jueves, 29 de octubre de 2020

Innovación y regresión en Estados Unidos

Joaquín Roy

Catedrático Jean Monnet y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.

¿Qué provocó que recalara en lo que yo creía que era un experimento de un año, y que se ha extendido a más de medio siglo? Apenas asentado en Baltimore, para ser profesor de una excelente y carísima escuela privada, vino el primer aviso del cambio: el presidente Johnson anunciaba que no se presentaba a la reelección. Era un “tráiler” de lo que vendría después: asesinato de Martin Luther King e ídem de Bob Kennedy. Algo cambiaba.

         

Bandera Estados Unidos



El padre de un colega mío, médico de profesión, conservador, me advirtió de que en el curso de un par de años se establecería la sanidad pública al estilo socialdemócrata europeo y el país adoptaría el sistema métrico decimal. La tozudez de la tradición indígena le desmintió: hoy apenas solamente las municiones y las medicinas de receta se miden por el sistema universal. Solamente en los parques nacionales, las distancias se anuncian doblemente en kilómetros y millas. La temperatura férreamente sigue fijada en Fahrenheit.

          

Fui comprobando la tozudez por la tradición durante el resto del curso. Todo estaba igualmente reglado como en su fundación medio siglo antes. Las actividades se iniciaban con una ceremonia laica que se asemejaba a una misa. Se interpretaba el himno nacional. Se seguía prescribiendo el uso de chaqueta y corbata, con el resultado de que se mezclaban con los pantalones vaqueros. Se me desinvitó a una cena porque llevaba una “corbata negra”, que yo no había interpretado correctamente como “black tie” (de etiqueta). El equipo de fútbol al que me asignaron como ayudante entrenador (el titular no tenía ni idea) jugaba con dos defensas, tres medios, y cinco delanteros, todos en línea. Después de cumplir pudorosamente con el contrato, decidí explorar nuevos terrenos.                 

          

Noté inmediatamente la fiebre de la innovación en cuanto decidí cambiar de modalidades académicas y optar por una combinación de maestría y doctorado en Georgetown, fundada dos siglos antes por los jesuitas. Simultáneamente, acepté una oferta insólita de ejercer como profesor en la Escuela de Estudios Internacionales (SAIS) de la Universidad Johns Hopkins en su campus de la capital federal de Washington.


En Georgetown, los programas de estudios estaban integrados en la Escuela de Idiomas y Lingüística, entonces liderada por el prestigioso profesor Robert Lado, de raíz asturiana, inventor de novedosos métodos de enseñanza de idiomas. Yo ya los había experimentado en el pionero Instituto de Estudios Norteamericanos de Barcelona, equipado de laboratorios en los que uno pasaba largas horas repitiendo ejercicios hasta que la pronunciación parecía original de Kansas.

Casi inmediatamente de mi ingreso en Georgetown y en SAIS, fui capturado por mis superiores para transformar los cursos asignados como instructor aprovechando mi título completo en Derecho. En SAIS, el director del programa de lenguas, un traductor profesional en agencias internacionales, insistió que desterrara textos tradicionales y asignara escritos políticos y económicos en español, ya que los futuros graduados debían demostrar un dominio práctico del idioma para ejercer la diplomacia o trabajar en empresas de negocios. Este requisito diferenciaba el plan de estudios de SAIS del resto y era pieza identitaria.


En Georgetown, el jefe del departamento, un ejemplar clásico de intelectual argentino de diversa experiencia relacionada con el periodismo, insistió en que me encargara primero de diseñar un curso tradicionalmente etiquetado como “Civilización Española”. Este nombramiento provocó un escándalo, ya que consuetudinariamente estaba reservado a veteranos profesores adiestrados en las humanidades.


Teniendo en cuenta que ese curso estaba también encuadrado en el programa de la Escuela de Servicio Exterior, ya por entonces líder en ese campo, consideré conveniente insertar lecturas sobre economía, política, relaciones internacionales y derecho. Por un semestre de diferencia no fue alumno mío un estudiante de nombre Bill Clinton. Años después, en ese programa recibiría una maestría el Príncipe Felipe de Borbón.


Conseguí reformar el curso, junto a otro sobre Civilización Latinoamericana, como principio de lo que fue durante las siguientes dos décadas mi especialidad preferida. Terminé mis propios estudios en ese generosamente innovador sistema universitario norteamericano, basado en la centralidad del método del “paper”. Se basa en la elaboración de una monografía que en muchos casos era (y sigue siendo) el único requisito de los cursos ejemplos de disciplinas varias y redactar una tesis sobre el pensamiento ensayístico argentino reflejado en la obra de Julio Cortázar, que se convertiría en mi primer libro. Toda esa mezcla académica había sido posible gracias a la innata política de innovación.


Al finalizar mis obligaciones en Washington y declinar la tentadora oferta de seguir como instructor en Georgetown, ingresé de lleno en la “carrera” académica en la Universidad de Emory en Atlanta. Obsérvese que la alternativa de seguir en Georgetown recibió el explícito consejo de Robert Lado de rechazarla. Me advirtió que mi permanencia allí me convertiría en un estudiante permanente y que representaría un caso de endogamia que es evitado sistemáticamente en el mundo universitario norteamericano.


Recordé entonces, y lo sigo comprobando ahora, que ese mal endémico que corroe la innovación ha estado instalado en las universidades españolas, donde una mayoría abrumadora del profesorado fijo y eventual de muchas disciplinas se han graduado no solamente en la misma universidad, sino también en el mismo departamento.


En Emory encontré un ambiente tradicional de una universidad privada de pequeño tamaño, generosamente protegida por la Coca-Cola, prestigiosa en ciencias médicas, en una comunidad agradable, todavía rebosante de cultura sureña, donde prácticamente se podía ver todo el año “Lo que el viento se llevó”. Atlanta no disimulaba su inclinación hacia los valores de la Confederación. Gracias al incentivo de un jefe de departamento especialista en estudios medievales se me encargó la construcción de un programa de estudios latinoamericanos.


En un ambiente dominado por un agobiante curriculum de cursos y profesorado especializado en literatura española, contaminado por una endogamia sin disculpas, la inserción de la temática latinoamericana no sentó nada bien. Peor resultó cuando la especialidad interdisciplinar dedicada a América Latina dobló en un año al número de alumnos en el programa exclusivo de lengua.


No me fue mejor con respecto al departamento de Ciencia Política donde tenían en hibernación eterna un par de curos sobre Latinoamérica. Debido a las protestas de los padres de algunos de los alumnos se obligó a resucitar esos cursos. Satisfecho con mi labor, decidí seguir al extremo del “sur profundo” del mapa y recalé en Miami. Pero eso es ya otra historia… 

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