¿Ha llegado el fin del dinero en efectivo?

Pablo Rodríguez Canfranc
Economista

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Euros @ep


No son pocos los profetas que vaticinan la próxima llegada de una economía sin dinero en efectivo. El principal argumento que defiende el fin de los billetes y las monedas es que la tecnología digital hace más rápidos, más seguros y más controlables los pagos y las transacciones. Dentro de Europa, el paradigma es Suecia, el país que más rápido avanza hacia la digitalización completa de las relaciones económicas. Casi todos los suecos utilizan una app de teléfono móvil llamada Swish con la que efectúan los abonos, y se estima que el comercio minorista podría dejar de aceptar completamente efectivo en 2023. Una encuesta del Riksbank, el banco central de Suecia, arroja las cifras de que, mientras que en 2010 el 39% de los ciudadanos afirmaba haber pagado su compra más reciente en efectivo, en 2018 el porcentaje ya era tan solo del 13%. Por otro lado, el 40% reconocía no haber usado dinero físico en el último mes. China es otro de los países en vanguardia en este campo, pues cuenta con más de 1 000 millones de usuarios haciendo uso de los sistemas de pagos como WeChat Pay y de Alipay de Alibaba.


Sin embargo, el dinero digital también conlleva sus peligros e incertidumbres. Por una parte, en algunas sociedades puede convertir la brecha digital en una brecha socioeconómica. En la medida en que existan colectivos que hayan quedado atrás en la disposición o el acceso a la tecnología, no podrán adoptar con naturalidad el uso de medios de pago electrónicos, lo que supone un elemento de discriminación.


Paradójicamente, en determinados países emergentes la digitalización financiera se convierte en un factor de inclusión social. De acuerdo con los datos del Fondo Monetario Internacional, existen en el mundo más de 1 700 millones de personas que no tienen acceso a servicios bancarios, pero la penetración de suscriptores a los servicios de telefonía móvil supone casi la mitad de la población del África Subsahariana, el 64% en los países del Magreb y Oriente Medio, el 68% en el caso de Latinoamérica, y el 60% en la región de Asia y el Pacífico sin contar China. De esta forma, la creciente disposición de teléfonos móviles entre los ciudadanos de países en vías de desarrollo puede suponer una vía de inclusión financiera.


A pesar de que las grandes entidades financieras apuestan firmemente por la renovación vía tecnológica –Santander y BBVA están en el pelotón de cabeza en transformación digital en el mundo- la innovación plantea ciertas alarmas en el sector que es importante no perder de vista.


Dado que la tecnología dirige hacia un sector financiero más interconectado e interdependiente, puede llegar a favorecer la propagación de las perturbaciones de los mercados y hace más relevantes las ciberamenazas, por la mayor probabilidad de contagio. Además, en relación con las nuevas empresas fintech, la prestación de servicios financieros o tecnológicos a empresas y familias no siempre cuentan con unas estructuras de gobernanza y control, como las que rigen para los agentes tradicionales del sector, y puede derivar en costes reputacionales en temas relacionados con la privacidad y el acceso a los datos individuales, e incluso conllevar la financiación de actividades ilícitas.


Otro factor a tener en cuenta es que el incremento de la competencia, la mayor rapidez en las transacciones y el uso de algoritmos comunes podría aumentar la volatilidad del sistema financiero, incluidos los depósitos de los bancos. Por último, existe el peligro de que las entidades financieras acaben teniendo un elevado grado de dependencia de un reducido número de proveedores de servicios tecnológicos y de un reducido número de proveedores de información.


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