​Muito obrigado, Portugal

Miquel Escudero

En el siglo X, el gramático sevillano az-Zubaidi, preceptor del culto y pacífico califa de Córdoba Al-Hakam II, escribió un poema que es citado a menudo y que merece ser aprendido:


Todas las tierras,

en su diversidad, son una;

y los hombres todos son

vecinos y hermanos      


Pienso no ya en Corea del Sur o Nueva Zelanda, sino en Portugal. Un país vecino y hermano al que los españoles suelen mirar por encima del hombro, y que nos está dando lecciones de eficacia y civismo, con humildad y silencio, con logros y susurros. Merece nuestro reconocimiento y admiración. ¿Cuánto Portugal llevamos dentro?


Coronavirus.- Portugal eleva a 928 los fallecidos tras sumar 25 muertos más desd

Lisboa durante la pandemia


La gestión política del Coronavirus que han dirigido el Primer ministro António Costa y el Presidente de la República Marcelo Rebelo de Sousa es ejemplar, por sensata y diligente. Ambos cargos recaen sobre políticos que no están aliados en el Gobierno pero saben primar los intereses de sus conciudadanos, tratados con familiaridad y afecto. Estos días de encierro, un gran amigo mío ha compartido conmigo las emociones de la música del grupo Madredeus o las conmovedoras interpretaciones de Dulce Pontes, cantante y compositora de fado, siempre abriendo perspectivas y despejando el horizonte.


Gabriel Magalhães, también buen amigo, habla del fado como lugar de la libertad popular y lo señala como ‘nuestro jazz’. Escribiendo sobre los secretos de Portugal, Magalhães afirma: “Leyendo a Camões, entendemos que Portugal es la fantasía y, leyendo a Cervantes, que España es la realidad”. Hace ocho años pedía que alguien narrara la epopeya de los médicos españoles que se instalaron en Portugal en las últimas décadas, compensando una falta atroz de licenciados en Medicina.


Gabriel Magalhães distingue entre peninsularidad e iberismo. La primera denominaría las relaciones que son buenas y útiles para ambos países, mientras que el segundo término aborda el proyecto político de unificación peninsular. El escritor y profesor portugués ha escrito que “los lusos somos, sin duda, hispánicos” y ha homenajeado al Quijote como clave española: horizontes de concordia frente a las fracturas. Cabe señalar que a finales del siglo XI, el rey de León Alfonso VI regaló a su hija y a su marido el condado de Portucale, entre los ríos Miño y Duero, que devendría en reino al siglo siguiente y de mano de un hijo de los primeros condes: Alfonso I de Portugal, quien ampliaría enormemente su extensión.


Hay que resaltar los sesenta años que la corona portuguesa estuvo unida a la corona española: con Felipe II, Felipe III y Felipe IV, de la Casa de Austria. El año 1640, época de revueltas internas contra el conde duque Olivares, concluyó con la independencia de Portugal y la coronación del duque de Braganza como Juan IV.


La Parroquia de Fátima en Portugal convoca el 4 de abril una Oración Mundial por

Parroquia de Fátima


Leo ahora ‘Portugal en el corazón’, libro bello y entrañable, que merecería ser bien asimilado. El autor de esta síntesis emotiva es un neurocientífico extremeño de primera categoría: Ignacio Morgado, quien nació y vivió su infancia en el pueblo pacense de San Vicente de Alcántara, situado en La Raya. Morgado no es un científico frío, sino un hombre apasionado, que se atrevió hace veinte años a escribir este valioso libro de historiador aficionado. Un escrito alejado de tópicos y de pedanterías huecas, lleno de sustancia. Sus dos últimos capítulos son personales: ‘Fin de la melancolía: Vuelve la ilusión’ y ‘Aquella noche, en Lisboa’, nos conducen a la Revolución de los claveles. El joven profesor que en 1975 era Ignacio Morgado se desplazó en coche desde Barcelona a Lisboa en la víspera del primer aniversario del 25 de abril, cuando se celebraban las primeras elecciones democráticas tras muchos años de dictadura, y como español se veía reflejado y anhelante de libertad. Portugal era, como hoy lo es, un ejemplo a seguir para España.


Ese texto iba dedicado a sus amigos, “para que rompan fronteras”. De este modo, lejos de cualquier posición nacionalista y cerca del espíritu de La Raya o de A Raia, portugueses y españoles se pueden tratar sin recelos, con voluntad de compartir, con capacidad de aprender y de admirar para ser mejores de lo que cada uno es.

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