viernes, 22 de febrero de 2019

Asesinato del alma

Mario Polanuer

Al principio los locos eran tratados como iluminados. Se los suponía en contacto directo con los dioses y se atribuía lo incomprensible de su discurso y de su conducta a la falta de entendimiento del común de los mortales.


Más adelante se les consideró endemoniados, víctimas y agentes de la obra del maligno. Se los trataba entonces con miedo, se los quemaba en hogueras y se intentaba su exterminio.


Finalmente, y hasta no hace demasiado tiempo,se les vio como seres imperfectos, subhumanos. Se los expulsaba de la sociedad y se los arrojaba a mazmorras peores que prisiones.


En el siglo 19 empezaron a adquirir, en el mundo occidental, el estatuto de personas con derechos. se los liberó de sus cadenas y se les empezó a cuidar como enfermos


En el 21, como no cambien mucho las cosas y de acuerdo al reduccionismo imperante en lo que a la condición humana, cuyos excesos o extravagancias se resolverán añadiendo, estimulando o bloqueando el neurotransmisor que, según los casos, sobra o falta. Resultado: una normalidad ortopédica, muchas veces peor, para los interesados, que la propia enfermedad.


Siempre hubo quienes vieron en la locura un aspecto de la condición humana y al loco humano, demasiado humano. Intentaron, entonces, aliviar su sufrimiento y reivindicaron que, en consecuencia, debería restituírseles un lugar entre los hombres que respete su particularidad.


Hoy, en la estela de las corrientes imperantes (psiquiatría biológica, medicina basada en la evidencia…) se los pone en la probeta, se los considera (como a todos los hombres) máquinas, y se considera su particularidad como producto de un error genético que determina una disfunción orgánica a nivel de los receptores sinápticos causa y efecto de anomalías cromosómicas que determinan síntomas positivos (alucinaciones y delirios) y/o negativos (retracció, aislamiento, abulia, desinterés por el mundo... ). Estos últimos, por cierto – y así lo admiten los adalides de la psiquiatría biológica –, son muy difíciles, sino imposibles, de distinguir de los efectos secundarios de los fármacos que se emplean para sofocar los primeros.


Eso implica que entre lo que hoy se conoce como tratamiento exitoso –reducción de síntomas hasta su ausencia, comportamiento "normal", conducta "adecuada" sometimiento a las reglas...

– y una mordaza hay demasiado poca distancia.


Y se entiende. Pasa que los locos, cuando están sueltos, dicen cosas que nadie quiere oír y ponen patas arriba todo lo que hay a su alrededor.


En primer lugar subvierten el orden familiar. Cuestionan la unidad de la familia feliz, la romántica idea de un amor indestructible entre padres e hijos y muestran como nuestro sueño americano está haciendo aguas.


Subvierten la idea de que hay una realidad absoluta sobre la que descansar; muestran descarnadamente que la realidad es una construcción tras la cual se esconde lo inabarcable de lo real.

Subvierten, por último, la sumisión al orden dominante que tan bien encarnan los medicamentos.


También sufren, es verdad. Las alucinaciones suelen ser insoportables para quien las padece y, si consiguen una estabilización su realidad es tan distinta de la de los demás que, muchas veces, los condena la soledad.


Los normales comparten, en mayor o menor medida, una realidad.


El mundo del psicótico, en cambio, es el reino de la excepción. No solo es diferente al de los "normales" sino también al de los demás locos.


Al ser así, la locura cuestiona lo establecido: si hay otra realidad posible vacila la firmeza de la propia y es necesario o bien admitir que la realidad es una apariencia, o bien destruir la prueba: a saber, el loco, que es su portavoz.


La aceptación parece imposible.


Véanse si no las múltiples formas de intolerancia que la humanidad ha inventado. Si en algo han sido prolíficos los últimos cien año es en la invención de máquinas de segregación más o menos sofisticadas, fabricando ideales a los que todos deben ajustarse y mil maneras de asfixiar lo diferente, desde el encierro a la expulsión, desde el miedo hasta el amordazamiento, desde la segregación hasta el exterminio.


La psiquiatría, que nació como disciplina cuando Pinel liberó a los locos de sus cadenas, evoluciona de acuerdo con los tiempos.


Su nombre, el que se mantiene desde hace dos siglos, significa, etimológicamente, cuidado del alma.


El alma, más allá de su significación mística, apunta a lo que hace humano al hombre: el núcleo, el eje, lo que sostiene, lo más importante, lo que le hace particular y diferente de los demás. Al excluir el alma de la concepción del aparato psíquico, se borra se ignora, entonces, lo que hace hombre al hombre.


Los tratamientos psicofarmacológicos, subsumidos a protocolos reductibles a algoritmos así lo hacen. El hombre es máquina, su eje son los neurotransmisores, se sostiene en la biología y todo lo que no se somete a lo que arbitrariamente se define como normal es aberración.


La psiquiatría de este estilo no necesita médicos: lo reductible a algoritmos puede ser hecho por un ordenador que seguro lo hará mejor que un humano. Y así son formados nuestros médicos: en todo el curriculum universitario de psiquiatría no se dedica a la relación médico paciente ni una sola línea.


Esto deja el alma en manos de los fármacos, cuyos fabricantes se ocupan de hacer crecer el negocio. 


La relación es proporcionalmente inversa: a menos palabras, más medicamentos.


Por eso los psicóticos vuelven a ser profetas: son los primeros en sufrir el destino que hoy que amenaza el alma de cada uno.


Porque son los primeros en denunciarlo, aunque se intente reducirlos al silencio.


Por eso se los segrega: se mata al mensajero.


Por eso es el problema de las psicosis atañe a todos los hombres.


Por eso se debe reconducir la psiquiatría a su tradición de cuidado del alma y evitar el reino de los asfixiantes y mortificantes protocolos.


Porque si se consuma el asesinato de un alma abre el camino para el asesinato de todas.

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