepancias entre los líderes cuando hablan de la reconstrucción de la economía, la internacionalización del conflicto o la evaluación de los desastres después de la batalla. Cunde la alarma ante las diferentes versiones de la situación en el frente que difunden las emisoras según el color político de quienes las subvencionan.


Menos mal que nos quedan los aplausos de las ocho de la tarde. Yo cada vez salgo a mi ventana con más ilusión. Por encima de todo, de las incertidumbres que siembran los twiteros profesionales, y los whatshap cargados de odio que invaden nuestra intimidad, los vecinos del barrio seguimos mayoritariamente esperanzados en que esto termine pronto. No sabemos cómo. Pero, por favor, dejen de jugar a la guerra, que es mucho lo que está en juego.

1 Comentarios

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Menos mal que compartimos la esperanza, menos mal que salimos a aplaudir y a conocer al vecino y menos mal que se publican todavía columnas para pensar, para construir y para recordar. Gracias Pascual

escrito por Mapi 13/abr/20    09:59

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