sábado, 26 de septiembre de 2020

“El chivo expiatorio de Hitler”, o cómo un adolescente insignificante pudo influir en la historia del siglo XX

|

El 7 de noviembre de 1938, cuando Europa vivía alborozada por la formalización del acuerdo de Múnich que parecía haber alejado el peligro de una guerra, un adolescente germano polaco judío llamado Herschel Grynszpan disparó contra Ernst von Rath, oscuro funcionario de la embajada de Alemania en París, causándole la muerte. Este asesinato fue la oportunidad ideal para que los nazis desataran un tremendo pogromo contra la población judía de su país que ha entrado en la historia como la “kristallnacht” o la ”noche de los cristales rotos” y que produjo 236 muertos, 600 mutilados, 267 sinagogas arrasadas y unos 7.500 establecimiento judíos asaltados y que obligó a la población de dicha etnia a pagar una “indemnización” de mil millones de marcos. Fue toda una premonición de lo que habría de ser años después el Holocausto. Las motivaciones de este crimen, sus consecuencias y la personalidad y peripecia que a consecuencia de dicho acto vivió su autor han sido detallada y documentalmente estudiados por Stephen Koch en “El chivo expiatorio de Hitler” (Galaxia Gutenberg).


Libros El chivo expiatorio de Hitler



Grynszpan era un muchacho de 17 años que había logado salir de Alemania y establecerse ilegalmente, como tantos otros de su misma etnia, en Francia, donde recibió la noticia de la inhumana deportación de 18.000 judíos polacos, entre ellos su propia familia, y decidió vengarse cometiendo un acto destinado a llamar la atención del mundo sobre el inhumano trato de los nazis a dicha población. “No tenía hogar, era un marginado, igual que su pueblo” que vivía salto de mata en un país que se sentía militarmente débil y no quería enemistarse con Alemania. Y aunque la instrucción reveló que posiblemente el funcionario -por cierto, y curiosamente, de escasa o nula afinidad con el nazismo- murió, sobre todo, como consecuencia de una tuberculosis estomacal e intestinal que padecía, este hecho se manipuló como si hubiera sido el resultado de una conspiración judía internacional contra la amistad entre Francia y Alemania. Goebbels, siguiendo las instrucciones de Hitler, organizó el citado pogromo aparentemente como una reacción espontánea del pueblo alemán, y una gigantesca campaña propagandística que fueron el caldo de cultivo del futuro genocidio. Entre tanto, Grynszpan -que confesó a los periodistas “hice lo que tenía que hacer- quedó aterrorizado por las consecuencias de su acto y permaneció detenido en Francia a la espera de juicio hasta que estalló la segunda guerra mundial. Tras la vitoria alemana y la ocupación del territorio francés, la Gestapo se ocupó de localizarle para trasladarle a Berlín, donde se tenía proyectado organizar un gran juicio con el fin de culpar a los judíos de haber provocado el conflicto. Pero el juicio se fue aplazando mientras que el muchacho, que era tratado como “prisionero de lujo”, retomó el consejo de su abogado francés Vincent de Moro Gaffieri de cambiar de motivación de la muerte de von Rath y transformar lo que había sido una venganza política, tal como siempre había argumentado, en un crimen pasional por unos presuntos -e inexistentes- requerimientos homosexuales de von Rath, aduciendo que no los había confesado antes por vergüenza. La añagaza, que los nazis no llegaron a creer nunca, fue sin embargo eficaz y el juicio no llegó a celebrarse. Eso sí, el destino de Grynszpan se perdió en la nebulosa de la contienda y aunque se desconoce que es lo que exactamente le ocurrió, lo cierto es que al final de la misma se llegó a la convicción es de que había muerto, ignorándose dónde, cuándo y en qué condiciones.


La peripecia de Grynszpan permite al autor a rodearla de una serie de personajes que tuvieron relación directa con el caso, tales el ministro alemán de Propaganda del que dice que era “probablemente más inteligente que Hitler” y al que el caso sirvió para que perdiesen virulencia los problemas que lo acosaban por su lío de faldas con la actriz checa Lida Baarová. Pero el sujeto que recibe mayores críticas es el ministro francés Georges Bonnet, al que acusa de una pertinaz connivencia con los nazis que no cesaría hasta 1942. Y como protagonistas secundarios, los publicistas nazis Grimm y Diewerge, encargados por Goebbels de montar el argumentario de la inexistente conspiración judía.


“Herschel -concluye Koch- siempre fue un joven insignificante, un chivo atrapado en los acontecimientos incomprensiblemente vitales de una guerra mundial… un chico temerario, bobo e intrépido… puede que haya sido en parte héroe y en parte, tonto, pero hay algo trágico en su pequeño destino… sin embargo el niño ganó en un acto de trascendencia secreta para sí mismo. En lugar de dejarse utilizar una vez más como arma contra su pueblo, decidió morir por él, no heroicamente, sino de una manera invisible, en la oscuridad”.


Y es que el siglo XX ha estado condicionado por algunos muchachos presuntamente insignificantes pero capaces de cambiar la historia, como Gravrilo Princip, que con su atentado contra el archiduque Francisco Fernando provocó nada menos que la primera guerra mundial.


Sin comentarios

Escribe tu comentario




No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes. Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.

LO MÁS LEÍDO

logo insolito
AHORA EN LA PORTADA
ECONOMÍA
Leer edición en: CATALÀ | ENGLISH