Ucrania, un puzle indescifrable cuyo único nexo de unión es… el fútbol

Pablo-Ignacio de Dalmases
Periodista y escritor

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Kiev - Unsplash


Años atrás muy pocos españoles hubieran sabido situar a Ucrania en el mapa. Acaso los más informados habrían estado al tanto de que formaba parte de aquel gran imperio que los zares tardaron algunos siglos en conformar y que, convertido en la Unión Soviética y con las fronteras algo ensanchadas gracias a la astucia de Stalin con Hitler primero, y con los aliados al final de la segunda guerra mundial, se desmoronó en un plis plas como un castillo de naipes. Quedó entonces la gigantesca Rusia histórica, aunque desprendida de muchos territorios; uno de ellos, Ucrania, considerado parte esencial de la misma esencia rusa, al que la peripecia reciente ha situado en el primer plano de la actualidad como peón de cambio en un precario y peligroso equilibrio entre Rusia y el mundo occidental.


Me temo que a muchos les resulta difícil entender la génesis de este conflicto y confieso que a mí mismo me resultaría imposible hacerlo si no hubiera tenido la oportunidad de leer hace unos años a Yuri Andrujovic, un periodista ucraniano que publicó en la década de 1995 a 2005 una serie de textos en los que trataba de interpretar ese complejo mosaico que es su país y que acabó recopilándolos en un libro que en su edición española se tituló “El último territorio”.


Andrujovic recordaba que su país es el segundo de Europa por su extensión territorial, que lo forman territorios muy distintos entre sí en los que se hablan diferentes lenguas y que históricamente han estado sometidos a poderes diversos. “Vivo en un territorio llamado Galitzia, una parte del mundo que desde tiempo inmemorial ha sido objeto de la sospecha y el desdén”. Y puntualizaba: “Galitzia no es Ucrania, sino una especie de contrapeso geográfico, una alucinación polaca”. La región de la que es originario el autor pertenece al sector occidental de Ucrania, separado del oriental por muchas razones. Así el nivel de identidad nacional, hipertrofiada en el aquél y atrofiada en éste; la lengua que se utiliza mayoritariamente, el ucraniano en el primer caso y de carácter bilingüe ruso-ucraniano en el segundo; la ideología dominante, anticomunista en occidente y todavía comunistizada en el otro lado. Al punto de que según dicho autor el fútbol era el único signo de identidad compartido por todos.


Pero aun así cuando Andrujovioc escribió sus artículos no cabía hablar de ruptura entre las dos Ucranias, algo que creía un verdadero anacronismo porque entendía que en el fondo existían muchas más características comunes de lo que se supone. “Ucrania es un único país –concluye- … aunque al mismo tiempo ¡qué diferente puede ser un único país!”. Pero muy consciente de que el caso más emblemático de estas diferencias era ya entonces el de la región de Donbas, completamente rusa y comunistizada, a la que consideraba un verdadero factor de desequilibrio interior, pero “el único problema es encontrar el modo de convencerles a ellos para que se separen”. Parece que al final y con el apoyo descarado de Rusia, decidieron intentar hacerlo.


Muchas de las diferencias de la Ucrania actual han venido como consecuencia de los países bajo cuya férula ha estado dominada -Rusia, Polonia, el Imperio otomano, Austria-Hungría –sobre cuya etapa manifestaba una opinión francamente favorable-, Alemania y al final la poliédrica URSS. Esta alternancia ha repercutido hasta en la toponimia geográfica: así la ciudad que los ucranianos llaman Lviv es, a la vez, Lvov para los rusos, Lwow para los polacos y Lemberg para los alemanes y su ciudad de residencia, llamada Stanislaviw por el gobernador polaco Potocki en honor a su hijo, los soviéticos que ocuparon Galitizia en 1939, la convirtieron en Stanislaw y cuando se dieron cuenta que aludía a un noble polaco, lo quisieron cambiar por Frankó en honor a un escritor ucraniano, aunque como la fonética era parecida al apellido del general español, optaron por denominarla por Ivano Frankisvsk.


Un verdadero rompecabezas que empezó a desmoronarse con la catástrofe de Chernóbyl, celosamente ocultada por las autoridades comunistas y el desmoronamiento de la URSS y que se complicó con la masiva emigración de ucranianos al exterior.


Lo que no llegó a imaginar es que ocurriría lo que al final ha pasado: que la situación se pusiese, como dicen los cubanos “en candela”, cuando el los ucranianos decidieron apostar mayoritariamente por occidente y su gobierno, por integrarse en la OTAN, con el fin de evitar que se la engullese de nuevo el vecino oso ruso (que ya empezó a hacerlo con la ocupación de Crimea). Quizá no fuese más que una anécdota, pero tal como recordaba el autor de “El último territorio”, no hay que olvidar que Sacher Masoch fue originario de esta tierra “lo que le convierte (a Ucrania) en el país creador del masoquismo”. 


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