Las memorias de Sorozábal, una crítica severa de la ignorancia musical española y un ajuste de cuentas entre músicos

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Bastaría con haber escrito únicamente cuatro zarzuelas tan famosas como “Katiuska, la mujer rusa”, “La del manojo de rosas”, “La tabernera del puerto” o “Don Manolito” para justificar plenamente la entrada de su autor en el parnaso de la inmortalidad. Pero Pablo Sorozábal hizo mucho más: escribió también otras obras líricas excelsas, tales “Adiós a la bohemia”, con libro de Pío Baroja, “Los burladores”, sobre texto de los Álvarez Quintero, “Black el payaso” o “La eterna canción”, se atrevió a adaptar y actualizar obras señeras como “Pan y toros” de Barbieri” o “Pepita Jiménez” de Albéniz, y todo ello en el con texto de una incansable labor de creación que incluyó operetas, zarzuelas, revistas y una amplísima obra instrumental y vocal, en la que dedicó buena parte de sus afanes a los ritmos y músicas de su tierra vasca.


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Porque Sorozábal, tal como explicó en sus memorias Mi vida y mi obra (Alianza Música), que acaba de reeditar Alianza para la Fundación Scherzo con motivo del trigésimo aniversario de su fallecimiento, nació en San Sebastián en el seno de una familia humildísima y, no habiendo cursado más que los estudios primarios, pudo desarrollar la carrera musical porque la matrícula del Conservatorio era gratuita. Habiendo encarrilado su vida por esta senda, logró luego una beca del ayuntamiento donostiarra para completar sus estudios en el Leipzig y el Berlín de entreguerras y entre tanto se ganó la vida como músico del casino de su ciudad y como director de formaciones musicales o corales -tales el Orfeón Donostiarra-, soportando pese a todo ello y con harta frecuencia agudos apuros económicos.


Las memorias de Sorozábal son un verdadero repaso de la vida musical española del siglo XX que, como tantos otros sectores de la actividad cultural, estuvo profundamente mediatizada por la propia peripecia política del país. “No sé por qué fatalidad -dice Sorozábal- todos mis pasos en mi carrera musical los he dado con un telón de fondo político revolucionario que, como si se tratase de un decorado, me ha acompañado en muchas ocasiones e incluso ha repercutido o influido en mi destino”. Y, en efecto, la guerra civil condicionó todo su futuro: habiendo permanecido en zona republicana como director de la Banda Municipal de Madrid, recorrió con su formación el Levante y Cataluña dando conciertos con el fin de estimular la solidaridad con la ciudad sitiada. 


Esta actividad le valió, terminada la contienda, tener que sufrir la depuración oficial y, peor aún, la enemiga de los vencedores y, particularmente, de algunos de sus compañeros de profesión, como Moreno Torroba y Guerrero, con los que, desde luego, ajusta cuentas, calificando de “canalla” al primero y de “analfabeto en música” al segundo, así como de periodistas o letristas, tales Ruiz Albéniz o Ramos de Castro al de adjetiva de “reaccionario panchista (y) pequeño sinvergüenza” (tampoco perdona a algunos personajes de la otra zona: a Azaña y Companys, a quienes encontró en el Liceo en guerra, les critica acerbamente) La leyenda de que poseía un carácter poco dúctil debió tener algo de cierto pues, en otro caso, no se hubiera entendido que acabara enfrentado con dos de sus grandes amigos, como el barítono Marcos Redondo o el bajo Manuel Gas, lo que le llevaba a prohibirles, cuando se enemistaba con ellos, la ejecución de sus obras. Razones más que sobra para que Manuel García Franco diga en el prólogo que “siempre quiso desmentir las tres falsedades que sobre él circulaban: que era un ogro, un insociable y un rojo”.


Las páginas de sus memorias son una vívida acusación de la falta de cultura y de afición musical que ha padecido siempre España y, sobre todo lo que califica como “el odio a la música de la clase política” (fueron famosas sus polémicas y desencuentros con el Ministerio de Información y Turismo y la Comisaría de la Música, así como su dimisión como director de la Orquesta Sinfónica de Madrid).


Innecesario es decir que estas memorias abundan en numerosas anécdotas, muchas de ellas divertidas. Así explica que hubo que reescribir por completo “Katiuska” tras su estreno en Barcelona, pues no había gustado (y donde tuvo que enfrentarse a la empresa que, en aras del oportunismo político, quiso titularla “Katiuska o la Rusia roja”), recuerda sus apuros económicos recién llegado a Madrid, cuando se alojó en una pensión con un dormitorio tan pequeño que podía tocar el piano sin moverse de la cama, o durante la guerra, en que cambió la pistola que le regaló el gobernador de Castellón por un jamón o cobró alguna actuación en forma de chusco. Otras son menos gratas, tales su recuerdo de haber dirigido algún concierto bajo las bombas o soportado las maniobras de Moreno Torroba para hacerle fracasar en su estreno de “La tabernera del puerto” en Madrid, regalando entradas a los reventadores. Profesión ésta hoy desaparecida, como otras que aparecen en las mismas páginas, así las de traspunte, avisador o jefe de clac. Como también han desaparecido los “sobres” que se repartían, antes de los estrenos, a los periodistas teatrales. Todo ello como resumen de la vida nada fácil, pero a la postre brillantísima, que le tocó protagonizar a quien se definió como un “vasco educado musicalmente en Alemania”. 


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