sábado, 27 de noviembre de 2021

“El hijo de Eulalia”: una biografía novelada de Luis Fernando de Orleans, el “infante maldito” de los Borbones

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En estos últimos tiempos en que han menudeado noticias sobre las actividades económicas que habría desplegado el rey emérito, ha aparecido el nombre de Álvaro de Orleans como uno de los testaferros utilizados para ellas. El periodista Eduardo Álvarez, especializado en asuntos relacionados con la nobleza, descubre en su obra “El hijo de Eulalia” (La Esfera de los Libros) que dicho personaje es tataranieto de Isabel II y bisnieto de su hija Eulalia y, por tanto, nieto del hijo mayor de ésta, Alí, aviador incorporado al Ejército Nacional que finalizó su vida como general del Ejército del Aire español, y sobrino nieto de Luis Fernando, conocido coloquialmente como el “infante maldito”.


Libros.El hijo de Eulalia


O acaso habría que denominarlo “ex infante”, puesto que el primo de Luis Alfonso de Orleans y de Borbón, el rey Alfonso XIII, le desposeyó de dicho título a causa del más grave de los escándalos que había protagonizado en Francia: el homicidio de un prostituto en el transcurso de una velada de alto voltaje que había mantenido con él en compañía de su inseparable secretario, el portugués Vasconcellos. Porque se da la circunstancia de que Luis Fernando acreditó de forma pública y harto desinhibida su condición gay en una época en que suscitaba la máxima reprobación, aunque también se contemplaba con absoluta liberalidad en las altas esferas en que él se movía.


Hay que decir que Luis Fernando no disfrutó de una infancia feliz, ni de un contexto familiar idóneo, puesto que el matrimonio de sus padres, Eulalia de Borbón y Antonio de Orleans -hijo éste del duque de Montpensier-, que eran primos carnales, no fue feliz y el marido se dio pronto a una vida disipada en compañía de su amante, Carmela Giménez, para la que obtuvo el vizcondado de Termens. Esta situación creó situaciones curiosas, como la de la propia Eulalia que, distanciada de su marido desde el principio de su matrimonio, mantuvo en cambio siempre una buena relación con su suegro Montpensier, hombre inteligente, culto, industrioso y afable, mientras que Luis Fernando sostuvo durante muchos años una amistad mucho más estrecha con Carmela que con su propia madre. 


Con todos estos precedentes, no es extraño que, habiendo renunciado a la carrera militar que se hubiera esperado que cursara, se dedicara al “dolce far niente”, utilizando para ello los inmensos recursos económicos familiares y llevase una vida alegre como uno de los “miembros de un exquisito ecosistema al que abrirían sus puertas los más importantes salones parisinos… (en los que eran) autores de un endogámico linaje entregados con despreocupación al placer y al refinamiento, con capacidad para gastar y gastar, en muchos casos muy por encima de sus reales posibilidades”. Juergas, saraos, recepciones, cenas, espectáculos y toda suerte de diversiones a cuál más disparatada, como la fiesta de disfraces organizada por la marquesa de Chabrillan, cuyo marido había reclamado el trono de Mónaco, en la que todos los participantes debían ir disfrazados con arreglo a algún cuento de “Las mil y una noches” y en el que el todavía infante apareció con el cuerpo teñido de añil, vistiendo solamente una sucinta falda y caracterizado de dios Azul… ¡a lomos de un elefante! Todo ello con acompañamiento de caviar, champán y cocaína, una droga que se vendía entonces con profusión en la capital del Sena.


A pesar de su condición manifiestamente gay -compartió amistad y correrías con Jean Cocteau, Lucien Daudet, Marcel Proust o Maurice Rostand- y de los numerosos escándalos que protagonizó -que motivaron su expulsión de Francia y la prohibición de entrar en España- fue deseado por algunas mujeres, como Mabelle Gillman, Hertha von Walther, la princesa de Broglie, Marie Say -con la que llegó a contraer matrimonio, ciertamente interesado, pese a que le llevaba treinta años-, Thelma Attebery o Raymonde Gitenet. Y, en fin, como todos los humanos somos contradictorios, el esteta y desmelenado Luis Fernando se arriesgó, en el París ocupado por los nazis, a proteger o esconder judíos y homosexuales gracias, según sugiere el autor, a la intimidad de alcoba que compartía con el coronel Halich de la Gestapo.


Cuando murió, prácticamente abandonado de todos, nadie se atrevió a enviar sus restos al pabellón de infantes de El Escorial, por lo que reposan en la iglesia del Inmaculado Corazón de María de la capital francesa que Alfonso XIII mandó comprar la que pudieran ser inhumados los españoles sin posibilidad de regresar a su país, en un túmulo minúsculo, sin lápida alguna, que al autor del libro le encontró encontrar en la sacristía de la cripta del templo.


“El hijo de Eulalia” no es sólo la vida de este asendereado personaje, sino el retrato colorista, detallado, excelente descrito de toda una época brillante, despreocupada, alegre y divertida, pero condenada a desaparecer, como así ocurrió. 


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