El juego de Tronos en la era post-Convergencia

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Durante mucho tiempo el tablero político en Catalunya ofreció una imagen de estabilidad. Fueron los años del reinado de Jordi Pujol, que logró entrar en el imaginario de muchos catalanes como un 'padre' de la patria. Pero al final, el 'padre' reconoció haberse llevado la paga de todos sus hijos, y ese imperio que había construido y que cohesionaba el territorio, se desmoronó como un edifico de Calatrava. 


El expresidente de la Generalitat de Cataluña Carles Puigdemont durante  su visita a Perpignan (Francia) a 29 de febrero de 2020.


La historia es conocida por todos: en 2014 Pujol admitió haber ocultado parte de su patrimonio a la Hacienda Pública, dando el pistoletazo de salida al entierro de CiU. En 2015 llegó la primera fractura, con la separación entre Convergencia y Unió; y en 2016, en un intento de alejarse de los múltiples casos de corrupción que afectaban a Convergencia, el partido se refundó y pasó a llamarse Partit Demócrata Europeu Català, el PDeCat. 


El PDeCat dio sus primeros pasos herido. Meses antes de su creación,  el último político que aguantaba el barco convergente a flote, Artur Mas, tuvo que renunciar a la presidencia de la Generalitat. La CUP de Ana Gabriel, pidiendo la cabeza del último peso pesado de Convergencia a cambio de los votos para la investidura, acabó asestando el golpe definitivo al PDeCat: un político alejado de la cúpula, Carles Puigdemont, llegó a la cima del partido. Y desde entonces nada volvió a ser lo mismo. 


PUIGDEMONT, EL PUNTO DE INFLEXIÓN

La sacculina es una de las peores pesadillas para un cangrejo. Se trata de un parásito que cuando entra en el cuerpo del crustáceo crece hasta ocupar por completo su sistema nervioso y acaba quitándole su capacidad para moverse. Al final, la sacculina acaba hasta robando la voluntad del cangrejo, convirtiendolo en una especie de zombie a su servicio. Pues bien, algo parecido ocurrió en el seno del PDeCat. 


El proceso independentista de Artur Mas, y su equipo, tenía más de retórica que de práctica, pero Puigdemont no estaba dispuesto a hacer lo mismo. El exalcalde de Girona siguió su propio camino: llevó la promesa del referéndum para la autodeterminación hasta el final. La consulta planteada por Mas el 9-N pasó a ser un juego de niños comparado con lo que vivió Catalunya en 2017 y el 1-O


El camino para llegar al referéndum, con la coalición entre ERC y el PDeCat, y la posterior declaración de independencia acabaron diluyendo completamente el partido. Puigdemont tomó el timón de la formación y actuó por iniciativa propia en los pactos con ERC, desoyendo en reiteradas ocasiones a la cúpula del PDeCat, que siempre se sintió más cómoda dentro de la retórica de Mas. Así, Marta Pascal, una de las mujeres fuertes del equipo de Mas, fue quedando cada vez más relegada hasta casi desaparecer. En 2018 abandonó la presidencia del PDeCat por no tener la confianza de Carles Puigdemont, que en sólo dos años consiguió posicionarse como el líder absoluto del partido. 


Puigdemont logró contaminar el PDeCat desde dentro hasta dejarlo sin margen de maniobra. Incorporó ciertas figuras a sus candidaturas electorales que poco tenían que ver con el espacio que había ocupado en su momento Convergencia. Uno de los ejemplos más claros es la incorporación de Jordi Sánchez, que preside la Crida Nacional per a la República. El activista preso tiene un historial cercano a Iniciativa per Catalunya Verds (ICV), un partido que siempre fue crítico con el espacio convergente. 


Hoy en día, los dirigentes del PDeCat temen por la supervivencia de un partido al que Puigdemont ya da por enterrado. La intención del expresident es acabar diluyendo por completo la formación dentro de JxCat, que pasaría de ser una marca donde confluyen muchos partidos a ser el partido que acabe absorbiendo todo el espacio post-convergente junto con otros ingredientes como la Crida de Sánchez. Pero para usar esa marca, necesita la aprobación del PDeCat, que en su momento registró la candidatura de JxCat y posee los derechos sobre ella. 


Para dar el golpe final y acabar con el PDeCat, diluyendo para siempre el legado de Pujol, los exconsellers presos, con la aprobación de Puigdemont, emitieron un manifiesto pidiendo que el partido participara en una asamblea fundacional para crear JxCat. El manifiesto también decía que el PDeCat debería decidir en seis meses si se diluye por completo para incorporarse a JxCat, una propuesta que no ha sentado nada bien a los dirigentes del Partido Demócrata Europeu Català, que se han negado en rotundo a aceptar el plan de Puigdemont. 


Pero los exconsellers y Puigdemont no van a aceptar lo que diga la directiva del PDeCat. No escucharon a Marta Pascal en su momento y tampoco lo harán con David Bonvehí, actual presidente de la formación política. En este sentido, Puigdemont ya ha amenazado con crear otro partido que agrupe el espacio soberanista si el PDdeCat se resiste a confluir en JxCat. 


Previsiblemente, el actual presidente de la Generalitat, Quim Torra, y los consellers Meritxell Budó, Jordi Puigneró, Miquel Puig y Damià Calvet, más afines a Puigdemont, acaben en el nuevo partido, por lo que el PDeCat sólo tendrá a la consellera Ángels Chacón, más afín a la cúpula demócrata, dentro del actual Govern. 


Por otro lado, Marta Pascal, que en su momento renunció a la dirección del PDeCat, ha creado su propio partido: el Partit Nacionalista Català (PNC). Esta marca compitió con el PDeCat en el proceso de refundación de Convergencia, pero finalmente el nombre de Partit Demòrcrata Europeu Català se acabó imponiendo en la votación. Ahora, Pascal ha rescatado las siglas para revivir el espacio convergente lejos de Puigdemont. Como cuando presidía Artur Mas, han bajado el nivel de agresividad en su discurso pidiendo un referéndum pactado con el Estado, renunciando a la unilateralidad que propone el ex-president Puigdemont. 


Si Torra es inhabilitado finalmente en otoño, todas estas submarcas que han nacido del entorno postconvergente acabarán luchando, en una especie de "Juego de Tronos", para conseguir llegar a la Generalitat. Por su lado, ERC mira la pugna de poder que se está generando en su socio de Gobierno con tranquilidad, esperando a que las distintas facciones postconvergentes se acaben devorando entre sí para tener la hegemonía del espacio soberanista. La lucha por conseguir el trono del independentismo ha empezado. 


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