“La otra guerra”: los argentinos que se quedaron en las islas Malvinas

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En 1982 la dictadura argentina encabezada por el general Galtieri decidió tomar la justicia por su mano e invadir militarmente las islas Malvinas sometidas desde hace casi dos siglos con el nombre de Falkland a la soberanía británica para restablecer la soberanía de su país sobre un territorio que se consideraba ocupado ilegalmente desde el siglo XIX. La operación, que parecía que habría de ser un rotundo éxito, dado el nulo interés de la metrópoli por este territorio olvidado y con estatus colonial, resultó un estrepitoso fracaso al responder el gobierno de Londres. presidido a la sazón por Margaret Tatcher, con una gigantesca contraofensiva que liquidó en poco más de dos meses el operativo argentino y restauró la autoridad británica. El costo humano fue de más de 600 muertos para Argentina y de algo más de 250 para Gran Bretaña.


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Tras la derrota, Galtieri fue destituido y los argentinos expulsados de aquellas islas que siempre consideraron parte de su país. Pero lo cierto es que sobre las peladas tierras del archipiélago austral quedaron olvidados los cuerpos de muchos argentinos que habían perecido en los combates y por los que el gobierno de Buenos Aires nunca se interesó. Un oficial británico, Geoffrey Cardozo, trató de identificar los cadáveres y de darles una sepultura digna. Pero al cabo del tiempo hubo quien puso sobre el tapete en Argentina el problema de aquellos caídos y su identificación emergió como una cuestión de dignidad nacional. Lo relata Leila Guerriero en “La otra guerra” (Anagrama)


“En todo el tema de las Malvinas ha habido mucha manipulación de grupos políticamente confrontados que han tenido a los familiares como el jamón del sándwich. Hubo una ausencia fuerte del Estado y el maltrato que ha habido a las familias es muy manifiesto, de modo que tienes que construir credibilidad para que el resultado de la identificación sea aceptado” dice uno de los personajes que intervino en todo el proceso y lo cierto es que los restos mortales de aquellos soldados argentinos plantearon muchas dudas y no pocos problemas de conciencia. El primero, la necesidad de identificar los cuerpos de aquellos que no pudieron ser conocidos, para lo que se interesó la intervención del Equipo argentino de Medicina forense una vez se firmó un acuerdo entre los dos gobiernos auspiciado por la Cruz Roja. También se discutió qué es lo que era pertinente hacer con los restos mortales de aquellos soldados. ¿Repatriarlos al continente? ¿Para qué, si descansan en territorio argentino? decían otros, habida cuenta que las Malvinas se consideran parte integral de la república austral. Hacerlo sería desposeerles de su derecho a reposar donde cayeron en defensa de su país. Hubo, por otra parte, dudas sobre si todos los que perdieron la vida en la guerra merecían ser considerados héroes, puesto que los hubo que habían sido cómplices de la represión militar de aquel régimen. Y, en fin, parece que también existió la intención de confundir los desaparecidos por la dictadura militar que no habían podido ser identificados con los caídos en campaña de esa misma condición.


Toda una serie de dudas, problemas de conciencia y conveniencias políticas e insuficiencias del Estado -los viajes a las islas de los familiares de soldados cuya muerte no había podido ser aclarada dónde había ocurrido tuvieron que ser financiados privadamente por el millonario Eduardo Eurenkian- que Guerreiro explica a unos lectores que seguramente no han tenido noticia de aquella guerra insensata, tan lejana y, a la vez, tan próxima en el tiempo.


Una cuestión adicional: al general Galtieri lo degradaron posteriormente los tribunales, pero Guerriero lo hace por su cuenta y riesgo, convirtiendo su empleo de teniente general en el de teniente coronel. No es lo mismo, claro.


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