¡Cuidado con los nuevos sudetes!

Pablo-Ignacio de Dalmases
Periodista y escritor

Me imagino que a estas alturas ya nadie casi debe recordar quienes eran los sudetes. Pues bien, voy a refrescar la memoria de los amables lectores de este digital. En la caprichosa remodelación de fronteras que se estableció como consecuencia de la primera guerra mundial y en virtud del tratado de Saint Germain apareció un nuevo estado denominado Checoslovaquia que englobaba las regiones de Bohemia y Moravia (que habían sido parte de Austria), Eslovaquia (que había pertenecido a Hungría), y otros territorios menores como el de Sudetenland en el que vivía una minoría alemana.


El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski

El presidente de Ucrania, Volodimir Zalenski (EP)


A raíz del triunfo electoral en 1933 del régimen nacionalsocialista que pretendía el reencuentro de todos los alemanes étnicos bajo un mismo Estado, entre los alemanes étnicos de Checoslovaquia, conocidos con el gentilicio de sudetes, surgió un fuerte movimiento favorable a su incorporación al Reich, que fue estimulado por los nazis. No hizo falta más. En 1939 y tras haber ocupado Austria con la benevolencia de las grandes potencias europeas, Hitler se sintió con las manos libres para obligar a Checoslovaquia a cederle la zona en que vivía dicho colectivo germánico. Un chantaje que fue solamente el prólogo de la desaparición de todo el país bajo la bota nazi.


Como no hay nada nuevo bajo el sol y los humanos somos los únicos seres vivos capaces de tropezar dos veces en la misma piedra, me temo que aquella dramática experiencia puede volver a repetirse en el centro de nuestro continente. Ahora no se trata ya del anexionismo alemán, sino del ruso frente a Ucrania, que consiguió su primer objetivo con la ocupación de Crimea -justificada por la misma razón étnica que utilizaron los nazis para hacerse con el país de los sudetes- y que está creando una situación paralela en la región de Donbas con idéntico pretexto identitario.


Podrá argüirse que las fronteras de Ucrania son discutibles, pero ¿es que en este viejo continente las hay acaso que no lo sean? Ciertamente nos estamos refiriendo a un país complejo sobre el que el ucraniano Yuri Andrujovic escribió: “Vivo en un territorio llamado Galitzia, una parte del mundo que desde tiempo inmemorial ha sido objeto de la sospecha y el desdén” (“El último territorio”, Acantilado) La región de la que es originario ese autor pertenece al sector occidental de Ucrania, separado del oriental por muchas razones. El nivel de identidad nacional, hipertrofiada en el aquél y atrofiada en éste; la lengua que se utiliza mayoritariamente, el ucraniano en el primer caso y de carácter bilingüe ruso-ucraniano en el segundo; la ideología dominante, anticomunista en occidente y todavía comunistizada en el otro lado. Al punto de que Andrujovich decía que el fútbol es el único signo de identidad compartido por todos. Pero aun así añadía que no cabe hablar de ruptura entre las dos Ucranias. Sería un verdadero anacronismo porque en el fondo existen muchas más características comunes de lo que se piensa. “Ucrania es un único país –concluye- … aunque al mismo tiempo ¡qué diferente puede ser un único país!

Cuidado pues con estos nuevos sudetes que han surgido en el corazón de Europa. Unos -los de Crimea- conquistados ya con toda impunidad por ese émulo de Hitler llamado Putin; otros, los de Donbas, enfrentados a Kiev y con las divisiones rusas preparadas en la misma frontera para terminar de desmembrar el país, mientras la OTAN vigila. En 1939 las cosas no habían estado plateadas de forma muy diferente.


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