“Hacia una nueva política exterior de Chile de cara al siglo XXI”

Jaime Ensignia
Jaime Ensignia, sociólogo, Dr. en Ciencias Sociales y Económicas de la Universidad Libre de Berlín

Jaime Ensignia, sociólogo, Dr. en Ciencias Sociales y Económicas de la Universidad Libre de Berlín. Fue director sociopolítico de la Fundación Friedrich Ebert en Chile (1994-2014). Director del Área Internacional de la Fundación Chile 21. Colaborador del Barómetro de Política y Equidad.

El mundo ha cambiado de forma vertiginosa como nunca en su historia. Europa experimenta transformaciones impensables hasta hace poco tiempo atrás. Países como Francia, Alemania, Bélgica y Turquía padecen la amenaza del terrorismo fundamentalista político-islamista, antagónico al islamismo religioso. Algunas naciones europeas, en especial Alemania, han recibido una gigantesca ola de migrantes huyendo de guerras internas en el medio oriente, de la extrema pobreza de países africanos, y de las geopolíticas de las grandes potencias, EEUU, Rusia, Irán, Israel y China. En muchos países del viejo continente la ultraderecha gana un importante terreno político al levantar las banderas del nacionalismo, la xenofobia y la denostación de los organismos multilaterales.


Sellado de urnas de votos en Chile

Votación en Chile (EP)


Mientras el Reino Unido abandona la Unión Europea (UE), EEUU nos sorprende con un nuevo gobierno dirigido por los demócratas. Ha quedado atrás la pesadilla del caudillo autócrata Donald Trump. El cambio en los EEUU ha sido sideral con el nuevo gobierno demócrata de Joe Biden: esto se expresa en el reconocimiento de las instituciones internacionales como el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, la Organización Mundial de Comercio (OMC), la Organización Mundial de Comercio (OMS). En definitiva, el gobierno de Biden en el plano internacional está de vuelta. En lo interno, la masificación de la campaña de vacunas ha tomado un giro inesperado y la extensión de los planes sociales, sumado al apoyo monetario a sectores sociales vulnerables es digno de destacar. Por cierto, es un dato no menor a considerar en el escenario geopolítico la confrontación con las dos grandes potencias internacionales, la con China y la con Rusia por parte de los EEUU.


China, se posiciona en el escenario internacional y, levanta las banderas de la globalización, del libre comercio, en carrera a convertirse en la próxima década en la primera potencia tecnológica, comercial y económica del mundo. América Latina y, en particular, América del Sur experimentan profundos cambios estructurales en múltiples planos, atravesando un empate de la hegemonía de la región entre gobiernos que aplican irrestrictamente políticas neoliberales y aquellos que intentan levantar un amplio bloque anti-neoliberal. Por otro lado, vivimos un proceso de globalización, una revolución tecnológica sin precedentes del conocimiento que ofrece un conjunto de oportunidades cuyo aprovechamiento representa importantes desafíos en términos de voluntad y capacidad política, pero con la infinidad de riesgos que esta cuarta revolución tecnológica acarrea. A su vez, el contexto global está marcado por la pandemia del covid 19, que domina la agenda planetaria desde febrero de 2020 hasta estos días.


La política exterior de Piñera II y sus consecuencias

El presidente es el que ha dirigido la política exterior del país dejando en un discreto segundo plano a la Cancillería. En el inicio del gobierno, y dando cuenta de un “cambio” de ciclo de los gobiernos de la región, Piñera intentó erigirse como una figura clave de la derecha conservadora del continente. En el terreno de las alianzas regionales hubo un acercamiento estrecho a la administración del actual gobierno brasileño del controvertido presidente Jair Bolsonaro, y al gobierno de Duque en Colombia, ambos con fuertes elementos represivos, conservadores y de ultraderecha.


Su adhesión a la iniciativa de crear un nuevo organismo regional denominado “Para el Progreso de Sudamérica” (PROSUR) en contraposición a la “Unión de Naciones Suramericanas” (UNASUR) con el objetivo político de sacar réditos al interior de la política externa e interna, “venezolanizó” todo tipo de controversias a nivel nacional. En materia de política exterior, la actual administración ha estado marcada por una profunda improvisación. A esto se suma de una serie de incumplimientos internacionales, como no suscribir el Pacto de Escazú, pese a haber sido promovido por el país; restarse a firmar el Pacto Mundial sobre Migración; el lamentable papel desempeñado en la COP-25, que debía desarrollarse en Chile y fue trasladada a Madrid como consecuencia del estallido social del 18-O.


Una expresión de esta errática política exterior del gobierno fue el viaje a la frontera colombo-venezolana de Cúcuta del presidente Piñera. Sin embargo, lo más deleznable del actual gobierno ha sido y es el sistemático atropello y violación de los Derechos Humanos, particularmente desde los inicios de la rebelión social del 18 de octubre de 2019 hasta la actualidad (mayo 2021). Ha habido cuatro informes de organizaciones internacionales de DDHH que han denunciado casos de violaciones de derechos de manifestantes. Chile sigue estando en la retina de la opinión pública internacional por estas brutales acciones de las fuerzas de seguridad que han contado con el respaldo gubernamental. A esto se agrega las recientes masivas deportaciones de migrantes pobres, mayoritariamente venezolanos -haitianos y colombianos en menor escala- sin el debido proceso. Deportaciones convertidas en shows mediáticos, con migrantes esposados, con vestimenta de presidiarios, transmitidas por TV, están prohibidas por el derecho internacional y, por los convenios internacionales de DDHH que el estado chileno ha ratificado. La imagen del país declina ante la opinión pública internacional. En síntesis, estamos frente a un total fracaso y descrédito de la política exterior chilena, responsabilidad de la actual administración gubernamental.


Colofón

Diversas voces de expertos y analistas de la política internacional chilena han señalado la necesidad de una refundación de la política exterior ya desde los primeros años del retorno a la democracia . No se han realizado las reformas imprescindibles para poner al país acorde a las grandes transformaciones externas e internas. El instrumento para llevar a cabo tal proceso, la Cancillería, sigue siendo un baluarte del siglo XIX con vestigios del siglo XX. La capacidad de investigar y proponer nuevas rutas en este espacio de políticas públicas, ha sido extremadamente modesto. Tanto los gobiernos de la Concertación, como el gobierno de la presidenta Bachelet II no estuvieron a la altura de los desafíos en política exterior ni, se atrevieron a realizar las reformas necesarias en esta importante área política. Lejos de revertirse esta tendencia, la incompetencia demostrada en los dos gobiernos a cargo de la coalición de derecha encabezados por Piñera (2010-2014 y 2018-2022), agrava el cuadro.


La política exterior de Chile no ha estado al nivel de las transformaciones requeridas para los profundos desafíos de los tiempos actuales. Las transformaciones requeridas incluyen, entre otros aspectos, el fortalecimiento de los organismos multilaterales, bilaterales y el entorno regional latinoamericano como prioridades centrales. La nueva política exterior deberá integrar el enfoque de género; asumir la defensa irrestricta de los DDHH; enfrentar el fenómeno del cambio climático; asumir que las regiones del país deben ser tomadas en cuenta en el diseño de la política exterior; incorporar las necesidades y reivindicaciones nacionales y externas de los pueblos originarios del país.


Al mismo tiempo, la Cancillería, como instrumento de la política exterior, debe incorporar en sus decisiones a los nuevos actores sociales y políticos nacionales vinculados al escenario internacional. En síntesis: el Ministerio de Relaciones Exteriores requiere transformaciones estructurales. El debate que se origina con el proceso constituyente es, sin duda, una gran oportunidad para que en la nueva carta constitucional queden consagrados los fundamentos centrales de una política exterior progresista.

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