​¿Quienes son los Reyes?

Román Pérez Burin des Roziers

Reyesmagos 2


Es conmovedor, y al mismo tiempo significativo, escuchar hablar a los niños del proceso de acceso a la revelación de quienes son los Reyes Magos. Esos reyes que ya en su propio nombre dejan ver su condición de mágicos, a diferencia del Caga Tío y el Papa Noel, que no por ello son menos mágicos.


Es este un proceso por el que han pasado los niños de distintas épocas, como también lo pasaron los padres en su infancia, y que ahora les toca vivir desde el otro lado con sus hijos. Pero la época actual parece tener algunas particularidades, como es que se celebran las tres festividades, se regalan más cosas, y se posterga la edad de acceso a la verdad sobre quiénes son los Reyes. No deja de ser llamativo que se retrase la edad de la revelación en una época en la que los niños acceden a informaciones, conocimientos y experiencias a edades cada vez más precoces...


Niños y niñas van haciendo descubrimientos, acumulando evidencias y usando la lógica que les lleva a poner en duda esto tan mágico y fantástico que hasta entonces tenían por cierto. Las averiguaciones realizadas, los indicios observados, el conocimiento general del mundo acerca al niño a una conclusión que requerirá de la confirmación parental.


De la mano de sus padres acceden a un saber que marca un antes y un después en su infancia. Es una adquisición propia del crecimiento del niño, que como tantas otras implican alguna pérdida, dejar algo atrás. Tiene una vertiente dolorosa para el niño y en parte para sus padres-este es un precio a pagar- pero también es un logro, un enriquecimiento. Es un paso que le sitúa como “niño grande”, a diferencia de los niños pequeños y crédulos de los que ya no forma parte. Pero mucho tiempo antes de llegar a ser niño grande por este saber, sus padres y sus maestros ya le venían recalcando y reclamando que fuese autónomo en su funcionamiento y cumplidor con las exigencias familiares y escolares porque ya no era un niño pequeño. Volviendo al descubrimiento, este no comporta el final de las navidades en la infancia sino el paso de su carácter mágico a el llamado espíritu navideño, tal como en mayor o menor grado está presente en adolescentes y adultos.


Lo mágico forma parte de la infancia, de la primera infancia. La magia de crear el mundo, de representárselo a su manera, de proyectar lo interno teñido de fantasía e imaginación al exterior sin poder distinguir con claridad lo propio de lo externo. La magia de creer que el mundo y las personas que les rodean responden a sus deseos íntimos, tanto a los amorosos como a los destructivos, con los consecuentes efectos de satisfacción, frustración, temor,… Cuando construya la distinción entre la propia subjetividad y la existencia del otro, cuando construya la distinción entre el mundo de los deseos y el mundo que le rodea (que se rige por otros principios que no son sus deseos), entonces será cuando la primera infancia toque a su fin. Y es una construcción que fundamentalmente se realiza en el marco de los vínculos familiares. A pesar de no ser algo que suceda por pura maduración (como es el caso de la salida de los dientes) o cronología, podríamos situar este final de la primera infancia sobre los 6 años de edad, a modo de referencia temporal relativa.


Retomando con la necesidad de que los padres confirmen los descubrimientos realizados por el niño sobre los Reyes Magos, es justamente en este punto en el que aparece con frecuencia una postergación, una dilación. Como si se intentara evitar así los aspectos dolorosos y frustrantes que ello pueda tener para el niño, como si le fueran a dañar. Pero también como si los propios padres no pudiesen soportar ser los agentes de ese dolor, de esa frustración. Es esta una posición que refleja una tendencia en la que se encuentran algunos padres, y que se repite en otros aspectos y ámbitos del vínculo con el niño. Es una posición desde la que se considera que el niño no se ha de frustrar ni ha de estar insatisfecho, que ha de ser feliz constantemente. Además del carácter sobreprotector que comporta, esta posición coloca al niño en el lugar del rey de la casa. No es extraño que esto tenga ramificaciones en el ámbito escolar en forma de exigencias al maestro, con el trasfondo de desautorización que ello implica.


Es una posición que poco quiere saber de la función de límite y contención propia de las funciones parentales. Una posición en la que se evita e incluso se rechaza hacer intervenciones que marquen al hijo de alguna manera. Marcas como las que se producen cuando los padres hacen su función al confirmar la conclusión de que los Reyes son los padres. Marcas que también se han de producir en otros aspectos de su vida para que le permitan saber al hijo que él o ella tampoco es el rey de la casa. Ni del mundo.




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