sábado, 27 de noviembre de 2021

Compañeros de la “mili”

Pablo-Ignacio de Dalmases
Periodista y escritor

La participación, junto con otros viejos amigos, en el encuentro anual que celebran los Soldados Veteranos de Montaña que ha tenido lugar hace unos días en el acuartelamiento del Regimiento América 22 acantonado en los alrededores de Pamplona, me ha permitido recordar el tiempo, ¡ay!, ya lejano en el que cumplí con aquella obligación, entonces inexcusable, que era el servicio militar.


Men gea4d199fa 1920

Servicio militar /@Pixabay


Incapaz de trepar cinco metros por una cuerda, requisito que se consideraba absolutamente imprescindible para poder participar en los cursos de verano destinados a los estudiantes universitarios para su formación como oficiales de complemento, lo hice como mozo conscripto y debo decir que constituyó una experiencia inolvidable. Porque con independencia de su injustificadamente excesiva duración, del trastorno que siempre ocasionaba abandonar temporalmente familia y estudios y/o trabajo y del riesgo de ser destinado a zonas alejadas de tu lugar de residencia habitual, aquella obligación proporcionaba sin embargo algunos beneficios importantes. No era el menor la posibilidad de “salir del cascarón” y relacionarte con gente joven de tu misma edad procedente de todos los rincones de España y de los ambientes económicos y sociales más diversos.


Destinado al Centro de Instrucción de Reclutas que me había tocado en suerte, justo después de haber acabado con fortuna mi carrera de periodismo y a punto disputar mis primeras oposiciones, hice algunos amigos que perduraron a lo largo del tiempo. Entre ellos quiero recordar a dos, bien alejados de mi medio habitual. El primero, Jesús. Sin familia conocida, se crió en un hospicio o centro de beneficencia y de adolescente, en vez de convertirse en un pilluelo próximo a la delincuencia, había encaminado sus energías hacia el ejercicio físico, lo que le permitió transformarse en un verdadero atleta con cuerpo de fisicoculturista que, no obstante, albergaba un alma ingenua y candorosa. La amistad surgida entonces tuvo continuidad después de haber recibido “la verde” -cartilla militar que se entregaba al final del servicio- y en su momento pude echarle un cable para un primer trabajo mejor que el suyo originario, que era el duro oficio de panadero. Por su esfuerzo e iniciativa, obtuvo el carné de conducir y ello le valió para obtener más tarde empleo como conductor en una empresa bancaria en la que permanecería el resto de su vida laboral, alcanzado el empleo de cajero y con él, una posición desahogada.


Mi otro amigo se llamaba Miguel y su caso es aún más paradigmático. Había emigrado a Barcelona desde su pueblo natal en la provincia de Zamora, de donde había huido de una familia y unos vecinos que le hacían la vida imposible porque le despreciaban por “maricón”. Sin conocer a nadie, recaló por la parte baja de las Ramblas, que era entonces una zona de inagotable y animada actividad nocturna (la Barcelona de los años sesenta no tenía, salvo acaso en lo político, nada de gris, ni aburrido) y se colocó como camarero en uno de los numerosos bares gais que en pleno franquismo existían -aunque ahora se ignore- por los alrededores de Escudillers. No recuerdo si en el “Bambú” o en “La Reja Dorada”, donde se ganó la vida, aunque complementaba dicho empleo con el milenario ejercicio de la prostitución. Me lo encontré pocos días antes de incorporarme a nuestro común reemplazo militar en el “Copacabana”, un tugurio de mala muerte, pero divertidísimo, que estaba en el pasaje de la Banca (lo que son las cosas: el solar que ocupaba pertenece ahora ¡al Departamento de Cultura de la Generalidad!) y descubrimos que nos había tocado el mismo destino. Fue el inicio de una amistad que consolidamos mientras vestíamos de caqui y compartíamos numerosas incidencias chuscas que ahora mismo no es el momento de comentar.


Aquel gañán zamorano que había puesto pies en polvorosa de su pueblo, resultó ser una hormiga que supo ahorrar todo lo que había ido ganado. Al poco tiempo de regresar del servicio militar, consiguió reunir el capitalito suficiente como para comprar una casa en Moncada i Reixac, que me invitó a conocer. Y me contó que, una vez tuvo el título de propiedad en su mano, reclamó la presencia de sus padres, que se establecieron en este nuevo domicilio después de haber sido advertidos por su hijo: “¡Que sepáis que la casa en la que vais a vivir conmigo me la he ganado peseta a peseta trabajando con mi culo!”. Miguel se reía mientras recordaba que sus progenitores le escucharon serios, cabizbajos y sin decir “ni mu”. Nunca más nadie osó recordar su condición sexual.


Justamente hace unas semanas he leído una nota necrológica en la que quien fue su compañero recordaba el fallecimiento de Miguel cuatro años atrás. Y chafardeando por internet he descubierto que quien en su adolescencia supo abrirse camino en la vida como chapero había llegado a ser el apoderado de no se qué empresas, lo que me ha permitido colegir que su carácter industrioso y su inteligencia natural le permitieron abrirse camino en la vida.


Cumplir el servicio militar me otorgó, entre otras muchas cosas, el privilegio de conocer a esos seres maravillosos llamados Jesús y Miguel. Acaso algún día la sociedad española pensará en la conveniencia de volver a articular algún servicio temporal -militar o civil- de la gente joven que contribuya a hermanar orígenes geográficos, económicos y sociales en un proyecto común.

Sin comentarios

Escribe tu comentario




He leído y acepto la política de privacidad

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes. Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.



Más autores

Opinadores
Leer edición en: CATALÀ | ENGLISH