Wolf Wondratschek: “Si llego a tener más de cinco lectores de mi novela creo que he cometido un error”

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El escritor alemán Wolf Wondratschek ha venido a Barcelona para presentar en el Instituto Goethe su novela “Autorretrato con piano ruso” (Anagrama) Silvia Sesé, su editora española, subrayó que, a pesar de su extensa actividad literaria, que se ha desarrollado no solo en el ámbito de la narrativa, sino también en el de la poesía, amén de en teatro, periodismo y radio, es un autor poco conocido en los mercados en lengua española. Algo muy cierto porque, consultados los catálogos de las bibliotecas públicas, solo hemos encontrado editadas en español “Cartas de Kelly” y “Mara”, además de la obra que ahora nos ocupa. De ahí el interés de conocer a este autor longevo -en agosto cumplirá 77 años- que vino a explicar el origen de esta su última obra, aunque en realidad impartió una verdadera lección sobre la exigencia que comporta el ejercicio del oficio de escritor.


Piano ruso


Sesé describió “Autorretrato con piano ruso” como una novela de amor y duelo y como una obra atemporal que recoge la tradición de numerosos autores en la que se plantea, entre otros muchos temas, “la necesidad del silencio”, algo que Wondratschek refrendó más tarde cuando confesó la irritación que le escribía el público de conciertos de Viena -ciudad en la que ha vivido- porque, antes de escuchar los últimos compases de una pieza de Schubert, interrumpe con sus aplausos.


Esta obra surgió como consecuencia de su deseo de grabar con voz un poema del autor ruso estadounidense y premio Nobel Joseph Brodsky. A través de una profesora judía nacida en Odesa, localizó en Viena a cierto personaje con el que le costó quedar. “Al final nos encontramos en la pizzería ”La góndola” y por su apariencia me pareció un sintecho. Cuando le propuse grabar un fragmento del poema, respondió con “No” que me dejó estupefacto, aunque a continuación añadió “¿y por qué no grabarlo todo entero?”. Así fue, y en medio de la algarabía del local, entre camareros que circulaban llevando platos con pizzas y botellas de chianti, leyó impertérrito ese poema de treinta páginas “mientras yo advertía en su rostro la grandeza de Rusia y de su Siberia natal”.


Prosigue diciendo que “no tenía un plan preconcebido más allá de la fascinación por ese personaje al que amenacé con que escribiría un libro sobre él. De este modo surgió la primera versión de mi nuevo libro y para ello tuve que encontrarle un nombre imaginario que resultó ser el de Yuri Suvorin. Debo añadir que en realidad la novela no salió del poema de Brodsky, sino de la “Gran elegía” de John Donne, un poeta metafísico inglés del siglo XVII”.


Wolf Wondratschek explicó su metodología de trabajo y, sobre todo, lo que pudiéramos denominar los principios de ética literaria que le inspiran. “Mi autoexigencia es tan alta que tiene que valer la pena dedicar dos años para escribir un libro. Quiero ponerme a la misma altura que el pianista que ejecuta una obra de Schubert”. Reveló que cuando empieza a escribir al atardecer no es demasiado dueño de lo que hace porque está “algo intoxicado” y se empeña en buscar las capas más subterráneas de la escritura, dado que “el autor debe ir más allá de lo que sabe, no debe relacionarse con propio talento con la mentalidad del funcionario público”. Reveló que es capaz de telefonear a un amigo a altas horas de la madrugada para recitarle una frase que cree que le ha salido redonda.


Relató que, en su próxima novela, “Homero, dante y la cocinera” hay un momento en que los personajes quedan envueltos por una espesa niebla. “Me propuse la dificilísima tarea de evitar todos los estereotipos que pudieran utilizarse en su descripción. Esa es justamente mi tarea, porque una obra sólo vale en la medida que constituye un desafío para el propio autor”. Cuando le piden una colaboración periodística se informa, en primer lugar, de los honorarios y, si estos resultan razonables, pregunta el tema. No se asusta por nada. “La empresa automovilística Porsche me pidió un artículo sobre la velocidad y en otra ocasión una revista me solicitó un texto para acompañar las fotos de un plato de espaguetis con ajo y albahaca. ¡Esos son los retos que me ponen a tope! En definitiva, ¡que hay mucha gente que escribe bien, pero muy pocos que saben escribir muy bien”.


Cuenta con resignación que, antes de nuestro encuentro, se había paseado por Barcelona y entrado en una librería. “Busqué entre montones de «best sellers» si había una obra mía, pero no encontré ninguna. Tampoco en los rincones más recónditos donde se guardaban los libros de autores extranjeros”. Reconoce que, cuando se publicó en Alemania, se le reprochó que el lector no sabe quién es el personaje que está hablando en cada momento, algo que es deliberado. “Como ya hizo James Joyce, nunca pongo lo que dice alguien entre comillas”, aunque Sesé aclaró: “confiamos en la inteligencia de los lectores porque los que la conocen han hecho de ella comentarios entusiastas”.


Wolf Wondratschek concluye: “me pregunto a mí mismo si se lo he puesto muy difícil a los lectores para entender lo que he escrito y le digo a mi editor que si llego a tener más de cinco lectores habré cometido un error”. Y añade: “hay una distancia muy pequeña entre la arrogancia y la necesidad de salvar tu alma”. Reconozco humildemente que no me encuentro entre los cinco lectores a los que ha aludido el ilustre autor alemán.

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