El triunfo de la mediocridad (y de la mala educación)

Pablo-Ignacio de Dalmases
Periodista y escritor

Vivimos en España tiempos asendereados con conflictos internos que se están cronificando. Bien, se puede decir que no hay sociedad que no los padezca, pero para eso están los servidores públicos a los que conocemos con el calificativo de “políticos”, a los que pagamos un salario para que nos los resuelvan. Con mejor o peor acierto, pero con la voluntad de intentarlo. El problema de nuestro país es que hay algunos políticos que no sólo no tratan de afrontar las cuestiones conflictivas para solucionarlas, sino que las provocan o, cuando existen, las azuzan con el deseo de agravarlas o eternizarlas. El caso de aquel lamentable personaje llamado Quima Torra es el más palmario. Su contribución al enrarecimiento del ambiente político en Catalunya y al enfrentamiento entre catalanes fue tan evidente que resulta innecesario decir nada más. Merece un lugar destacado en alguno de los infiernos del Dante, dejo a la elección del lector en cuál.


Lo cierto es que tenemos muchos políticos en ejercicio, pero nos faltan los más importantes: aquellos con categoría personal y moral necesarias para adquirir la condición de hombres/mujeres de Estado. Catalunya ha podido enorgullecerse de algunos, muy pocos. Yo tengo mi propia lista, referida al último siglo, que acaso no sea la políticamente correcta, pero como no tengo por qué ocultarla la voy a decir.


El expresidente de la Generalitat, Quim Torra, durante el acto de presentación del informe del grupo de trabajo 'Catalunya 2022', a 10 de junio de 2021, en Barcelona, Catalunya (España). ARCHIVO.

@EP


Creo que el primer “hombre de Estado” que salió de esta tierra en el siglo XX fue Francesc Cambó. Imposible negarle una catalanidad que vivió y ejerció siempre, bien que contextualizándola en el conjunto de España, lo que le permitió luchar por la consecución de los mejores objetivos para su tierra y, a la vez, hacer que ello supusiera a la vez una aportación valiosa a la historia común. Su ejecutoria fue tan fértil que aún hoy sigue produciendo noticias gratas (hace poco con motivo de unas obras de su magnífica colección de arte que legó al Estado y a Barcelona).


Creo que nadie discutirá atribuir esa misma condición a Josep Tarradellas. El veterano político de ERC que padeció la guerra civil y el exilio, supo aprender la lección de los errores cometidos por sus homólogos de la segunda república -también por él mismo- y cuando regresó lo hizo con el estilo que inmortalizaría Mandela, es decir, echando al olvido agravios y espíritu de revancha y comprometiéndose a recuperar el autogobierno catalán como una herramienta perfectamente incardinada en el Estado. Bastaron las tres primeras palabras que pronunció desde el balcón del palacio de la Generalidad para reconocerle su amplitud de miras y el moderno sentido que tenía de la sociedad catalana, muy lejos de cualquier tipo de ensimismamiento y cerrazón. “Ciudadanos de Catalunya” fue mucho más que una frase, porque constituyó toda una declaración de intenciones y un programa de gobierno.


Creo que voy a ser algo imprudente, pero ¿sería posible negar también con todas las reservas que se quiera -y con este nombre acabo- la condición de “hombre de Estado” a Jordi Pujol? Sí, ya se que el viejo político no está de moda a causa de una conducta personal y familiar manifiestamente decepcionante. Pero como sujeto político no creo que se pueda poner en tela de juicio su gigantesca categoría. Nunca necesitó, pese a su nacionalismo, apelar a sueños imposibles, ni a apostar por utopías para saber que él en Catalunya era el Estado. Sí, claro, el Estado español, pero en definitiva el Estado. Recordemos la visita que giró recientemente el presidente de Corea del Sur a Catalunya o la anterior del presidente de Volkswagen e imaginemos qué hubieran ocurrido durante su mandato. ¿Alguien sería capaz de pensar que Pujol hubiera renunciado a su presencia con banales ardites? ¿O que en las reiteradas y repetidas visitas a Catalunya del Rey hubiese utilizado subterfugios “de agenda” para escaquear su asistencia? ¿O que se hubiera plegado a cenar con el monarca sin molestarse en saludarle? Sospecho que Pujol, educado en las buenas formas de la escuela alemana, hubiera mantenido en todo caso, y por muchas que hubiesen podido ser sus diferencias, la obligada cortesía y permanecido siempre donde le correspondía, es decir, junto a cada uno de dichos invitados, y al lado del jefe del Estado y del presidente del Gobierno, como lo que él mismo era: el Estado en Catalunya.


Pero en fin, los políticos en ejercicio han optado por la renuncia a la grandeza de su oficio y a la representación que ostentan, que no es la de un partido, sino la de toda la sociedad catalana y la del mismo Estado, en favor del sometimiento al fútil aplauso de sus incondicionales y hasta de los que no lo son, pero les jalean o amenazan con hacerle las vida imposible. También hubo quienes se la hicieron a Cambó y si no pudieron con Tarradellas fue porque regresó demasiado viejo y murió muy pronto. Con Pujol han tomado cumplida venganza ahora, cuando ya no manda y además se ha visto obligado a explicar y responder por sus vergüenzas personales, que no políticas. Hemos conseguido lo peor que nos podía ocurrir: el triunfo de la mediocridad. Y de la mala educación.

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