miércoles, 26 de enero de 2022

“Una mujer que espera”, el largo exilio saharaui desde la perspectiva femenina de Baida Rahal

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La literatura saharaui en lengua española se está consolidando como una nueva rama del universo pluricontinental de expresión hispánica y es, además, la única enraizada en el mundo árabe. Cuenta con una amplia panoplia de autores que cultivan muy diversos géneros -con preferencia por la poesía-, a los que ahora se incorpora Baida Rahal, autora de “Una mujer que espera" (Una colección de relatos de la vida en los campamentos de refugiados saharauis) (Wanáfrica), obra formada por catorce relatos cortos centrados todos ellos en la peripecia que se vive los campamentos. Cabe destacar en ellos tres aspectos. El primero, que la autora  se expresa con absoluta sinceridad, eludiendo el discurso triunfalista y poniendo de relieve los problemas, desajustes, contradicciones, desesperanzas y traumas que existen en la sociedad saharaui del exilio; el segundo, su autoría femenina, ya que todavía es escasa la nómina de mujeres escritoras en comparación con la de sus compañeros masculinos; y en tercer lugar -y este último punto cabría enlazarlo con el anterior, aunque adquiere dimensión propia- porque Baida Rahal lo hace poniendo el acento en la perspectiva femenina, de tal modo que la mayoría de sus protagonistas son mujeres que sufren por muy diversas razones y cuyos padecimientos revindica estableciendo con ello unos parámetros de un emergente feminismo saharaui.


Una mujer que espera


Justamente el tema más relacionado con todo ello es el de las relaciones sentimentales y los problemas que las normas religiosas, la tradición o el egoísmo provocan en la mujer. Así el ejercicio de la poligamia por el varón a espaldas de su primera mujer, el abandono de la mujer recién casada porque el marido se encapricha de otra, el de la mujer que contrae una enfermedad que la deja minusválida, o el rechazo para el matrimonio de las hermanas de un ladronzuelo por el desprestigio que ha causado éste en su familia. También puede ocurrir al revés, es decir, el abandono del joven por una novia que prefiere otro hombre que ha emigrado.


La autora denuncia la insolidaridad de aquellos que pudieron estudiar en el extranjero y hacer una carrera, pero luego, una vez graduados, optan por emigrar en vez de quedarse a servir a su gente en los campamentos. No oculta la existencia de una crisis generacional con el relato de la nieta que rechaza que su abuela le repita por enésima vez sus “guerritas”. También hay un ajuste de cuentas con una diplomacia que se ha demostrado reiteradamente inútil, como ha quedado patente últimamente con la reanudación del conflicto armado con Marruecos. Y otro ajuste de cuentas más duro aún con la burocracia crecida al socaire del exilio, que se aleja de su propio pueblo. Tampoco falta algún tema menor, como la supervivencia de ciertas supersticiones. Pero, sobre todo, el aspecto que se detecta en cada historia es el de la desesperanza, el desánimo por la imposibilidad de alcanzar las aspiraciones colectivas de recuperar la patria ocupada.


Asoma en resumidas cuentas la decepción por no haber obtenido un mínimo reconocimiento por los ímprobos esfuerzos desarrollados durante tanto tiempo. Y es que a los refugiados sólo les queda el consuelo de soñar: “Nosotros, los refugiados que crecimos en los campamentos, no tenemos más que nuestros sueños; sueños tan fantasiosos como el del meteorito, o el sueño más realista de regresar a nuestra patria; incluso otros sueños, los más preciosos e importantes, que han crecido en una atmósfera de privación de casi todo”[1]. Aunque, en realidad “¿qué sueños puede tener un joven refugiado al que sólo le espera el exilio, el asilo o la dispersión familiar?”.




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