Colau y la reina regente

Joan Ferran

Un buen amigo me cuenta que en Catalunya y España la época clásica -’heroica’- de la política ya no existe. Argumenta que ya no se combate por las ideas, que es el juego de los intereses particulares lo que sostiene la gesticulación de los partidos políticos y no la ideología. Sostiene también, con cierta vehemencia, que eso de la vieja política es un camelo y que, en el mejor de los casos, lo que hay en escena son caras nuevas practicando las políticas de siempre. Los que dijeron nacer para llamar las cosas por su nombre a día de hoy han devenido usuarios empedernidos de la ambigüedad calculada. Mi colega pone como paradigma de este fenómeno a la alcaldesa Ada Colau; una mujer eternamente encogida de hombros cuando se enfrenta a temas de seguridad, patrimonio, economía o uso del espacio público…


Técnica Barcelona: Para compensar los fallos y la falta de cultura de gestión nada mejor que una buena dosis de postureo con barniz republicano y radicalismo democrático. Para muestra un botón: Ada Colau no solo pretende remodelar y modernizar el salón de plenos del ayuntamiento barcelonés sino que, aprovechando la ocasión, propone eliminar del mismo todo símbolo y referencia de carácter monárquico. Cambio de decoración, de cuadros, de nombre y… ¡Adiós Salón de la Reina Regente! Solazándose con la retirada del busto del Rey emérito, y cuatro nombres de calle, se lanza una cortina de humo con la aviesa intención de ocultar los desaciertos del equipo de gobierno municipal.


Desde mi modesto republicanismo sensato opino que la cruzada antimonárquica colauiana va demasiado lejos. Una cosa es la supresión de los vestigios del franquismo y otra muy distinta el intento de borrar episodios y espacios con historias fraguadas en otras épocas. La ciudad ofrece espacios suficientes para homenajear, como se merecen, a tantas personalidades como se quiera. Otros alcaldes glosaron a figuras tan dispares como Francesc Cambó, Angel Pestaña, Karl Marx, Salvador Seguí o Prat de la Riba… Barcelona debe seguir siendo plural, hasta en el callejero.

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