domingo, 27 de septiembre de 2020

Lo primero es la casa

José Leal

Apenas fue declarado el estado de alarma pensé en el señor que vivía desde hacía tiempo en un estado de necesidad permanente porque no tenía casa. Fue llevando sus escasas pertenencias a un lugar de la plaza, como un ave que construye su nido. Un día se instaló allí y esa era su casa, cerca de mi despacho desde cuyas ventanas podía verlo.


Unnamed




Cuando yo iba al trabajo él dormía aún. Cuando volvía a casa él se preparaba para dormir. Si todavía estaba despierto solía saludarle. Él respondía con un movimiento de la mano y un gesto de su cara. Así muchos días, meses. A veces parecía estar hablando con alguien, mirando al cielo y con cierta exigencia. Yo pasaba y no lo distraía. Había construido su morada en plena plaza. Primero en una esquina, después en la parte frontal del edificio que alberga una biblioteca pública. Los aleros de ésta le hacían de techo y lo resguardaba de la lluvia y los calores. Cuando dormía, una maleta a veces entreabierta le hacía de cabecera. Sus zapatos siempre estaban ordenados. A veces ponía un paraguas abierto a modo de un biombo que aumentaba su escasa intimidad.  


Él no sabe que desde el primer día en que lo vi lo acogí y me preocupé de él. Pronto lo sentí como un vecino. Si no estaba, sentía extrañeza y lo echaba en falta. Siempre dejaba sus cosas ordenadas, envueltas con cuidado con una colcha verde. Siempre. Un día nos cruzamos cuando él entraba y yo salía del metro. Fue la primera vez que lo vi caminando y cojeaba de manera llamativa en un hombre aún joven. Iba pensando en sus cosas como todos hacemos. No me vio pero yo lo reconocí.


No puedo saber dónde iba pero prácticamente todo el día fuera de ese lugar que era como su casa que él dejaba cerrada – o sea, tapada con la colcha- , y que abría cuando volvía al atardecer levantando la colcha y dejando ver algunas pertenencias como cuando abrimos la ventana de la casa. Es decir, la casa que se hizo era horizontal. No me extrañaba que todo el día estuviera fuera porque sé que la casa es un lugar para salir y entrar y no un lugar de estancia permanente porque sería un encierro. Por eso confinarse es tan extraño y, a veces, tan dañino. Como dice Levinas, "El papel privilegiado de una casa no consiste en ser el fin de la actividad humana, sino en ser condición y, en ese sentido, el comienzo", lugar del que poder salir y al que poder volver y donde hallar descanso, intimidad. La casa es el lugar para acogerse y recogerse .


Nadie debería estar sin un hogar. Lo primero es la casa, el cobijo, el techo, el espacio al que volver cuando flaquean las fuerzas o aparece el deseo. La casa es el refugio, la morada, el descanso. “Casa, lugar, habitación, morada, empieza así la oscura narración de los tiempos: para que algo tenga duración, fulguración, presencia”, escribe José A. Valente en su poema Bet.

Quizás hay pocas cosas tan hirientes como no tener casa porque ésta forma parte de nuestra mismidad.


Por eso cuando fuimos confinados pensé en él, como en tantos, que no tenía una casa como deben ser las casas. Durante un tiempo vi sus cosas tapadas pero no a él. Pregunté y nadie pudo decirme. Pasados unos días volví a pasar. Era la hora de la comida y él estaba sentado en el suelo. Le saludé y por primera vez conversamos. Estaba bien, me dijo. Le pregunté si había comido. No había ido al comedor social -fue entonces que deduje que era un lugar a donde iba cada día- porque desde hacía un tiempo alguien le robaba sus cosas y lo he visto por aquí, me dijo. Se había quedado para cuidar de ellas. No parecía inquieto. Si lo pillo me lo como me dijo y nos reímos.


Días después de allí había desaparecido él y sus cosas. Quedó el lugar vacío como esas casas que han sido derruidas y queda el solar triste y falto de la vida que allí se producía. Él no sabe que yo era su vecino y lo echo en falta. No sé a dónde habrá ido o quizás lo habrán llevado porque una casa así no se “levanta” solo.


Una persona que había intentado con mucha delicadeza pero con poco éxito ayudarle me dijo que lo habían desahuciado. Es decir, echado de su lugar de vida. Tal vez ese no sea su primer desahucio, ni el segundo. Quizás se desahució de sí, se perdió de sí hace un tiempo pero alguien desahuciado de sí mismo no cuida con tanta dedicación su espacio. ¿Dónde estará? ¿Qué habrá sido de esos objetos que guardaba con esmero? Tal vez él sea una de esas 620 personas de entre las 1.223 que según Arrels a mitad de Mayo “vivían” en la calle, para quienes había sido habilitado un cobijo de emergencia.  


Quizás otros muchos como yo piensan en él y en cada uno de tantos, en cada una de tantas que duermen en la calle y son nuestros vecinos. Si ellos lo supieran tal vez sería más llevadera esa herida que es estar sin techo y vivir en soledad. Existimos porque hay alguien que nos piensa y nos acoge en esa comunidad que somos los humanos. Lo que me preocupaba de él no eran solo los problemas sanitarios. Además de éstos pasaron muchas cosas inquietantes. Cuatro personas sin hogar murieron asesinadas. Solo cuando eso ocurre se habla de las penurias y los riesgos y las violencias cotidianas que sufren aquellos que no tienen hogar.


No sé qué hacía durante el día aún antes de la pandemia pero cuando volvía a ese lugar que había hecho su casa yo sentía la vida que ponía pero también la vida que exponía porque la intemperie está poblada de riesgos y de odios. Si llovía, si hacía frío, cuando las ventoleras de este invierno hacían silbar las puertas de mi casa, pensaba en él de quien nada sabía pero sí suponía su inmensa soledad. Pensaba en él y en tantos otros como él que se guardan del frío en cualquier hueco. Y que están en peligro. Pensé en George Floyd, un hombre negro que murió en Mineapolis asfixiado –como los efectos del covid19- por la rodilla de un policía malvado; como murió Tahir, tan joven, en un centro de menores en Almería asfixiado también en aplicación de ese horror de sistema que llaman contención mecánica y cuyas terribles imágenes grabadas pudieron ser vistas estos dias; o Wubi, joven también que recibió el escarnio de uno de nuestros mossos d’esquadra por ser negro y migrante; o Rayshard Brooks, otro hombre negro asesinado por unos policías en Atlanta; o los obreros “extranjeros” explotados por la empresa Tönnies, el mayor matadero alemán que han sido contagiados del virus por las inhumanas condiciones de contrato y de vida hacinada en la que malviven; o los jóvenes migrantes apedreados en Premiá de Mar por sus vecinos de aquí; o tantos jóvenes extranjeros que fueron cacheados por nuestros policías bajo la sospecha de estar en la calle traficando y en aplicación, al parecer, de un supuesto protocolo de detección de riesgos. 


Peligros de la calle y también peligros de esos lugares, residencias de personas mayores, también a la intemperie del descuido y de esa terrible soledad de morir sin presencias. 


Lo que este encierro impuesto, aunque al parecer necesario, ha destapado para quienes no querían verlo es la crudeza de la situación de tantas personas sin hogar o con hogares invivibles y sin medios suficientes para una vida digna. Si en estas condiciones tan duras por las que atravesamos y desde una perspectiva sanitaria la casa aparece como el lugar obligado de refugio para cuidar de sí y de los otros, pasada esta situación debería ser de obligación para el Estado facilitar la casa como un derecho. Una de las peores cosas que a alguien le puede suceder es quedarse sin casa porque empieza ahí el proceso que lleva al abandono y la desocialización.


Hoy, cuando escribo, es el día mundial de los refugiados. Millones por el mundo, varados entre fronteras crueles, que perdieron su casa y solo ganaron la indiferencia de una comunidad internacional que le dedica un día pero que los deja desamparados y sujetos a las arbitrariedades de gobernantes desalmados como Trump, Urban y otros. Esto y muchas cosas más que están pasando calladas por el predominio de noticias sobre la crisis sanitaria es lo que podríamos denominar la ruta internacional de la ignominia y el desprecio por el otro y su extranjeridad, que genera rechazos y abandonos. Una vida en dignidad requiere refugio y acogida.


Al sufrimiento de estar sin casa se añade el estigma, la sospecha y la arbitrariedad que ahondan el dolor de estar solo. Sobre sus largos años en la cárcel , el gran Pepe Mujica dijo que después de la pérdida de libertad lo peor es la soledad y, añadió recientemente que la peor soledad es la que llevamos dentro, es decir, aquella que se produce cuando el otro ha desaparecido de la vida de uno o uno lo ha expulsado. La soledad cuando es vacío también es la intemperie.


Es de esa soledad de la que habla la impresionante película “Sense Sostre”, de Xesc Cabot y Pep Garrido, con un magnífico trabajo de Enric Molina. Un cine de una impresionante honestidad que ha pasado desapercibido quizás porque esta sociedad de bienestantes rechaza todo aquello que molesta e inquieta. Pocos filmes he visto con este desgarro, sensibilidad y compromiso.


“¿Qué pasará con las personas que ahora pernoctan en los recursos de emergencia cuando éstos cierren? ¿Se quedarán en la calle? No tenemos acceso a las cifras municipales pero muchas personas contactan angustiadas para pedir ayuda”, señalan desde Arrels en unos de sus tweets.


Es la hora de los proyectos colectivos que busquen una transformación de las estructuras que se sustentan en la explotación del ser y de la naturaleza. Es la hora también de una seria transformación de cada sujeto ante la conciencia de la fragilidad del otro, confrontados ambos a una fragilidad común a la que solo puede hacerse frente estando juntos y siendo reconocidos como iguales en dignidad y derechos.


***

Esperábamos con ganas el encuentro familiar y así lo hicimos tan pronto fue posible. Sentados a la mesa, Sami, de dos años y medio, se levantó en su silla y dijo: “Quan sigui grrrraaannn, grrrraaannn –y alzó sus brazos- vindré volant a la casa dels avis”. Y prosiguió mirándonos a todos : “y el tito , y la tita, y la mami y el papi, y la bisa, y la yaya y l’avi també volarán. Tots junts” y abrió sus brazos con tanta libertad que emprendimos un vuelo de asombro y alegría.


Sentí que éste era uno de los proyecto más creíbles e ilusionantes que he oído en estos meses. Un día, cuando él sea más grande, le contaré con emoción que esas palabras dichas con tanta confianza resumen el esfuerzo hecho por muchas personas durante muchos siglos para construir una vida en común aún no lograda. Todos juntos. Y volando, es decir, en libertad. Juntos, iguales y libres. Ojalá los deseos y sueños de los niños y las niñas lo consigan porque los de las generaciones anteriores están aún por realizar.


Aunque me cueste, hoy quiero creer en la esperanza.


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