El feminismo y la salud de las mujeres

Elizabeth Tarrío
Médica del servicio de urgencias canario.

Médica del servicio de urgencias canario.

Para la medicina, históricamente androcéntrica, las mujeres hemos estado siempre en un segundo plano. Las enfermedades y sus tratamientos se han estudiado en los hombres y se han extrapolado estos datos a las mujeres, sin tomar en cuenta las diferencias genéticas, hormonales, anatómicas y fisiológicas entre ambos sexos, que hacen que nos afecten más algunas enfermedades que otras e incluso las mismas de diferente manera.


Por poner un ejemplo, las enfermedades inmunológicas y reumatológicas afectan más a las mujeres y las infecciosas son más letales en los hombres (lo hemos visto recientementecon el COVID).


Otro ejemplo es el infarto al miocardio, que se presenta de manera muy diferente en ambos sexos. Esto muchas veces es pasado por alto, ya que tradicionalmente se describe para su estudio el dolor torácico de origen cardíaco en hombres como lo normal (opresivo y en la región precordial), mientras que a lo que se sale de esa norma se le denomina como dolor torácico “atípico” (molestias, ardor, en región abdominal, mandibular, etc.). Lamentablemente, al ser estas la maneras de presentación más habituales en las mujeres, muchos casos de infarto al miocardio en las mismas son infradiagnosticados y por tanto, no son tratados a tiempo, con las consecuentes secuelas y mortalidad más elevada en el sexo femenino por esta patología debido a un tratamiento tardío. 


La IA puede predecir recaídas de pacientes recuperados de un infarto, según un estudio

Una persona siendo tratada por un infarto /@EP


Aspectos que afectan específicamente a las mujeres desde el punto de vista psicosocial, tales como la violencia machista, los abusos sexuales o la sobrecarga de los cuidados, no son tomados en cuenta por los profesionales de la salud a la hora de evaluar a una mujer que ha sido sometida a ellos. Se precisan de más estudios en este campo.


Los estudios científicos se hacen también mayoritariamente en hombres. Están ausentes las mujeres en las cohortes de investigación de las principales enfermedades. Es en ellos también en quienes se prueban los fármacos y sus efectos. Esto ha llevado a que en muchos casos las mujeres reciban dosis inadecuadas para su fisiología y presenten efectos secundarios que no son tomados en cuenta. Lo hemos visto últimamente con las vacunas para el COVID y la manera en la que afectan al ciclo menstrual, efecto adverso que no se había previsto.


Los métodos diagnósticos y tratamientos específicos para patologías exclusivas del sexo femenino en muchos casos están desactualizados. Enfermedades tales como la endometriosis o el síndrome de ovario poliquístico no se investigan rigurosamente y se diagnostican tardíamente a pesar de que afectan a una gran cantidad de mujeres. Incluso de un órgano de nuestra anatomía como es el clítoris, se ha hecho una descripción detallada muy recientemente y no aparece aún en la mayoría de tratados de anatomía humana.


Las mujeres somos sometidas en muchas ocasiones a procedimientos médicos en los que se menosprecia nuestro dolor. Desde algo tan rutinario como una mamografía, hasta cirugías ginecológicas sin ningún tipo de analgesia o anestesia, en lo que podría calificarse, sin lugar a dudas, como un acto de violencia médica.


El dolor y otros síntomas en mujeres son achacados por muchos profesionales de la medicina a problemas psicológicos, con lo cual no se diagnostican adecuadamente y se tratan con psicofármacos innecesarios, que no resuelven el problema y retrasan el tratamiento adecuado. Además de sumar otra carga negativa, tanto por el diagnóstico errado de un trastorno mental como por los efectos de la medicación. El 85% de los psicofármacos se administran a mujeres.


Mención aparte merece la violencia obstétrica, la misma que los órganos oficiales en España insisten en negar, ocultando una realidad que requiere medidas urgentes para evitar que siga afectando a las madres y a sus criaturas, con sus secuelas correspondientes. Desde la infantilización, la limitación de autonomía, la falta de información y consentimiento acerca de los procedimientos realizados, el intervencionismo y medicalización excesivos e improcedentes, etc., la lista de acciones de los profesionales que podríamos calificar como violencia obstétrica es lamentablemente muy extensa.


A este panorama, injustificable en pleno siglo XXI, se suma ahora el intento por censurar (una vez más) nuestra anatomía y fisiología dentro de la medicina, con la excusa de una mal entendida inclusión y el temor a la acusación de “transfobia”. Procesos tales como la menstruación, el embarazo y el parto, órganos como el útero, los ovarios, la vulva o el hasta hace poco innombrable clítoris, se pretenden desligar de la palabra “mujer”, que nos define. Se están censurando y eliminando de las redes sociales foros de discusión en los que se habla de enfermedades como la endometriosis o el ovario poliquístico. Todo esto supone un retroceso en un campo en el que aún no se ha avanzado lo suficiente como lo es el de la salud de las mujeres.


Estas son solo algunas de las razones por las cuales, a día de hoy, se hace indispensable una visión feminista aplicada al campo de la salud y la ciencia médica en nuestro país.

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