El Picacho de los Españoles

José Luis Meneses

Si comparamos su altura con la de la Pica d’Estats, la cima más alta de Catalunya (3.103 m) o con la del Everest, entre Nepal y China (8.848 m), el Picacho de los Españoles, en el Finisterre de la Bretaña Francesa, no supera los 70 m de altura. Pese a su menor estatura, supera a las anteriores en el número de obleas que se dieron en su cima. Eso sucedió en el siglo XV, durante las Guerras de Religión en Francia entre católicos y hugonotes (protestantes), aunque se siguieron dando muchos años después, por lo menos, hasta la IIª Guerra Mundial. Para calmar los ánimos, nuestros monarcas de turno enviaron al capitán Paredes, que no era precisamente el Capitán Trueno, a posicionarse en la plaza. Con la ayuda de un reducido número de ibéricos de pura cepa, construyó un fuerte y las defensas que debían controlar la Bahía de Brest, en la península de Crozon.
 

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Bahía de Brest desde el Pinacho de los Españoles. Fotografía: J.L. Meneses

 

Una flota de casi seis mil ingleses y franceses dejaron a los españoles en posición supina y solo salvaron su vida algo más de una docena de los cuatrocientos atrincherados. Recorriendo el lugar encuentras unos letreros que, bajo el título: “Juego de los niños y los fuertes” ponen a las criaturas al corriente de los sucesos acaecidos. En el juego número 7, puede leerse que el Pinacho de los Españoles y el Estrecho de Brest fueron puntos de gran valor estratégico para la protección de las bases militares de la región. Como en otros momentos de la historia y por descontado en los actuales, la ambición de poder está presente en todos los conflictos ya sea en las Guerras de Religión del siglo XV en Francia o en las vigentes: Rusia invadiendo Ucrania; Afganistan, imponiendo el régimen político-religioso talibán; Yemen, con miles de muertos y desplazados; Israel y Palestina, por el control del territorio; Etiopía, con la limpieza étnica…, suma y sigue. ¡Que Dios nos coja confesados el día que se apaguen las luces del firmamento!

 

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Fuerte de los Españoles. Fotografía: J.L. Meneses

 

Obviamente, el pinacho y el fuerte no fueron los únicos lugares que motivaron el viaje a Francia, por cierto, cada día más coqueta y acicalada, sino que fueron los numerosos atractivos de la región y otros personales nada desdeñables, quienes influyeron en la decisión de este viaje-estancia. En la pequeña aldea de San Fiacre, estilo bretón, quedó establecido el cuartel general y, durante algo más de un frío, lluvioso y ventoso mes de enero  y hasta mediados de febrero, recorrimos la zona verso a verso, palmo a palmo. Dicho sea de paso, allí, en la casa de los porticones azules y junto a un fuego que estimulaba los ententes en mi sesera, escribí una buena parte de la novela “El laberinto de las especies”. ¡Menuda novelaza! Fue en ese palmo a palmo por los alrededores lo que me ayudo a forjar, letra a letra, esta novela de ficción cuya lectura recomiendo encarecidamente, sobre todo si leyeron “Ciriaco”.

 

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La casa de los porticones azules de Saint Fiacre. Fotografía: J.L. Meneses

 

 El recuerdo del libro me lleva, sin pausas ni prisas, por el corto y solitario camino hasta Rostellec, una aldea venida a menos con el paso de los años por la que pasaron lubinas y sardinas, ostras, langostas y vieiras que los pescadores vendían en Brest. Un molino de viento, la cantera, un horno de cal y unos astilleros, te cuentan la vida de aquellos años jugosos del siglo XIX. Hoy duermen el sueño eterno como las barcas que yacen sobre la arena de la playa. Allí, en un destartalado barco que todavía permanece a flote, se instaló Omar, uno de los protagonistas de la novela citada. Juntos, nos acercamos a la pequeña iglesia de Saint Fiacre, caminamos entre los altos árboles de la isla de Renard y suspiramos al anochecer contemplando como, con la puesta del sol, la isla de los Muertos y la de Trébéron desaparecían en la oscuridad de la noche.

 

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Cementerio de barcos de Rostellec. Fotografía: J.L. Meneses

 

 Siguiendo el sendero de la costa, conocido por el de los “aduaneros”, ya que eran estos los que lo recorrían para evitar el contrabando, o por la carretera local D355, encuentras, tras detenerte mil y una vez, una diversidad paisajística en todo el perímetro de la comuna de Roscanvel. En la localidad del mismo nombre, puedes visitar la bonita fuente de piedra y la iglesia de Sant Eloi del siglo XVII. La costa, está llena acantilados, puntas rocosas que se adentran en el mar, calas escondidas y, todo ello, junto a estanques, pantanos y una flora que crece, cambia de color y envejece contemplando los azules del cielo y del océano. Por si no fuera suficiente, el lugar está repleto construcciones defensivas, como el citado Pinacho de los Españoles, en los que quedó tatuado el quehacer humano a lo largo de la historia. Estoy convencido de que en la próxima vida repetiremos curso.

 

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Costa bretona de Roscanvel. Fotografía: J.L. Meneses

 

 Bordeando la costa de Roscanvel, después de dejar atrás el Fuerte de los Españoles, se encuentra el Fuerte de los Capuchinos, una pequeña isla a los pies de un acantilado construido a mediados de 1800 para proteger e impedir, como otras fortificaciones, las incursiones en la bahía de Brest. El nombre de “capuchinos” se debe a la forma de una roca y no a que hubiese habido en el lugar la presencia de frailes, salvo algún curilla castrense que repartiese bendiciones, por si acaso, antes de que las numerosas baterías abriesen fuego. Aunque el acceso está prohibido, bajando por la ladera del acantilado se puede acceder al fuerte a través de un estrecho puente. Después de los bombardeos de la II Guerra Mundial, las instalaciones quedaron muy deterioradas y nada ha hecho el gobierno francés para hacerlas más seguras y visitables, aunque quizás sea mejor dejarlas como están. No lo sé, lo pensaré, tengo dudas razonables sobre este asunto, ¿y ustedes?

 

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Fuerte de los Capuchinos. Fotografía: J.L. Meneses

 

Haciendo camino al andar, como dice Machado, y en la misma costa que la del Fuerte de los Capuchinos, se encuentran el Fuerte de Cornouaille, el de la Fraternidad, el islote del Diablo, Fuerte Robert y otros enclaves militares menores construidos con la misma finalidad En general, las instalaciones se encuentran en muy mal estado y en la mayoría de los casos está prohibido entrar en ellas. Si decides entrar, es bastante probable que te encuentres con la obra de los amantes del embrutecimiento que, luciendo una imbecilidad patológica, dejan los recintos en un estado lamentable: latas, restos de comida, condones, compresas y, cómo no, grafitis, si es que se les puede llamar así a esos manchones sobre las paredes, que entristecen y avergüenzan hasta al mismísimo Miguel Ángel.

 

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Fuerte de la Fraternidad. Fotografía: J.L. Meneses

 

 Pero la sonrisa vuelve a aparecer y los ojos se alegran cuando volvemos a contemplar el cielo, el mar, la abrupta costa, las calas accesibles e inaccesibles que rodean todo lo habido y por haber. Desde lo alto de los acantilados se saborea todo lo que nos ofrece gratuitamente la naturaleza, convirtiendo en especiales algunos momentos de nuestro largo viaje por la vida. Por el mismo precio, viene incluida la lluvia intensa; el fuerte viento, que hace vibrar el esqueleto; la calma chicha, que viene a dejarnos quietos para poder ver al rey de oros y las contorsionistas nubes posarse sobre la piel del agua. A cualquier hora del día el espectáculo está garantizado y si la piel no se nos pone de gallina o no titilea una lágrima es que, como cantó nuestro insigne y reivindicativo cantautor Raimon, en los ajetreados 70, «nosotros no somos de este mundo»

 

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Anochecer en la playa de Pen Hat. Fotografía: J.L. Meneses

 

 Camaret-sur-Mer es otra de las comunas del cantón de Crozon que se merece más de una visita. En tan solo diez kilómetros cuadrados, te ofrece una variedad de paisajes, colores y sabores difíciles de olvidar. Camaret, la ciudad, es un agradable puerto pesquero en el que amarran embarcaciones de recreo y duermen el sueño eterno aquellas otras que, durante años, dieron servicio a los intrépidos pescadores de langosta. El agradable paseo por el puerto junto a sus casas de colores, restaurantes y bares, la mayoría de ellos cerrados en invierno te lleva hasta el espigón donde encuentra la Torre Vauban, patrimonio de la UNESCO y la iglesia parroquial de Notre Dame de Rocamadour, del siglo XVII, que nos acerca a la mar y a los marineros. Al otro lado de la escollera, frecuentada por las gaviotas, una extensa playa, desnuda en invierno, mira mar adentro.

 

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Torre Vauban. Camaret-sur-Mer. Fotografía: J.L. Meneses

 

 En las proximidades de Camaret puedes disfrutar de unas vistas espectaculares y puestas de sol inolvidables desde los cabos de Pen Hir, de Chêvre, de Dinan o de Toulinuet; también paseando por la extensa, amplia y hermosa playa de Pen Hat o la de Veryac’h; visitando los casi cien menhires alineados de Lagatjar, cuya orientación indica los solsticios de invierno y verano; acercándote a las ruinas de la mansión del poeta Pierre Paul Roux; recorriendo el pequeño y colorido pueblo de pescadores de Morgat,  su extensa playa y, a cuatro pasos, la localidad de Crozon, que ostenta la capitalidad de la región y en la que se encuentra la iglesia de San Pedro, con su pórtico del siglo XVI, el retablo de los diez mil mártires, el del Rosario, el trabajado púlpito o la octogonal pila bautismal. 

 

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Retablo de los 10.000 mártires.  Fotografía: J.L. Meneses

 

Tras de un “Padre nuestro” y tres “Ave Marías”, uno puede continuar aproximándose a la cultura religiosa bretona, que floreció con el auge del comercio marítimo, visitando la iglesia parroquial de San Pedro y San Pablo, en la localidad de Argol, construida en el siglo XV. Es típico de las parroquias bretonas el arco de entrada al recinto , “arco de triunfo”, con su patrón en la cúspide de este. En su interior, además de la iglesia con estatuas policromadas, retablos y frescos…, se encuentran, en la mayoría de ellas, el Calvario y el Osario. En las proximidades y con características similares están la parroquia de San Suliau, en Sizun; la pequeña iglesia de Santa Ana, en Lanveoc o la pequeña capilla de San Fiacre, un lugar muy tranquilo donde sentarse junto a la fuente y su pequeño estanque, a reflexionar sobre lo que se tercie.

 

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Capilla de Saint Fiacre, Saint Fiacre.  Fotografía: J.L. Meneses

 

 Una estancia larga por estas tierras da para mucho que hacer, pensar, leer, escribir, pasear…, una parte pequeña de todo ello queda reflejado en las fotos incorporadas y en el video que acompaña a este artículo y también, como comenté al inicio, en algunas páginas libro, “El laberinto de las especies”, que escribía junto al fuego de la casa de los porticones azules de Saint Fiacre cuando la luna plateaba. En mi próxima publicación, “El baile de las hojas”, que daré a luz a finales de octubre, escribo: los recuerdos están ahí, vivos, bailando como las hojas de otoño cuando sopla el viento, cada uno con los suyos, todos con los nuestros y algunos pocos de ellos, seguirán bailando en el corazón de quienes nos quisieron.

 

 

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