miércoles, 21 de abril de 2021

Igualdad, justicia y competitividad

Izaskun Bilbao Barandica
Eurodiputada Renew Europe (EAJ-PNV)

Los datos lo dicen todo, y lo dicen todo el rato. Por eso suelo resistirme a incluir en estos artículos sobre igualdad cifras archiconocidas que certifican lo que ya sabemos. En materia de igualdad, avanzamos, pero poco y despacio. Recomiendo a esos efectos una fantástica serie de artículos que, con motivo del 8 de marzo está publicando estos días el Instituto Europeo de Estadística Eurostat.


Mural homenaje por el 8M en el Ministerio de Igualdad.



 

Poco podría añadir yo, pues, a la catarata de números, gráficos y series que describen la realidad. Por eso me interesa más insistir en las causas que propician que las cifras, tozudas, confirmen lo que sentimos y sufrimos muchas mujeres. Y me gusta insistir en algunas ideas que deberían animar los cambios de actitudes y comportamiento que necesitamos para seguir avanzando y para hacerlo un poco más deprisa.

 

A los machistas empedernidos les suele gustar presentar a las activistas por la igualdad bajo un estereotipo, uno más, para desacreditar esta causa y a quiénes la defienden. La mejor respuesta que podemos ofrecer a esa actitud, que oscila entre el desprecio y el insulto, es la de cambiar de plano. Es la de insistir en que la igualdad es, para empezar, un asunto de justicia, de democracia, de derechos fundamentales, de lucha contra la discriminación. Pero, además, también, sobre todo, un asunto de competitividad, de gestión eficaz del talento. Hoy hasta los hombres más reaccionarios saben, creen y predican que la base de un crecimiento más sostenible económica, ambiental y socialmente se basa en el conocimiento. Desde esa perspectiva, marginar el 50% del saber disponible porque lo aportamos las mujeres coloca en su sitio a quienes siguen pensando más con y sobre las gónadas que con las neuronas.

 

Desde esa perspectiva resulta evidente que todos los recursos que destinemos a apoyar y empujar la causa de la igualdad son una inversión, no un gasto. Resulta por ello urgente integrar esa realidad en la evaluación de la acción pública y en las cuentas de resultados de las compañías privadas. Porque hay evidencias abrumadoras que el talento femenino nos mejora. Y  también, de que hay una forma de gestionar en femenino que ha demostrado más habilidad para conjugar competencias y conocimiento con  inteligencia emocional.

 

El beneficioso resultado de esa combinación se percibe tanto cuando se empodera a las mujeres del tercer mundo como micro emprendedoras como cuando las mujeres tomamos posiciones en los consejos de las grandes compañías o asumimos las más elevadas responsabilidades en la gestión pública. Las excepciones, y se me ocurre alguna de inmediato, las protagonizan aquellas mujeres que se animan, empeñan y consiguen imitar con el celo más extremo los esquemas masculinos más antiguos de gestión.

 

Yo, desde luego, hago lo que puedo para insertar estas ideas en el discurso por la igualdad, porque me parecen un buen antídoto contra los estereotipos que alimentan la desigualdad.  Porque pueden animar, en este tiempo resultadista a convertir el compromiso que, en principio, suponemos en casi todas y todos con la igualdad en políticas y recursos para impulsarlas. Y porque necesitamos enriquecer con esta perspectiva el espacio en el que se mueve un debate que atrapa a las mujeres entre el techo y el precipicio de cristal.  El primero nos limita cuando se trata de ascender. El segundo facilita que rompamos los límites cuando la cosa se pone complicada y ese puesto que, normalmente ocuparía un hombre, deja de ser apetecible porque se ha convertido en un marrón.

 

A esta línea argumental le falta un último ingrediente, quizá el más comprometido, el menos popular, el que nos obliga, a cada una y cada uno a tomarnos la lección, a analizar con espíritu crítico lo que somos y hacemos y detectar e intentar erradicar los rastros que los estereotipos, siglos de costumbres y prejuicios cosechan en cada persona. Como todo producto del subconsciente, a veces nuestros fantasmas se nos aparecen en algunas expresiones coloquiales, en actitudes tan asumidas que solo cuando las pensamos tres veces nos recuerdan que parte del camino por recorrer solo podemos hacerlo nosotras y nosotros mismos. Es el camino que se hace al andar. 

 

Cuanto más propicio sea el ambiente que nos rodea, cuando más trabajemos para que, en el ámbito legal, institucional, económico, se trabaje en favor de la igualdad, esa evolución será más fácil. Pero nada, ni nadie podrá revisar, conocer, asumir y transformar como nosotras nuestra propia, subconsciente y casi siempre sorpresiva despensa de prejuicios. 

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