miércoles, 12 de mayo de 2021

Saha Filipenko: “A la URSS sólo la unían los terribles secretos, la cultura de la memoria del silencio”

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Hay una narrativa que puede resultar tan o más testimonial que la literatura de no ficción. Este es un hecho fácil de contrastar en los autores de aquellos países que vivieron guerras y situaciones dramáticas, pero que no pudieron expresar en su momento la realidad de su experiencia y hubieron de encubrirla con el pretexto de que lo que escribían no era más que una fabulación. Otros, nacidos después de haberse liberado sus países de censuras y persecuciones, quieren también ajustar cuentas con ese pasado. Es el caso del autor bielorruso Sasha Filipenko que nació en 1984, en las postrimerías del régimen soviético y que, por tato, tuvo la suerte de no haber tenido que conocer por ciencia propia aquella larga y siniestra etapa. Pero al que sí le han llegado ecos incluso de la peor época, que fue sin duda la del estalinismo de los años treinta, de la segunda guerra mundial y de la posguerra, cuando nadie era capaz de asegurar su propia supervivencia.


Libros   Cruces rojas


“A la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en realidad, solo la unían lo terribles secretos. El horror del silencio, una cultura de la memoria del silencio” dice Tatiana Alekséievna, uno de los dos personajes principales “Cruces rojas” (Alianza), una novela en la que Filipenko sitúa en el Minsk contemporáneo a dos personajes que, cada uno a su manera, reflejan ese pasado. Uno joven, Sahsa nacido tras la oprobiosa dictadura soviética -¿epítome del propio Filipenko?- pero, a la postre, ciudadano de un país sometido al régimen de Lukashenko, el más fiel continuador del régimen comunista, que tiene que enfrentarse a su suegro, un viejo nostálgico del estalinismo y admirador del dictador bielorruso, que quiere impedir a su yerno que salve la vida de la hija póstuma habida con su hija, es decir, la mujer de Sasha.


Otro, Tatiana Alekséievna, la vecina de rellano, una anciana, aquejada de un proceso de demencia no tan agudo como para no recordar el pasado. Pudo haber sido mujer libre en Gran Bretaña de no haber sido llevada de niña a la URSS por un padre idealista y a consecuencia de ello, ya adulta, tuvo que soportar el destierro en un gulag siberiano y la pérdida de su propia hija -arrebatada e internada en un hospicio- por el simple hecho de haber estado casada con un soldado que cayó prisionero de los nazis.


En “Cruces rojas” late la tragedia de dos seres que tuvieron que vivir, ella de forma muy directa, él de forma indirecta y posterior, los horrores de aquel sistema inhumano que a estas alturas de la historia todavía hay quien no solo justifica, sin que incluso enaltece. Un sistema responsable del “Holomodor” o genocidio ucraniano, aquella campaña de industrialización forzosa de Stalin que causó más de cinco millones de muertos de hambre; respondió con el silencio a toda propuesta de intercambio de prisioneros durante la segunda guerra mundial; y creó la malvada teoría de la “responsabilidad jurídica por afinidad” en virtud de la cual el marido, padre, hijo, novia o amigo/a de alguien considerado culpable o simplemente sospechoso de cualquier hecho supuestamente punible eran tan responsables como el propio autor del mismo. Dicho de otro modo: “todo el mundo es culpable mientras no se demuestre lo contrario” (y aún a veces aunque se demuestre así…)


En “Cruces tojas” la ficción no supera la realidad histórica, pero la refleja muy adecuadamente.


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