martes, 27 de octubre de 2020

Julián Zugazagoitia y la memoria histórica

Pablo-Ignacio de Dalmases
Periodista y escritor

Un azar me ha permitido recuperar un libro que leí en la reedición que se publicó hace dieciocho años. Se trata de “Guerra y vicisitudes de los españoles” de Julián Zugazagoitia, un periodista vasco del PSOE que fue director del periódico “El Socialista” y, en tiempos de la contienda, ministro de la Gobernación primero y secretario general del Ministerio de Defensa luego, con el presidente Negrín.


Opiniu00f3n Memoria histu00f3rica, Zugazagoitia



Los historiadores coinciden en que se caracterizó por la recuperación del imperio de la ley en zona republicana y que amparó e incluso permitió emigrar a enemigos políticos. Exiliado en 1939, fue capturado en París por la Gestapo y reexpedido a Madrid donde, juzgado en consejo de guerra, fue condenado a muerte y fusilado. Como dijo Fouché (alguno se lo atribuyen a Tayllerand) de la muerte del duque de Enghien, “fue peor que un crimen, fue un error”.


Antes de su captura tuvo tiempo de escribir unas memorias de la guerra civil que había vivido como protagonista. El texto fue escrito para su publicación en forma de folletón en el diario “La Vanguardia” de Buenos Aires, resultando un verdadero testamento político de su autor. En el prólogo que le dedicó Santos Juliá dice que no fue propósito de Zugazagoitia ejercer como historiador, ya que sólo se sentía periodista, sino de facilitar materiales “para que en el futuro se pudiera escribir esa historia”. Sea como fuere, nos encontramos ante una aportación fundamental, llena de valiosos elementos de juicio elaborados a partir de su propia y directa experiencia.


Y esto es particularmente remarcable porque, a pesar de lo reciente de los apasionamientos de la contienda, Zugazagoitia está muy lejos de escribir desde el odio, la revancha o el desprecio al enemigo. Lo hace con una postura de equilibrio, lo que le permite analizar críticamente personajes propios y elogiar lo que cree meritorio en los situados en la otra trinchera. Se muestra especialmente severo con Casares Quiroga, Largo Caballero y muy especialmente con Margarita Nelken. Azaña le merece un juicio sumamente lúcido, sobre todo dado lo temprano en que se emitió. El presidente de la República no fue desde luego un héroe, ni creyó que le guerra pudiese acabar en la victoria de nadie. Pero a cambio de ello opina que “Azaña era de los corazones más sensibles a la tragedia” y añade que “el gobernante quizá se haya equivocado mucho; el español que hay en Azaña, contadas veces o ninguna. ¿Una España grande? Nadie le ha ganado a este respecto en tener la ensoñación larga. Pocas ambiciones habrán rayado a la altura de la ambición de Azaña”.


El eje central de sus memorias gira en torno a Juan Negrín, cuya accesión a la presidencia del consejo de ministros, tras la dimisión de Largo, fue atribuida a influencia de Prieto, del que se creía que era un mero testaferro. Nada más alejado de la realidad porque el socialista canario se reveló en seguida como político con iniciativa propia, irreductiblemente optimista sobre el desenlace de la guerra y obligado a apoyarse en los comunistas porque eran los únicos que estaban dispuestos a secundar incondicionalmente su política. “Sólo hubo una auténtica voluntad de resistencia y victoria: la suya” sentencia Zugazagoitia, quien trabajó a su lado y vivió su quehacer frenético, hecho de numerosas visitas a los frentes, horarios desordenados, viajes imprevistos, tendencia al secretismo y cierto desdén por los papeles, pero no deja de subrayar su profundo patriotismo, lo que le llevó, al igual de Azaña, en lo que ambos, discrepantes en todo lo demás, coincidieran en sus enfrentamientos con una Generalidad más preocupada en mantener sus competencias que en apoyar el esfuerzo de guerra. “Si entre Azaña y Negrín hay un punto de contacto firme, éste se encuentra en la poca estimación que ambos conceden a los gobiernos de las regiones autónomas”. De hecho, para Zugazagoitia el traslado del gobierno republicano de Valencia a Barcelona respondió al deseo de que el gobierno autónomo no se entrometiese en cuestiones que no eran de su competencia.


Zugazagoitia enjuicia con severidad el desbarajuste de la zona republicana, la indisciplina del ejército popular, la carencia de mandos inferiores y las dudas permanentes sobre la fidelidad de los mandos profesionales. Y no le falta clarividencia sobre el otro lado del espectro, lo que le lleva a expresar su admiración por hechos como la defensa del Alcázar o sobre las cualidades –matizadas, eso sí, de Mola o Franco. Más aún, se declara un admirador de la obra política de Primo de Rivera –“cometió atropellos... pero realizó algunas empresas bien dignas de loanza”-, elogia la personalidad de Calvo Sotelo y admira el valor de Yagüe, capaz de reconocer públicamente el heroísmo de los soldados republicanos.


¡Qué gran ejemplo de ecuanimidad cuando estaban aún bien vivos los odios de unos y otros! Me atrevería a proponer una nueva reedición de su obra y a su distribución entre todos los que tengan alguna responsabilidad en la gestión de la “memoria histórica”, pero me temo que tales memorias pueden ser objeto de interdicción por incumplir los supuestos que prevé el nuevo proyecto de ley sobre enaltecimiento de “los otros”.


Creo que al dirigente socialista y exministro le han dedicado calles en Madrid y Bilbao, hecho que acredita a sus respectivos consistorios. En Barcelona tenemos una dedicada al racista Sabino Arana, y ninguna a este hombre honesto, pese a que aquí vivió y desde aquí gobernó la República, y los socialistas catalanes, que lloran amargamente la muerte -ciertamente injusta- de Companys, ignoran la de su correligionario. Vivir para ver.


1 Comentarios

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Muy bueno y acertado artículo. Deberían nuestras sumisas tv. loar y dar a conocer la opinión del exministro vasco republicano. El momento es adecuado.

escrito por Carmen Fuentes y Enrique Maestre 29/sep/20    22:12

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