martes, 27 de octubre de 2020

Vamos hacia la luz

José Leal

Estábamos jugando y un rallo de sol inesperado entró en la habitación. Tendió su mano para atraparlo y al no poder me miró, se rió y volvió a intentarlo. Así varias veces mientras en la habitación el juego de luces y sombras creaba un ambiente fascinante. Cogió mi brazo, lo llevó hacia luz y vio que hacía el mismo efecto que cuando ponía el suyo. Al retirarlo la luz entraba en plenitud. Y así lo hicimos varias veces. Él extendía su mano, cortaba el haz de luz que invadía la estancia y reía. Luego lo hacía yo y volvían las risas. Repitió hasta que, creo, encontró una explicación a lo que estaba sucediendo. Ese es un maravilloso acto de aprendizaje.


Observar con atención y cuidado los modos en que un niño aprende es una de las más hermosas experiencias que uno puede tener. Y mucho más cuando ya estás entrado en años y hay cada vez menos cosas que sean fascinantes. Recién ha cumplido dos años. Hace unos días fui a recogerlo a la escola bressol.


Cuando ya estaba a punto de llegar me llamó su madre, mi hija, para decirme que no me olvidara el carnet de identidad porque era imprescindible para recoger a Sami en la guardería. No se me había ocurrido y ya era imposible volver. Era mi primera vez y pasé todo el tiempo que duró el recorrido de mi casa a la escuela con esa ilusión que se siente cuando lo que viene es promesa. Me pasa con él cada vez que nos vemos. Cada día descubro en él algo nuevo que hace que cuando marcho ya esté pensando qué de nuevo habrá mañana. Y nunca falla. Una nueva palabra, un nuevo gesto, un capricho nuevo, una nueva habilidad se me presenta con un frescor y una hermosura inusitadas. Yo creo que él lo observa y disfruta con mi mirada cálida y corresponde a ésta con un despliegue de gestos y sonrisas a las que correspondo encantado. Me pareció un espacio hermoso ese lugar en el que por vez primera pasaba parte de su tiempo y yo ahora descubría. Tenía mucha luz, todo era nuevo y desprendía tranquilidad y transparencia. La directora sabía de mi visita pero no le pude mostrar mi documentación que había dejado en casa. Me acompañó a la sala en donde estaba y al verme tras el cristal y antes de abrir la puerta vino hacia mí con una convicción que disipaba cualquier duda. Me abrazó con esa alegría con que siempre lo hace y me intentó enseñar las cosas de su clase, cogió su chaqueta, guardó su vaso en su bolsa y por indicación de la profesora se limpió los restos de yogur que había en sus labios mientras la directora hablaba con mi hija y confirmaba que yo era el abuelo de mi nieto. Era ya entrado el otoño. Una mujer de trapo estaba sentada en una silla, a su lado un gatito tranquilo en una cesta y alrededor castañas. Él se puso sus manos en la cintura mientras repetía movimientos a derecha e izquierda acompañados de una canción que debía decir la Castañera, la Castañera. No pasaba el tiempo y yo apenas veía lo que pasaba a nuestro alrededor. Sentí la misma fascinación como cuando mi padre me sentaba a su lado y me enseñaba a escribir la carta a mis abuelos que vivían lejos, cuando lejos era cualquier lugar que no fuera el pueblo porque las comunicaciones eran difíciles. "Queridos abuelitos, me alegraré que al ser ésta en vuestro poder os encontréis bien,..." y me quedaba contento y deseoso de una pronta respuesta.


Un día me contó que desde Junio a Diciembre los días van hacía la oscuridad y que de Diciembre a junio vamos hacia la luz. Ahora vamos hacia la luz y cada día es más largo.


El destino del ser es ir hacia la luz. Nacemos a la luz y es la luz de la ternura que viene del otro lo que atempera ese desvalimiento originario con que nacemos y es esa inmadurez biológica de la que se deriva el desvalimiento la que posibilita el tan fascinante conjunto de aprendizajes que observamos en niños y niñas.


La luz es el lenguaje, esa palabra sorpresa que nunca habías oído en él, esa primera frase, el gesto novedoso, el abrazo inesperado. A veces viene a mí, se me queda mirando y con una sonrisa que es luz y son jilgueros me dice, avi, avi, y yo siento que el mundo se abre en plenitud y que todo es posible. La ternura del adulto garantiza el abrigo para los rigores de la intemperie, el alimento para los del hambre y el buen trato, el trato ofrecido teniendo en cuenta la singularidad de cada sujeto y de cada momento en una experiencia que es rotundamente artística y artesana. Permite la transmisión de una experiencia humana imprescindible como es el cuidar de sí y cuidar del otro y que constituyen la ética del cuidado sobre la que cabe pensar se construye la ética de la ciudadanía.


Muy rápidamente si la mirada del adulto es atenta puede percibir la reciprocidad del niño como gesto, mirada, caricia o palabra cuando ésta se instaura. El bebé devuelve muy prontamente al adulto la ternura que recibe. Desde el principio existe la palabra. Pero hay que estar atentos y saber que desde el inicio de la vida, cuando tan prontamente desaparece lo instintivo y se instala la pulsión tras el primer contacto, todo lo que sucede es interacción y vínculo. Me fascinan sus gestos, y ahora con sus dos años recién cumplidos, me emboba su lenguaje, las frases que construye, las palabras que recuerda y la atención que presta a todo lo que hace. Él percibe mi asombro y siento como un don todo aquello que en él es ese ir hacia la luz que es el crecer, que es ir hacia la comprensión entendida como la capacidad de encontrar sentido a lo que acontece. Esa búsqueda de sentido, de comprender, el no cansarse en la exploración hasta hallar solución a la dificultad o hasta pedir ayuda anticipa, así lo veo, tres grandes valores: la pasión por descubrir; la pasión por la autonomía que aparece tan prontamente cuando todo lo quieren hacer solos, con su propio esfuerzo y en tercer lugar el reconocimiento del otro como ayuda lo que anticipa el fortalecimiento de un valor central en nuestras vidas junto a la autonomía, la interdependencia. Lo que percibo que él requiere es que esté ahí, con él, y que asista tranquilo a sus esfuerzos en ese hacer tan hermoso que es acompañar y permitir su ritmo y disfrutar.


Es noche de Reyes Magos cuando escribo. Tengo suerte, por los años y por el lugar, geográfico, social y afectivo, donde transcurrió mi infancia, de haber vivido Navidades sin consumo, sin anuncios y sin esa mentira edulcorante de unas fiestas de pretendida felicidad. Lo más importante en diciembre y enero eran las muchas fiestas y las diversas experiencias colectivas vinculadas al ciclo de la vida: la matanza del cerdo que aseguraba un tipo de nutrientes para todo el resto del año y la recogida de las aceitunas y la asombrosa extracción artesanal del aceite. Entremezcladas con ello diversas fiestas, Santa Lucía, la de los mozos que entraban en sorteo para el servicio militar, la realización del portal de Belén, la pastelería casera y los muchos fuegos que acompañaban a las fiestas y que tenían como función calentarse y limpiar el campo de la aulaga, un planta espinosa que crece en terreno al que hace infértil. Villancicos, misa del Gallo con zambombas, panderetas y otros instrumentos populares. Entre la terminación de la cena y la hora de la misa del Gallo jugábamos a juegos de mesa con brasero y cuando las ondas lo permitían, escuchábamos la Radio Pirenaica casi siempre llena de interferencias.


Los Reyes Magos eran la gran celebración mágica. Además de los regalos que traían fascinaba el origen de donde procedían. ¡¡¡Venir desde tan lejos, de asombrosos lugares!!! Hermoso aún ese tiempo de la vida en donde lo que viene de fuera puede ser atractivo, generar gratitud y no generar miedo ni sospecha. Hay que conservar el día de Reyes Magos aunque solo sea por la experiencia que para cada niño supone recibir al que viene, aceptar sus dones, cuidar de su cansancio con leche y galletas para los reyes y sus ayudantes y agua para los caballos y desear que al próximo año vuelvan de nuevo con sus juguetes y renovar la hospitalidad, la gratitud y la reciprocidad.


Nacemos a la luz que es el saber de sí y del otro. Eso solo se adquiere acompañado. Ese saber de sí, del otro e ir construyendo la vida va a depender del sostenimiento que el medio le presta comenzando con la conexión de la madre con su hijo y de todos aquellos que complementan esa función.


Ese vínculo, y esos vínculos luego, hacen posible la "experiencia de ilusión" en la que el bebé cree estar creando el mundo porque es cuando descubre algo que lo descubierto empieza a tener entidad y sentido. Y lo repite para que no se escape y cobre consistencia. Observar al niño que descubre es la inconmensurable experiencia de descubrir la creación del mundo. Y eso no puede ser otra cosa que fascinante y un don con que el que el niño nos devuelve los desvelos con los que lo cuidamos.


Mirar con atención al ser que crece es el cuidado y esa debería ser una de las más intensas propuestas, de los más insistentes deseos a esperar de este año para cada sujeto, para cada familia, para cada comunidad, para todos. Cuidar lo frágil para que alcance la luz en plenitud, ese estado que surge de la capacidad de encontrar sentido a lo que acontece y de participar en la construcción de lo colectivo.


Yo espero con ilusión mañana.


Y recito con Claudio Rodriguez: "Siempre la claridad viene del cielo; / es un don: no se halla entre las cosas / sino muy por encima, y las ocupa / haciendo de ello vida y labor propias. / Así amanece el día; así la noche / cierra el gran aposento de sus sombras". ("El don de la ebriedad")

Sin comentarios

Escribe tu comentario




No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes. Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.



Más autores

La normalidad es rara

Leer edición en: CATALÀ | ENGLISH