Exceso de mortalidad y antivacunas

Genís Carrasco
Médico y escritor

Al comparar la mortalidad acumulada pre-pandemia (2016-2019) y la actual, en la mayoría de los países de Europa se registra un exceso de mortalidad inexplicable. La tasa de mortalidad, disparada por la pandemia de SARS-CoV-2 que nos sorprendió a todos en marzo de 2020, no ha vuelto a niveles de 2019 aunque ya han pasado más de dos años desde el punto álgido de la pandemia. Dos años, seis meses y cuatro dosis de la vacuna después (para los colectivos más vulnerables) por el momento la tasa de mortalidad en España ha crecido un 16%. Sin causa única y definida.

 

El exceso de defunciones de este año, al que apuntan las estimaciones, deberá confirmarse todavía, pero ya hay consenso en que superará registros anteriores. El aumento de muertes de origen indeterminado podría ser de miles de personas. Se trata sólo de estimaciones, cuyos datos no se confirmarán hasta dentro de unos meses, pero el Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), gestionado por el Centro Nacional de Epidemiología del Instituto de Salud Carlos III, y otros expertos de la comunidad científica ya buscan explicaciones.

 

Y como no podría ser de otra forma, al lobby antivacunas le ha faltado tiempo para intoxicar las redes sociales con afirmaciones alocadas y apocalípticas sosteniendo que la causa del exceso de mortalidad son las vacunas. Otra falacia “post-hoc” (afirmar que un evento es la causa de un evento posterior simplemente porque ocurrió antes) del tipo que el colectivo negacionista nos tiene acostumbrados.

 

El problema es bastante importante y complejo. Merece un análisis preliminar riguroso de los datos disponibles.

 

Las vacunas no parecen la causa

Si las vacunas fueran la causa, el exceso de mortalidad acumulado sería homogéneo en Europa, un continente masivamente vacunado, y no es así, ni mucho menos. Por ejemplo, Irlanda con una tasa de vacunación del 89% (superior a la de España) registra una tasa de mortalidad un 7% inferior a la prepandémica, mientras que Estonia con sólo el 60% de la población inmunizada tiene un exceso de mortalidad similar al español. Además, según cifras del Sistema de Notificación de Reacciones Adversas a las Vacunas (VAERS) de Estados Unidos, después de administrar más de 318 millones de dosis de las vacunas contra el COVID-19 sólo se recibieron 479 notificaciones de casos de muerte entre personas que recibieron la vacuna frente al COVID-19. Esto es el 0.0017% de defunciones relacionables con la vacuna. No parece que las causas del exceso de mortalidad vayan por ahí, ni mucho menos.

 

Otros sospechosos: el cambio climático y el envejecimiento de la población

Otro de los posibles sospechosos son las sucesivas oleadas de calor que hemos experimentado, dado que el calor extremo suele matar a personas muy vulnerables, generalmente mayores de 80 años. Efectivamente, el mayor aumento de mortalidad lo han experimentado los nonagenarios. El Instituto de Salud Carlos III estima que de los 19.822 decesos más de los esperados que se han producido en España desde el pasado 1 de junio, 4.601 son atribuibles al calor, y tuvieron lugar, mayoritariamente, en julio. Esto explicaría una fracción del exceso, pero no todo.

 

El envejecimiento de la población también puede estar implicado, aunque no como causa directa. España registró en 2022 un nuevo máximo de envejecimiento, contabilizando a 133 personas mayores de 64 años por cada 100 menores de 16, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística. Sin embargo, nuestro país está por debajo de la media de Europa en cuanto a muertes por esta causa (19,2% frente al 20,2% en la UE). Tampoco parece estar entre los principales culpables.

 

Deterioro del sistema sanitario postpandemia: el principal sospechoso

En España tenemos una larga expectativa de vida y una gran población de pacientes crónicos que han sufrido los efectos de la pandemia en la Atención Sanitaria. Los retrasos en los diagnósticos, en los tratamientos y la falta de personal sanitario han trastornado el normal funcionamiento de un sistema que tampoco gozaba de buena salud antes de que tuviera que lidiar con la emergencia sanitaria. No hemos recuperado todavía el impacto de la pandemia sobre la atención a las enfermedades crónicas y el cáncer. Porque durante las primeras oleadas pandémicas se diagnosticaron aproximadamente entre un 35% y un 40% menos de enfermedades cardiovasculares, diabetes y enfermedades renales crónicas. La reducción diagnóstica y terapéutica fue aún más pronunciada, de entre el 40% y el 50%, en la enfermedad pulmonar obstructiva crónica y el diagnóstico del cáncer. Los efectos de esta insuficiente atención se prolongarían muchos meses después de superar el punto álgido de la pandemia. La falta de voluntad de los políticos para aportar recursos materiales y humanos suficientes explicaría este factor que parece tener mucho peso en la ecuación explicativa del exceso de mortalidad acumulado.

 

Los certificados de defunción y las historias clínicas del SNS son la clave para averiguar las causas

A la espera de los datos de mortalidad definitivos y desagregados, sólo podemos hacer hipótesis sobre las causas. Mientras se elabora el análisis, los responsables sanitarios disponen de herramientas menos lentas y costosas que el estudio de todos los casos. Por ejemplo, se podría realizar un muestreo aleatorio de un número significativo de certificados de defunción y cruzar los datos con los de sus historias clínicas del SNS. Un comité de expertos analizaría si la muerte se ha producido por retraso en el tratamiento de una patología crónica, en el diagnóstico de un cáncer o cualquier otra causa. Los resultados no serían concluyentes, pero sí relevantes para empezar a dar respuestas a una Sociedad que comienza a estar alarmada.

Si como creo, las causas son múltiples, pero con gran peso del deterioro del Sistema Sanitario post-pandémico, los responsables políticos deberían facilitar más recursos y tratar a los profesionales sanitarios con el respeto y la gratitud que merecen.

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