Recuperadas 474 obras del industrial Muñoz Ramonet que ocultaban sus hijas y nietos

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La Guardia Civil recupera 474 obras desaparecidas del legado de Muñoz Ramonet



La Guardia Civil ha recuperado 474 obras que estaban desaparecidas de la colección del industrial Julio Muñoz Ramonet legadas al Ayuntamiento de Barcelona, y que tenían guardadas en sus domicilios y en almacenes las cuatro hijas de Muñoz Ramonet y dos nietos.


El teniente de alcalde de Cultura de Barcelona, Joan Subirats; el teniente del Grupo de Patrimonio Histórico de la UCO, Juan José Águila, y el abogado de la Fundación Muñoz Ramonet, Marc Molins han explicado la situación en una rueda de prensa ante los medios este viernes.


Investigadores de la Unidad Central Operativa (UCO) han confiscado un total de 376 pinturas y dibujos, 87 miniaturas, cuatro esculturas, cuatro marfiles y tres tapices, entre los que destacan piezas de Marià Fortuny y Eugenio Lucas y retablos góticos, entre otros.





Las obras se han recuperado en una operación de la Guardia Civil coordinada y dirigida por el juzgado número 29 de Barcelona, que instruye la causa penal interpuesta en 2014 por la Fundación Julio Muñoz Ramonet contra las hijas del empresario.


Águila ha explicado que el pasado febrero se hizo una primera incautación de obras de arte tras ser localizadas a través de empresas de transporte y de almacenaje especializadas y, en una segunda operación, se requisaron nuevas obras en los domicilios de los investigados.


"Las obras están en distintos puntos bajo custodia jurisdiccional", ha añadido Águila, y mientras algunas permanecen en los almacenes donde se han encontrado, las que estaban en los domicilios de los investigados se han trasladado al Mueso del Prado y al Reina Sofía.


INVENTARIOS ENCONTRADOS
Además, en estos registros se localizaron inventarios, seguros económicos de las obras y distintos documentos para la investigación, aunque ha recordado que aún queda una amplia seria de obras por localizar, "paradójicamente las más valiosas e importantes" entre las reclamadas.


Esta ausencia está integrada por cerca de 50 pinturas y dibujos, siete esculturas, 173 miniaturas y 13 marfiles, entre las que hay tablas góticas, pinturas renacentistas y barrocas, y dibujos de Fortuny, entre otros.


Vila ha subrayado que los inventarios encontrados han puesto "luz" sobre la cuantía y la descripción de las obras que formaban parte de este legado, que hasta ahora se desconocía, por lo que algunas de las obras confiscadas podrían no formar parte de la colección.


LITIGIO JUDICIAL
Tras un litigio judicial, el Tribunal Supremo confirmó la sentencia que la Audiencia de Barcelona dictó el 30 de enero de 2009, ratificando así que el legado del industrial Julio Muñoz Ramonet pertenece al Ayuntamiento de la capital catalana.



Greco



Muñoz Ramonet, que murió en 1991 en Suiza, dejó a la ciudad dos fincas --y todo su contenido--, ubicadas en las calles Muntaner 282 y Porvenir 26, y entre los bienes figuran 'La virgen del Pilar' de Goya y 'La anunciación' de El Greco.


QUIÉN ERA JULIO MUÑOZ RAMONET


Julio Muñoz Ramonet (1912-1991) fue un empresario barcelonés dedicado a la producción e importación de algodón. De origen humilde, consiguió su riqueza gracias al estraperlo en los años 40 y, junto a su hermano Álvaro, compró en 1945 la finca de la calle Muntaner 282-290, entre las calles Marià Cubí y Avenir de Barcelona. El edificio, el Palau del Marquès d’Alella, fue encargado a principios del siglo XX al arquitecto Enric Sagnier por Camil Fabra i Fontanills, alcalde de la ciudad en 1893, primer marqués de Alella y destacado empresario textil (Societat Industrial de Filats Fabra i Coats). 





Los hermanos Muñoz compraron el palacio a las propietarias, las nietas de Fabra, por cuatro millones de las antiguas pesetas. El legado de Julio Muñoz incluye también el palacio contiguo (Avenir 26-28), que fue la residencia de su madre, Florinda Ramonet, sobrina del propietario de los famosos almacenes El Barato, y de soltera Florinda Sindreu.


Muñoz Ramonet consiguió su colección de arte cuando adquirió La Unión Industrial Algodonera, una concentración de catorce fábricas catalanas de algodón, creada en 1929. Uno de sus doce fundadores, Ròmul Bosch i Catarineu, aportó en 1934 su colección de pintura, una de las más importantes del país, como garantía de un préstamo de cuatro millones de pesetas que el ICAF (Institut Contra l’Atur Forçós, de la Generalitat de Catalunya) había concedido a su grupo empresarial, la Unión Industrial, y que se comprometió a pagar en diez años. El precio de la colección se fijó en cuatro millones, a pagar en diez años; hoy se habla de un valor de treinta mil millones (1). Fue entonces cuando la colección de Bosch i Catarineu quedó en depósito en diferentes museos de Barcelona – entre ellos el Museu d’Art de Catalunya, antecedente del actual MNAC; el Museo de Arqueología y el de Artes Decorativas.


Julio Muñoz pagó el crédito de 1934 a través de la venta o donación de la propiedad de parte de las obras depositadas. De esta manera pasó a poseer una colección con obras de grandes pintores, tanto españoles (Berruguete, Velázquez, Ribera, Carreño de Miranda, Murillo, Viladomat, Goya, Zurbarán, Sorolla, Fortuny, Casas, Urgell, etc.) como europeos (El Greco, Grünewald, Botticelli, Rafael, Rembrandt, Tiépolo, Tiziano, Mengs, Monet, Corot, Delacroix, Renoir o Gainsborough, entre otros).


Según el Registro de Adquisiciones de 1968, al legado de Ramonet, no solo se fue añadiendo casas, un entramado de empresas y varios Rolls Royce, sino numerosas obras de arte. Unas 500 en total. Pertenecían todas a la colección Bosch i Catarineu, que adquirió de rebote al comprar la Unión Textil Algodonera. Al parecer, eran pinturas al óleo, retablos y grabados de diferentes escuelas. 


Podían verse por todo el palacete, pero más que responder a una determinada sensibilidad estética, aquellas obras tenían sentido única y exclusivamente como inversión. 


Desde la década de los años 40 los hermanos Muñoz Ramonet crearon un enorme imperio económico en Barcelona: compraron establecimientos destacados de la ciudad como el Palau Robert y el Hotel Ritz, o los almacenes El Siglo y El Águila; además de fundar numerosas empresas, como la Compañía Internacional de Seguros (CIS), Comar Sociedad Anónima, o la Compañía Internacional del Corcho, entre otras. Sin duda, también resultó muy beneficioso para el empresario su matrimonio con Carmen Villalonga de Jáudenes, hija de Ignacio Villalonga, presidente del Banco de Valencia, y del Banco Central entre 1943 hasta 1970.



A pesar de su “prometedora” trayectoria, muy beneficiada por el régimen franquista y su suegro banquero, a mediados de la década de los 80 y tras la separación de su esposa, Julio Muñoz fue acusado de estafa y falsedad documental a raíz de la crisis de la Compañía Internacional de Seguros y la quiebra de los almacenes El Siglo. El empresario huyó a Suiza en 1986 para esquivar sus causas pendientes con la justicia española, ya que se enfrentaba a la petición fiscal de diez años de cárcel y al joven juez Baltasar Garzón.


En Suiza vivió Julio Muñoz hasta su muerte, en el Hotel Quellenhof, en Bad Ragaz (cantón de Saint Gallen) el 9 de mayo de 1991; después fue trasladado a Barcelona y enterrado en su gran panteón familiar del cementerio de Monjuïc




Las cuatro hijas de Julio Muñoz -Carmen, Isabel, Helena y Alejandra Muñoz Villalonga- descubrieron que su padre había otorgado un testamento en Suiza, que ellas desconocían, en abril de 1988. En este documento, redactado en alemán, el empresario lega los palacios de las calles Muntaner y Avenir, y todo su contenido, a la ciudad de Barcelona. La única condición impuesta era que el ayuntamiento de la ciudad velara por el mantenimiento, la conservación y la difusión de los edificios y su colección, mediante la creación de una fundación que llevara su nombre y en la que estuviera presente el consistorio como patrono. Las cuatro hermanas ocultaron durante años al Ayuntamiento de Barcelona la existencia del documento y el legado del empresario a favor de la ciudad.


Según las hijas, la herencia de su padre pertenecía en realidad a una de sus empresas, Culturarte, de la que ellas aseguran que eran accionistas desde poco antes de la muerte de su padre. En abril de 1991 se llevó a cabo en la empresa, de la que su padre era el único accionista, una ampliación de capital social de 150.000 euros a 1,2 millones de euros mediante la emisión de nuevas acciones que suscribieron tres de las hermanas, una operación que se realizó un mes antes de fallecer su padre .


Pasaron casi cuatro años desde la muerte de Julio Muñoz hasta que el Ayuntamiento de Barcelona tuvo noticia de su testamento. En 1994 Bernd Walter, un antiguo colaborador de Muñoz, envió una carta desde Röthenbach a Pasqual Maragall, entonces alcalde de la ciudad, en la que le explicaba en qué consistía el legado que Barcelona había recibido y del que la ciudad no tenía todavía ninguna noticia. 


El consistorio no hizo demasiado caso a este sorprendente anuncio, hasta que Walter volvió a insistir en 1995, enviando esta vez una copia al diario El País: Walter estaba disgustado porque las hijas no le devolvían un préstamo de 15.600 euros que él había hecho años atrás al financiero . 

Finalmente, el ayuntamiento creó ese mismo año la Fundación Julio Muñoz Ramonet, de carácter privado, y decidió reclamar la herencia.


20 AÑOS DE LITIGIOS ENTRE LAS HEREDERAS Y EL AYUNTAMIENTO DE BARCELONA


Las hermanas Muñoz Villalonga se enfrentaron al Ayuntamiento por la propiedad de los edificios y la colección de arte que contenían, cuyos detalles no se especificaban en el testamento. Las hijas de Julio presentaron una demanda de nulidad del testamento en el tribunal de Landquart (Suiza), argumentando que estaba redactado en alemán, idioma que su padre no conocía. En contra de lo que ellas esperaban, en mayo de 2001 la justicia suiza declaró válido el testamento, basándose en que se tradujo al francés, lengua que el empresario barcelonés sí dominaba.


Unos años después, la Fundación Julio Muñoz Ramonet, beneficiaria del legado, interpuso una demanda de reclamación en el Juzgado de Primera Instancia núm. 1 de Barcelona. La sentencia confirmó por segunda vez la validez del testamento de Julio Muñoz, y además obligaba a sus hijas a entregar las obras incluidas en la herencia a la Fundación, o a pagar las piezas con el dinero de la herencia o con su propio patrimonio. 


El punto más interesante de esta sentencia es que prueba que en los años posteriores a la muerte de su padre, las hermanas Muñoz aprovecharon para hacer desaparecer muchas de las grandes obras de la colección. Los documentos desvelaron que, en octubre de 1991 suscribieron, a través de la empresa Culturarte, una póliza de seguros con la empresa Zurich por valor de 1,8 millones €, para cubrir el traslado de 325 obras desde Barcelona a un palacete de la calle Villanueva de Madrid. 


Igualmente contrataron los servicios de la experta norteamericana en arte Lori Gross para asesorar en la elección de las obras, planificar el traslado al palacete de Villanueva número 18 desde Barcelona, y una vez en Madrid supervisar su desembalaje, tal y como quedó reflejado en una factura por la que se le pagó por todo este trabajo 300.000 pesetas (1.800 euros) en febrero de 1992 . Un mes más tarde, en noviembre de 1991, las hermanas aseguraron la colección trasladada al palacete por 21 millones €.



PALACETE




Como era de esperar, las hijas de Muñoz Ramonet recurrieron esta sentencia desfavorable en la Audiencia Provincial de Barcelona, que en febrero de 2009 dio de nuevo la razón al consistorio, declarando que la ciudad era la titular del legado. Las herederas presentaron un recurso de casación ante el Tribunal Supremo, que en marzo de 2012 confirmó que Barcelona es la propietaria de los edificios y la colección de arte que contenían en 1991, momento de la muerte de Julio Muñoz. Entonces sí, y en cumplimiento de esta sentencia del Supremo, las hijas entregaron las llaves de las fincas al Tribunal. En julio de 2013, los técnicos del Ayuntamiento pudieron acceder por primera vez a los dos palacios.


La mala noticia es que las obras maestras, que habían dado gran fama a la colección original del industrial, no estaban ahí. Los técnicos no encontraron ni rastro de las obras de los grandes pintores que formaban la colección. Sabemos que entre las obras había esculturas, tapices, jarrones de Sèvres, 1.300 miniaturas y más de 700 cuadros firmados por Fortuny (26), Goya (18), El Greco (12), Anglada Camarasa, Martí Alsina, Sorolla (7 obras de cada uno), Nonell, Rembrandt (4), Murillo, Casas, Madrazo, Winterhalter y Zurbarán (3), Mengs, Monet, Pantoja de la Cruz y Rafael (2), (…) seguido de un gran número de autores con una sola obra, como Berruguete, Carreño de Miranda, Corot, Delacroix, Giordano, Meléndez, Renoir, Ribalta, Tiepolo, Tiziano, Vayreda, Velázquez, Veronese, Zuloaga, el mismísimo Boticelli o el poco prolífico Grünewald que aportaba la obra más cara: un boceto de las tentaciones de San Antonio valorado en 1 millón de euros .


En su lugar se encontraron obras de los siglos XIX y XX, de mucho menos valor. Entre los autores: Jordi Curos, con más de cien obras, Jordi Rollàn (22), Arcadi Orpí (84), Michelle Broeders (14) o Joan Josep Garí (41). El informe califica el conjunto de “irregular” ya que las obras no “parecen haber estado escogidas por criterios de excelencia o rareza que tendría en cuenta un coleccionista auténtico, sino seguramente con un afán meramente decorativo, y en algunos casos determinados, de relación personal con sus autores.



HURTOS





Ante la desaparición de lo mejor de la colección de arte y la nula colaboración de las herederas, el Ayuntamiento de Barcelona optó por la vía penal, y presentó una querella criminal contra ellas por apropiación indebida de, al menos los 672 objetos artísticos, y por estafa procesal, ya que intentaron hacer creer que el legado pertenecía a Culturarte y que ellas eran sus representantes. 





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