sábado, 18 de septiembre de 2021

​El señor Mas y la tradición del odio

Miquel Escudero

Abansdelsisdoctubre


Sigamos con Abans del sis d’octubre. En julio de 1934, Amadeu Hurtado hablaba de acabar con “un estado aparente de conflicto que, visto por dentro, es un verdadero juego de criaturas”, la expresión sintomática de una desbordada emotividad. Concluyó aquellas notas unos dos meses después, asumiendo que los destinos ignorados de Catalunya acaso no pasarían de “la raya que en la historia pasada marcó el límite, tenue y fugaz, de un sueño de grandeza”. Hurtado hablaba del buen señor Mas, vecino suyo de Vallvidrera, a quien un hijo que vivía en Madrid le contaba por carta cómo unos obreros habían apedreado a unos payeses catalanes, a plena luz del día. Mas tenía siempre a mano la segura explicación de que los madrileños, obreros o no, odiaban a los catalanes. Amadeu Hurtado señalaba que “la opinión del señor Mas tiene importancia porque refleja con ingenuidad el pensamiento de una gran masa catalana”. 


Poco nos hemos movido desde entonces. Y aludía a que “la malicia congénita del buen catalán medio” agregaba su salsa al suceso con “el tradicional odio que nos tienen los castellanos”. No había lugar a duda alguna. Pero había sido “un modo de lanzarse a una protesta violenta contra unos catalanes sin pensar, poco ni mucho”, si podían o no sentirse satisfechos de otros catalanes. Y el catalanista heterodoxo que era Hurtado recalcaba que este modo de pensar del señor Mas “planea todavía encima de todos”: al amparo de una refriega entre derechas e izquierdas, el gusto de apedrear a unos catalanes merecía la unánime simpatía de los castellanos. ‘No nos pueden ver’.


Esta instalación mental es clave para percibir con serio error lo que está pasando delante de cada uno, y abonar una visión desviada: algo, decía, que “puede explicar y explica que los partidos de izquierda de Catalunya no hayan tenido ningún escrúpulo en encender el conflicto de la ley de cultivos contra la República española”. Coincidían así secretamente con la gente de la Lliga que propagaba por doquier que la República, a pesar del reconocimiento de la autonomía, odiaba a los catalanes tanto o más que la Monarquía. “Con el espíritu débil de un perseguido”, Catalunya, diagnosticaba Hurtado, no encuentra la necesaria fuerza interior y “se complace en el papel de desvalido que tiene en el sufrimiento, real o imaginario, el motivo de la protesta eterna, sin la cual la vida le resulta sin objeto”. Parlem-ne. 

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