​Os lo prometo, Simone y Nicole

Maite Pagazaurtundúa
Eurodiputada del Parlamento europeo en la delegación de Ciudadanos. Embajadora de #DóndeEstánEllas

En Bruselas, los retratos presidenciales pasaban inadvertidos, como “cubiertos de polvo en el ángulo oscuro”, que habría dicho Bécquer. Sí, estaban en un pasillo mal iluminado por el que se accede al hemiciclo. Durante la pandemia han aprovechado para mejorar la iluminación y embellecer la zona y colocarlos de una manera sobria, pero más visible.


Prinses Juliana bij uitreiking Four Freedoms Awards in Middelburg Simone Veil, Bestanddeelnr 933 0124   Restoration

Simone Veil / Wikipedia 


Y ahora da gusto ver los retratos: las treinta y dos presidencias de la Cámara, las de cuando no había elección directa y se llamaba Asamblea Común, en 1952, y las de la Asamblea Parlamentaria, desde 1979 hasta ahora.  A un lado del pasillo están los retratos de esa época en que no se les votaba y, al otro, los de los tiempos en que elegimos para tener una representación de más de cuatrocientos millones de ciudadanos y ciudadanas.


Sólo dos retratos de mujeres han presidido el Parlamento europeo: Simone Veil y Nicole Fontaine.

Desde 1952 hasta las primeras elecciones directas, en 1979, solo hubo 31 diputadas europeas. En la actual legislatura, el número de eurodiputadas es el mayor de la historia: un 40,4% de los 705 escaños están ocupados por mujeres. Y España supera esa media, con un 47% de eurodiputadas.


Para que no se diga que no soy consciente de mi posición privilegiada, ya avanzo que no hay muchas democracias en el mundo. En muchos países las mujeres sufren una doble sumisión, la misma que los hombres respecto a poderes totalitarios, y la añadida a su condición de mujeres. Ciertamente, incluso en nuestras sociedades democráticas hay colectivos religiosos que someten a las mujeres, por serlo, y es una de las cuestiones que deberemos abordar más eficazmente en el futuro.


En mi trabajo como eurodiputada me he encontrado con situaciones dramáticas: he visto con mis propios ojos los ataques contra la dignidad que sufren las mujeres más vulnerables, las mujeres en los campos de refugiados. Modestamente, he apoyado a mujeres con discapacidad, las más olvidadas y he respaldado a las que pelean por ocupar un espacio en el fútbol profesional.


Permítanme, sin embargo, una mirada a mi propio pasado de niña que nació en los sesenta. Tuve la enorme suerte de que durante toda mi escolarización y en mi entorno familiar nunca noté menoscabo, ni techos de cristal que limitaran mis inquietudes o ganas de estudiar. De hecho, soy la primera universitaria de mi familia y fueron mis hermanos varones quienes ayudaron económicamente para que no tuviera que renunciar a ello. Nunca podré agradecerlo suficientemente, sobre todo a mi hermano mayor, que se sacrificó lo indecible.


Debo confesar que, en mi entorno personal y de amigos, rodeada de hombres extraordinariamente decentes, la mayor parte de mi vida no había pensado de manera automática en términos feministas, porque he sido, repito, muy afortunada. Y por eso he peleado por el pluralismo político y contra la intolerancia de otra manera.


Sin embargo, cuando vuelvo la vista atrás, reordeno mis recuerdos sobre los períodos en que he estado en política activa, y sí he sufrido, en algunas ocasiones, lo que llaman ahora mansplaining, cuando un hombre interrumpe a una mujer para explicarle algo de manera condescendiente por el simple hecho de asumir que él tiene un mejor manejo del tema que se está tratando, sin ningún tipo de prueba.  Sí he sufrido la actitud paternalista, micromachista, como un truco para situarse con cierto poder sobre las funciones que al sujeto en cuestión no le corresponderían; esto es, para tener más poder. Y otras veces, para no hacer ni caso de cosas en las que realmente tenía conocimiento y criterio. Ese recurso lo he visto activarse sobre todo –por decirlo en pocas palabras— si hay intereses de poder en juego.


Cuando había que partirse la cara en el activismo ciudadano contra los terroristas –por cierto, con un impresionante porcentaje de mujeres— ahí no sentí yo ni micromachismo, ni mansplaining, ni paternalismo. Ahí lo dejo.


Por eso quiero hablar de la iniciativa de la oficina del Parlamento europeo en Madrid, #DóndeEstánEllas, para reforzar la presencia de expertas en calidad de ponentes en conferencias y debates sobre asuntos europeos. Al apoyarlo hicimos inventario y nos percatamos de que apenas llamábamos a mujeres expertas. Desde entonces, hemos incorporado talento extraordinario a la hora de organizar eventos: hay mucho talento femenino que, por unas razones u otras –siempre hay razones para todo— va quedándose atrás.


Simplemente deseamos incorporar también la contribución de las mujeres, especialmente de nuevos valores, a la construcción europea, como la mejor manera de tapar las grietas tramposillas por las que se cuela la desigualdad. No es lo más grave, dirán; en efecto, pero es una buena aportación al mérito y capacidad que quedaban sin detectar.


Cuando avanzo por el pasillo que lleva al pleno, casi siempre con prisa, miro los retratos y ¿sabes qué, Simone? ¿Sabes qué, Nicole? Que he decidido que ya no voy a pasar ni una. Os lo prometo.

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