El escritor Rafael Chirbes se “desnuda” en sus cuadernos de memorias

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El memorialismo es un género literario muy interesante porque permite adentrarse en la interioridad de aquellas figuras importantes que las han escrito, pero conviene leerlo con cierta prevención porque suele ocultar una cierta tendencia a la autojustificación. No parece éste el caso del escritor Rafael Chirbes, fallecido prematuramente a los 66 años, que dejó, además de sus novelas, una colección de cuadernos con anotaciones y recuerdos personales de los que Anagrama pública una primera entrega con los dos primeros volúmenes de los cuatro que habrá de tener y el título de “Diarios. A ratos perdidos”.


Libros.Diarios Rafael Chirbes


En la presentación celebrada en Barcelona hubo, como establece la liturgia convencional, plácemes y cumplidos, pero, a la vez, la insospechada -creo hasta para la propia editora, Silvia Sesé- discrepancia con respecto a uno de los prólogos que manifestó de forma terminante Juan Manuel Ruiz, albacea literario de Chirbes, quien repasó y pulió los originales según los deseos que le hubo manifestado el propio autor. Ruiz se refirió concretamente al firmado por Marta Sanz que, dijo, contenía falsedades y despropósitos, aventurando incluso el carácter de desquite de la prologuista con relación a prologado. Insólito caso del que no conocíamos precedente.


En esos cuadernos que Chirbes inició en 1985, puede advertirse que la literatura fue el eje fundamental de su vida y el tema principal sobre el que vuelve una y otra vez. Cita innumerables autores -su cultura literaria fue extensa y omnicomprensiva-, comenta los libros que ha leído, en muchos casos en su versión original, puesto que dominaba varios idiomas, alude al eco y críticas que han recibido algunas novedades y expresa filias y fobias. La alusión más llamativa, la que hace de Arturo Pérez Reverte, al que descalifica por utilizar un lenguaje que le parece innecesariamente chocarrero y falsamente popular (¿herencia de su experiencia como periodista en el diario “Pueblo” que pretendió cultivar un “nuevo periodismo” a la española?), pero tampoco se libran Ortega y Gasset, del que dice que su “Deshumanización del arte” es una “charlita intrascendente”; Justo Navarro, cuya última novela le parece “detestable, cursi”; e incluso Muñoz Molina, al que elogia, pero con reservas puesto que “El jinete polaco” “tiene algo resbaladizo, además de ese afán suyo por exhibir un cosmopolitismo de pie forzado”. Claro que el personaje que sale peor parado es un escritor ocasional, Salvador Dalí, al que -al consuno con Gala- dedica rotundos epítetos (loco, histrión, sinvergüenza e hijo de puta, tal cual).


Para Chirbes “el trabajo del escritor -describe- es escribir, esa es su especialidad. Su profesión. Pero para escribir necesita tener algo que contar, como para ser carpintero, además de un banco y un instrumental, necesitas una provisión de madera. ¿te extrañas de tu sufrimiento suplementario? Ese es tu quehacer. Mientras los demás llevan adelante sus trabajos, están pendientes de sus tareas, tu chapoteas en el laboratorio de los sentimientos, eso que antes llamaban el espíritu, o el alma, y tú ya no te atreves a llamar de ni guna manera (es tu almacén tu provisión de madera) Este es el oficio del escritor. Su extraña forma de vida”.


Comenta las relaciones con el mundo editorial: la buena acogida que encontró en Jorge Herralde, al que llegó de la mano de su amiga Carmen Martín Gaite, pero también la cicatería de algunos, remisos en dilatar arteramente la liquidación de los derechos de la obra traducida (“líbreme Dios de un editor amigo” desliza como quien no quiere la cosa).


Hay una presencia continua y reiterada de su vida íntima y personal: estados de ánimo, momentos -no escasos- de depresión, problemas hogareños y familiares y patologías diversas (con explícita descripción del tratamiento de su fisura anal), en las que cabe entrever una cierta hipocondría. Y numerosas alusiones a sus relaciones sentimentales -la principal la habida con el francés François, que describe con toda crudeza y acaba trágicamente- y en las que da la sensación de no haber llegado a alcanzar nunca la plenitud afectiva, al punto de que reconoce haber tenido que buscar satisfacción en cines y bares de ambiente y en el sexo venal, con el temor de “acabar siendo un triste solterón de provincias”.


Rafael Chirbes se lamenta: “he querido ser consecuente en lo vivido y en lo escrito, pero justo ahora, cuando debía cuidar para que las piezas se ajustaran de un modo armónico, me veo sometido a tremenda confusión; temo acabar lloriqueando, pidiendo favores, mendigando unas horas más de vida a costa de lo que sea, abaratar lo que tanto ha costado adquirir. Rezarle a un dios para que te de fuerzas para morir a solas contigo mismo. Abandonado y soberbio, convencido de que sabes quién eres. Decirlo: yo sé quién soy”. No es extraño que el catedrático Fernando Valls, el otro prologuista del volumen, piense que “al leer este diario tiene uno la sensación de que Chirbes nunca se sintió a gusto con quien había sido, ni con quien era, ni siquiera -intuyo- con aquel que iba a ser”.


Post scriptum. A cualquier escritor se le puede colar un gazapo y es disculpable que a Chirbes se le escapase decir “la una menos cuarto del mediodía”. Pero ¿cómo le pudo ocurrir al albacea literario y supuesto corrector?


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