martes, 19 de octubre de 2021

Juan Echanove protagoniza la versión teatral de “La fiesta del chivo” de Vargas Llosa (Poliorama)

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Teatro.Poliorama.La fiesta del chivo

@Pablo-Ignacio de Dalmases


Hay personajes históricos cuyo mayor error estuvo en haber nacido en el lugar y el momento equivocados. Por su inabarcable ambición y su personalidad sátrapa el generalísimo Rafael Leónidas Trujillo Molina parece un personaje mucho más apropiado de los pagos de Gengis Khan y del medioevo, cuando los señores de horca y cuchillo tenían en sus manos las vidas y haciendas de sus súbditos y ejercían con plena discrecionalidad el derecho de pernada. Pero su vida discurrió en pleno siglo XX, y aunque la pasada centuria fue generosa en individuos perversos y genocidas, el caso de Trujillo fue excepcional. Hombre de acusada inteligencia natural, trabajador y disciplinado, supo poner bajo su férula un país demasiado pequeño para él, República Dominicana, que gobernó con mano de hierro por sí o por personas interpuestas durante más treinta años hasta que gentes de su propio entorno, hartas de su crueldad, decidieron acabar con su vida. Poseedor de una insaciable voracidad sexual, me temo que fue capaz de superar al mismísimo Dennis Rodman quien afirma haber estado con más de 2.000 mujeres.


Aunque Trujillo ha sido estudiado por numerosos autores, fue un novelista, Mario Vargas Llosa, quien mejor lo ha retratado y lo hizo con una novela, “La fiesta del chivo”, convertida luego en película y más tarde adaptada para el teatro por Natalio Grueso. El escritor de origen peruano fabula sobre la pérdida que un personaje del régimen, el senador Cabral, habría sufrido en el favor del tirano y en la maniobra que acepta realizar para recuperarlo ofreciéndole desflorar a su propia hija, adolescente de catorce años. Una situación imaginada, pero no muy alejada de la realidad y, sobre todo, representativa de la podredumbre que rodea al poder absoluto y de la capacidad que éste tiene de corromper a todos los que le rodean.  


Juan Echanove encarna en la versión teatral la figura del decrépito generalísimo que, en su locura megalomaníaca, se considera a sí mismo el hombre indispensable para la supervivencia de su propio país (fue capaz de cometer el genocidio de alrededor de 15.000 haitianos, supuestamente considerados peligrosos) y que acaparó a lo largo de su vida miles de honores, recompensas y distinciones (hizo cambiar el nombre histórico de la capital, Santo Domingo, por el de Ciudad Trujillo)  sin que jamás hubiese sido capaz de advertir el ridículo en que incurría. Echanove ha captado muy bien estos rasgos patológicos y consigue una interpretación que es inquietantemente creíble, aún en la sinrazón del tirano. Gabriel Garbisu, por su parte, tiene que doblarse en dos etapas cronológicas del senador preterido: en el momento de su defenestración y en su ancianidad, del mismo modo que Lucía Quintana ha de ser la víctima adolescente y la hija que no ha podido olvidar la instrumentación de que fue objeto por su propio padre, resultando ciertamente más adecuada en este segundo papel.


La atinada combinación de parvos elementos escénicos con las imágenes, a veces meramente sugerentes, que se proyectan sobre una pantalla para subrayar cada una de las ubicaciones y contextos ambientales, hace que la traslación teatral de “La fiesta del chivo”, dirigida por Carlos Saura, sea adecuada y celebrada por un público que aplaude con entusiasmo a todos los componentes de la compañía. 

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