miércoles, 22 de septiembre de 2021

“No me llames loca”, una novela sobre las contradicciones de la burguesía barcelonesa del siglo XX

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Si todo el siglo XX fue un período harto asendereado de la vida española, su primer cuarto tuvo una especial significación en la ciudad condal. Fue en Barcelona el escenario en el que se desarrollaron acontecimientos políticos que habrían de repercutir en el conjunto de la vida nacional, mientras Europa se desangraba en el primer conflicto mundial y en nuestro país emergía con fuerza el movimiento obrero. Josep Maria Girona continúa con “No me llames loca” (Rocaeditorial) el ejemplo precedente de otros autores ilustres que han situado algunos de los títulos de su obra narrativa en ese apasionante período de la urbe que fue conocida como la “rosa de fuego”. Desde Ignacio Agustí a Eduardo Mendoza, pasando por Carlos Ruiz Zafón o Sergi Doria, por citar sólo unos nombres.


Captura

Girona concibe la peripecia de la imaginada familia Queralt-Robuster en una correcta contextualización histórica que discurre desde poco antes de la Semana Trágica de 1909 al golpe de Estado del general Primo de Rivera con la instauración de un directorio militar que quebró para siempre el pacto político surgido con la Restauración de la dinastía borbónica. La explotación de una empresa ligada a la industria de la piel otorga a los componentes de la misma una vida desahogada -particularmente durante el conflicto internacional en el que España permaneció neutral- que discurre entre su vivienda del Ensanche y su casa de veraneo de Caldetas, un eje en el que despliegan el amplio abanico de sus relaciones sociales con gentes de su propia condición y en algún caso de condición “inferior”.


Pero tras la apariencia de una vida placentera, lo cierto es que laten tensiones y violencias derivadas de una conflictividad social que es fruto de la incapacidad de la burguesía industrial barcelonesa en aceptar las lógicas reivindicaciones del movimiento obrero, a las que solo sabe responder con un sistema represivo articulado merced a la colusión de los grupos de presión empresariales con las autoridades. Ello da pie a Girona a entretejer en el relato los personajes de ficción con otros históricos reales, como los de los generales Martínez Anido o Arlegui, y de paso también a criticar el egoísmo de los entonces llamados regionalistas.


Claro que hay más y es la historia soterrada de la propia familia protagonista, obligada a esconder hipócritamente sus propias debilidades y a sustentarlas en los inamovibles prejuicios sociales de la época (condena de los matrimonios desiguales, rechazo furibundo de la maternidad extramatrimonial, ocultamiento de la filiación natural o ilegítima, aceptación de la existencia de relaciones sentimentales paralelas a la legítima siempre que no sobresalgan excesivamente, marginamiento de la mujer como elemento vicario de la vida familia subordinado siempre al hombre -padre, marido, hijo- y a sus intereses y dificultad de aquella en conseguir una vida profesional autónoma, etc.). Todo ello le permite enredar a sus personajes en un conflicto que acabará de forma sorprendente, con el descubrimiento de lazos familiares insospechados (que nos hicieron recordar algún caso real famoso).


Sin aportar novedades particularmente reseñables en un subgénero en el que, como decimos, resulta difícil competir con firmas anteriores de notorio fuste, “No me llames loca” se lee con agrado, aunque en alguna de sus páginas el autor sitúe a una monja en compañía del conserje del colegio en la zona de clausura (“vade retro”: justamente una clausura conventual es -o era- el espacio interdicto a los varones) o que obligue a uno de sus personajes a afirmar que “nos desdeciremos”.

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