miércoles, 17 de julio de 2019

Las instituciones catalanas, el salón de la infancia y los militares

Carmen P. Flores

Ejercito 2

Foto: blog Marc Javierre-Kohan 

Dicen que las sociedades modernas se vuelven más inclusivas, solidarias y abiertas. Eso debe ser la teoría porque la práctica es otra bien distinta. Por ello, los gobernantes en todos sus estadios de las administraciones deberían poner el máximo esfuerzo en recordar y dar ejemplo de que la práctica debe corresponderse con la teoría.


La convivencia entre los distintos estamentos de la sociedad debería ser uno de los objetivos en la lista de prioridades de los que gobiernan. Dejar de lado a cualquiera de ellos trae consigo la exclusión, la marginación, el empobrecimiento de la democracia y los problemas.


Desde hace algunos años, las instituciones catalanas han perdido no sólo el sentido de responsabilidad, igualdad, justicia y equidad sino también el sentido común que lleva a gobernar para todos, piensen como piensen, tengan la profesión que tengan o digan lo que les venga en gana.


Cuando faltan pocas fechas para que comience el Salón de la Infancia, las instituciones como la Generalitat, el ayuntamiento de Barcelona y la Diputación, a través de la Fira, han decidido que, por el artículo de “por mis cojones”, el ejército no esté presente en esta edición. Y lo han hecho con nocturnidad, alevosía, falta de respeto y sin consultar a los niños y jóvenes si están de acuerdo con la decisión. Tanto que hablan ellos de libertad de expresión y de consulta. Alguien dijo: “sé flexible como un junco, no tieso como un ciprés”.


El ejército español desde el año 1982 ha experimentado una transformación muy importante. Los gobiernos socialistas iniciaron la labor de sumisión del estamento militar al poder civil, afrontando la radical transformación de un ejército con vocación interior a un modelo enfocado en la defensa externa. La apertura a la sociedad y la convivencia con ella con una normalidad total han sido uno de los logros socialistas. El gobierno, partidos políticos y los propios militares apostaron por los cambios y no se equivocaron. Sin lugar a dudas, la figura de Narcís Serra como ministro de Defensa y su hombre en la sombra y fiel escudero, Lluís Reverter, fueron figuras clave en la gran transformación del ejército español. Es justo reconocérselo, sin entrar en otros temas.


Si después de tantos años en democracia, con el respeto, que no miedo, que le dispensa al ejército la sociedad, con la gran labor humanitaria que vienen realizando en países en guerra, los mandamases de este país les privan de ese contacto con los niños y jóvenes que les permite conocer en directo lo que hacen fuera y dentro de España, la verdad es que ellos, las tres instituciones, están practicando lo que tantos años se ha criticado. Aquí todos tienen obligaciones, pero también derechos que hay que respetar. Acciones discriminatorias no pueden permitirse. La uniformidad no hace ningún bien a la democracia que está empezado a constiparse después de tantas corrientes de aire a la que la están exponiendo. 

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