La infancia, un tiempo para soñar

Román Pérez Burin des Roziers

Nios jugando

James Roe | Flickr


A los niños de hoy les ha tocado una época en la que los adultos que les rodean viven con prisas. La inmediatez y la falta de espera forman parte de nuestra cotidianidad y, por fuerza, de la de ellos.


Hay que hacer muchas cosas, hay que ocupar el día con muchas actividades y ser muy productivos. Los niños han de aprender y adquirir múltiples habilidades que les preparen para el mañana, como si la infancia fuese una especie de introducción a la vida laboral.


Mucha calma para pensar, y tener tiempo para soñar, decía Vinicius de Moraes, quien se definía a sí mismo como poeta y ex-diplomático. De todo ello parece que bien poco queda hoy en día. La calma está en riesgo de extinción; lo que se valora de una respuesta es que sea rápida más que pensada; y el tiempo que aparentemente no se tiene, se dedicaría a cosas más útiles y productivas que soñar.


Pero los niños sueñan, y sueñan despiertos. Usan la imaginación y la fantasía, a ratos viven en ella, y permanentemente con ella. Tienen una función muy significativa en la vida del niño y en la estructuración de su psiquismo. Es un recurso fundamental para la construcción de la realidad y de su ser. Con ella rellena las lagunas de su no saber del mundo, de su historia, de su familia y de las situaciones sociales. La realidad es una construcción que lleva su tiempo y las fantasías juegan un papel importante en ella.


En sus juegos el niño representa situaciones de su vida cotidiana, personajes del medio que le rodea, intentando apropiarse y comprender su significado. Les gusta representar papeles de adultos: madre, padre, maestro, estrellas de la canción o del deporte. En esos momentos son lo que desean ser. También escenifican situaciones fantaseadas, totalmente inventadas, dando rienda suelta a sus anhelos y deseos. Sobre todo a aquellos que la realidad le deniega...


Es este jugar y representar, son estos recursos de la imaginación y del fantaseo los que permiten al niño soportar la existencia de un mundo cuyas reglas y normas habrá de comprender, aceptar e incorporar. Le ayudan a soportar las renuncias a ciertos placeres que las exigencias de la educación y de la socialización conminan a reprimir, así como a la adquisición de unos ideales, todos ellos procesos imprescindibles para el crecimiento y la humanización del niño.


La fantasía también tiene una función de refugio y de recogimiento. Eso que a veces se dice del niño, “que está en su mundo”, un mundo que efectivamente le es propio y le proporciona un oasis respecto a la realidad, un bienestar, una satisfacción. El prototipo de ello es el momento de irse a dormir, cuando está solo en su cama, en un mundo lleno de personas y situaciones que le acompañan, y que le llevará a conciliar el sueño. Y es también un recurso importante que le permite al niño estar solo en otros momentos.


Los niños se han de adaptar a las exigencias parentales, a la organización de la vida cotidiana que incluye unos horarios y unas actividades. Pero también los niños necesitan que sus padres se adecuen a sus necesidades. Poder incluir momentos de jugar juntos, y momentos para que los niños jueguen con sus juguetes, dibujen, incluso para que se aburran. El vacío del aburrimiento es un incentivo para la creación y las ocurrencias, si se les da el tiempo y el espacio para ello.


Entre las prisas de los padres, las ocupaciones de los hijos y los juegos electrónicos, el jugar y el fantasear quedan muy restringidos; incluso dan la impresión de haber caído en la desvalorización y el desprestigio para algunos padres y adultos. Este no es algo intrascendente ni banal. En estos momentos corresponde reivindicar y recordar que no hay sustitución posible al jugar creativo y al fantasear, que son los que permiten al niño ocupar una posición activa frente al mundo que le rodea y frente a su vida interna.


Si hay algo que caracteriza la infancia del siglo XXI son los fenómenos y las manifestaciones relacionados con la hiperactividad y las dificultades de atención. Las tendencias psicológicas imperantes no tienen reparo en clasificarlos como niños trastornados, a los que hay que tratar y medicar, sin atender a los cambios que se han producido en el mundo de la infancia y de la familia. Niños que están hiperestimulados por imágenes y contenidos, y a los que se les exige cumplir con un sinfín de actividades. La lamentable paradoja está en que en lugar de proteger a la infancia de esta vorágine, la tendencia predominante impone diagnosticar trastornos psiquiátricos y medicar a los niños, con el apoyo y el respaldo de las políticas y las autoridades sanitarias y educativas.


Pero hay profesionales y adultos que intervienen en el mundo de la infancia que aún sueñan y que trabajan para conseguir realizar ese sueño. Un sueño en el que los profesionales, las instituciones y las políticas se adecuen a la complejidad y multiplicidad de las características y de las necesidades de la infancia y de la familia actual.

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