Coliseum: Carlos Latre en “One man show”

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Ha habido que esperar un mes para poder volver a ver a Carlos Latre, que tenía su reaparición anunciada en el Coliseum a principios de noviembre, pero tuvo que hacer un paréntesis como consecuencia de las medidas de confinamiento. No es extraño que su reaparición con el espectáculo “One man show” en el Teatro Coliseum suscitara justificada atención y enorme entusiasmo. 


Teatro   Carlos Latre



Los monologuistas optan generalmente, por locales de aforo medio o preferiblemente reducido con el objetivo de no perderse en la inmensidad de la boca de escenario y de conseguir un mejor contacto con el público. Hay que tener, pues, mucho valor para asumir la apuesta de hacerlo en un escenario tan grande y ante un patio de butacas tan enorme como el de este local. Debo confesar que tenía verdadera curiosidad por comprobar cómo se desenvolvía Latre interpretando un monólogo en semejante espacio, pero lo cierto es que desde un buen principio advertí que la inmensidad no le arredraba. Bien es cierto que le acompañaban algunos elementos escenográficos, el más importante de todos una pantalla en la que se proyectaba un audiovisual que subrayaba cada una de las escenas de su actuación y no faltó incluso un espectacular final con elementos pirotécnicos.


Con estos sencillos mimbres y la ayuda de dos colaboradores que le iban entregando o recogiendo los elementos definitorios de la identidad de cada personaje, Latre hilvanó a lo largo de casi hora y media un espectáculo trepidante en la que hizo todo tipo de imitaciones de famosos. Sus transformaciones sucesivas tienen casi siempre lugar en el mismo escenario, a la vista del público, a veces con el único recurso de ponerse de espaldas durante algunos segundos, para reaparecer de inmediato convertido en otro personaje que los espectadores rápidamente reconocen acaso más por el tono de voz y por la gestualidad que por los elementos de caracterización que utiliza, siempre parvos.


La versatilidad de Latre es digna de admiración y su capacidad para encontrar el tono irónico, humorístico, a veces un punto deslenguado, pero nunca ofensivo, resulta extraordinaria. La carcajada, la risa y a veces la sonrisa fluyen con espontaneidad entre el respetable, que celebra cada una de las escenas con sonoros aplausos.


Dicho todo lo cual llegamos a la conclusión que el Coliseum no fue capaz de “comerse” en su inmensidad a Carlos Latre, sino que fue éste quien “digirió” sin dificultades el espacio y dominó con soltura y sabiduría en uno de los más bonitos teatros de Barcelona. 

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