César González Ruano, un gran periodista y poeta, a la vez que un acreditado sinvergüenza, biografiado por Marino Gómez Santos

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Decía Oscar Wilde que en la literatura y el arte la bondad o la maldad no eran factores relevantes, que lo único que importaba era la belleza o la fealdad. Un aforismo un tanto escandaloso pero que responde exactamente a la realidad. Ha habido grandes figuras de las artes y de las letras que en su vida privada fueron detestables por su indignidad moral. Recordemos algunos casos referidos a escritores: tal el de Céline, una gloria de las letras francesas cuyo compromiso con los nazis convirtió en un apestado al extremo que mucho después de su fallecimiento se consideró improcedente celebrar el centenario de su nacimiento, o Jean Genet, que antes de convertirse en afamado escritor ejerció como ladrón y prostituto. En España tenemos también algunos ejemplos, como el de Pedro Luis de Gálvez y, sobre todo, el de César González Ruano. Con este último pasó una cosa muy curiosa: se asendereada vida se fue echando al olvido y sólo se tuvo presente su gloria literaria. De este modo, una acreditada fundación creó un premio literario con su nombre y Sitges, población en la que vivió durante algún tiempo en los años cuarenta y sobre la que escribió uno de sus libros, le dedicó un jardín. ¡Ah! Pero hay investigadores capaces de ajustar las cuentas al más pintado y la aparición en 2013 de una biografía en la que se daba cuenta puntual de sus tropelías le costó premio y jardín.


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Llega ahora de la mano de Marino Gómez Santos, un acreditado autor de biografías, la que dedica a quien fue su amigo y en buena medida su promotor y con quien ejerció en alguna medida como acompañante o, si se prefiere, “chevalier servant”.  “César González Ruano en blanco y negro” (Renacimiento) es, por tanto, una biografía benévola que no esconde los aspectos menos honorables de este personaje que, aunque no lo diga el autor expresamente aunque se colija del texto, fue un hombre venal, manirroto, sablista, mujeriego, vanidoso (pretendió los marquesados de Cagigal y de la Vega de Acevedo, que nunca consiguió) y mentiroso pero, a la vez, sumamente trabajador, autor de una inmensa obra periodística -fue corresponsal en Berlín y Roma-, poética y narrativa y, según le daba el aire, generoso, sociable y simpático.


De todos los aspectos turbios de su ejecutoria destaca su captura por la Gestapo en el París ocupado cuando se le descubrió con pasaportes en blanco y una importante suma de dinero y a consecuencia de lo cual fue internado en la prisión de Cherche Midi. Gómez Santos lo cita, pero sin profundizar en la razón de dicha detención que pudo costarle muy cara y de la que salvaron las intervenciones de Gregorio Marañón, amigo suyo, y del embajador de España en Vichy, Lequerica (otros autores menos complacientes aclaran que vendía pasaportes falsos a judíos que deseaban huir de la persecución nazi y que, internado en la cárcel, espió y denunció a sus propios compañeros de internamiento; en fin, una verdadera perla) A ello habría que sumar una asendereada vida familiar. Separado de su mujer Esperanza Ruiz Crespo, con la que tuvo una hija llamada Charito, se pasó todo el resto de su vida con la enigmática y bella Mary de Navascués, de incierto origen aristocrático y acaso real, con la que nunca pudo casarse porque en España no había divorcio, pero con la que tuvo otros hijos; lo que no fue óbice para perseguir todo tipo de señoras en una estrategia que hoy sería sin duda calificada de asedio.


Todo ello le lleva a Gómez Santos a decir que César González Ruano “fue una caja de sorpresas en el más amplio sentido, tanto en el periodismo como en la vida”. Recuerda su innovador sentido de la entrevista “como una realidad de vida, de pensamiento de biografía y aún de autobiografía y dice que “son más bien retratos literarios dialogados”. También su predilección por escribir no en casa, sino en los cafés (Europeo, Recoletos, Gijón, Teide y Comercial, en Madrid; Aragno y Greco, en Roma; Wien en Berlín: Chiringuito en Sitges; Glaciar en Barcelona; Maritim en Cadaqués…) Por otra parte, la biografía es un retablo de aquella España literaria de los dos primeros tercios del siglo XX en la que los escritores y famosos de toda laya se encontraban en los cafés y a veces incluso convivían en la misma casa (César fue vecino en la suya de Ríos Rosas 54 de Cela, el pintor Viola y la actriz Lola Gaos).


De César González Ruano, que dijo de sí mismo “soy un hombre que ha querido muchas cosas que no ha podido y que ha podido muchas cosas que no ha querido”, sólo quedan, que sepamos, dos recuerdos callejeros: la vía que sigue llevando su nombre en Madrid (vamos a ver por cuanto tiempo) y el mosaico que le sigue dedicando en su fachada principal el centenario bar Chiringuito de Sitges. El ayuntamiento suburense pudo haberle descabalgado de la toponimia urbana, pero el dueño del bar sigue recordando agradecido que aquel individuo contradictorio y nada ejemplar inmortalizó su local en la historia literaria de España.

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