jueves, 23 de septiembre de 2021

“El temps que conta” invita a pensar cómo el paso de tiempo va acortando inexorablemente nuestra vida

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Els temps que conta

@Teatro Goya


Francamente no tenía ni idea de lo que era la “ataxia de Friedreich” una enfermedad poco frecuente, neuromuscular, degenerativa y genética, que daña progresivamente el sistema nervioso y destruye células nerviosas de la médula espinal, del cerebelo y de los nervios que controlan los movimientos musculares en los brazos y en las piernas. He podido saberlo gracias a Virginia Sánchez, autora de la obra teatral que, bajo su misma dirección, se presenta en el teatro Gaudí con el título de “El temps que conta”.


Dice Sánchez que “la vida me llevó a conocer a un familiar de una persona que había padecido la ataxia de Friedrich, una enfermedad bastante similar a la ELA, y que acompañó a su familiar hasta el final. Me explicaba que cada día que pasaba su enfermedad le hacía perder alguna facultad y un poco de su independencia. Sin embargo, luchaba para poder seguir vivo un día más. Pensé entonces (y lo sigo pensando) que es un acto terriblemente valiente. Esta persona sabía que cada día que pasaba le restaba del poco tiempo que le quedaba, y además, sabía que cada día era un paso más que hacía avanzar su enfermedad". Añade: "es como una cuenta atrás –pensé-, una cuenta atrás donde cada día es una bendición, pero también una condena. Después de hablar con el familiar de esta persona tomé la decisión de escribir esta obra porque quería transmitir todo lo que esa persona, que nunca pude conocer, me había ofrecido como regalo: que cada momento es importante, que la vida no se puede medir en meses, ni en años, la vida es cada segundo que vivimos y que nunca es demasiado tarde; que el tiempo nos cuenta muchas historias, pero que somos nosotros quien las tenemos que vivir y que la vida no siempre suena bien, pero que precisamente por eso, cuando te ofrece una buena canción, te has de levantar y bailar”.


Sánchez ha aplicado este propósito a una historia que tiene como protagonistas a dos hermanos que, tras muchos años de separación, se encuentran de nuevo con ocasión del entierro de su padre. Una vez cumplida su obligación con la inhumación de los restos de su progenitor y con la urna de sus cenizas en la mano, regresan al domicilio familiar y entonces se ponen de manifiesto los rencores y diferencias acumulados entre los dos, una situación en la que ha actuado como factor determinante la patología citada que padece uno de ellos y que le obliga a desplazarse en silla de ruedas. La presencia ocasional de la novia del primero (Virginia Sánchez-Peiró) actúa como factor de recrudecimiento de las tensiones porque Toni (Carlos Martinho), el hermano enfermo, trata de utilizarla contra su hermano Aitor (Óscar Jarque) hasta que una serie de circunstancias sobrevenidas cambian el signo de esta relación de forma favorable al punto de conducir el hilo argumental a un final feliz… en la medida de lo posible.


La autora no atenúa la expresión de este enfrentamiento fraternal, pero ello no le ha llevado a convertir “El temps que conta” en un drama (aunque tiene elemento dramático, por lo que podríamos hablar de una comedia dramática), sino que ha ido inyectando en el texto cuñas que tienen a destensar la tensión reinante y transforman la obra en una comedia familiar. No por ello ha dejado de traslucir un mensaje perfectamente intencionado y que se refiere a una inquietud muy personal de la autora y directora sobre el paso del tiempo: “Desde bien niña he tenido la sensación de que cada día vivido me restaba un poco del tiempo que tenía a mi disposición... no saber si nos queda mucho o poco puede ser desconcertante, pero a la vez nos ayuda a olvidar que cualesquiera que sean dichas expectativas, algún día se agotarán”.

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