Isfahán, “la perla de Irán”

José Luis Meneses

No me permitieron entrar en los EE.UU. por haber estado en el país sobre el que hoy se me antoja escribir, Irán. Volaba de Nueva Zelanda a los Ángeles y no tuve más remedio que cambiar de planes y coger un vuelo que, a buen precio, salía hacia Santiago de Chile. Uno de nuestros refranes más populares, dice que: “No hay mal que por bien no venga, ni mal que cien años dure”. Esta verdad incuestionable me permitió conocer y disfrutar en Chile más de lo que suponía en un principio y ver con optimismo que el momento de entrar, en donde hoy no soy bien recibido, cada día que pasa está más cerca. Han pasado once años desde que el gobierno “más democrático” del mundo implantó esta normativa que restringe las libertades y si el motivo era castigar a Irán por enriquecer uranio, queda claro que no han conseguido su propósito, ya que el número de isótopos enriquecidos en la actualidad en ese país supera lo que se produce en los EE. UU. Por otro lado, se sigue viajando y comerciando con Irán, aunque esto le ponga a uno en la lista negra. Por lo que a mí respecta, puedo prometer y prometo, que lo que se cocía en los enormes calderos de bronce no era uranio en absoluto, sino khnoresh gheymeh, un sabroso estofado isfahaní a base de carne de cordero,  guisantes, cebolla, tomate…, todo ello enriquecido (el guiso, no el uranio) con una mezcla de especies llamada advieh. 

 

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Calderada isfahaní: Fotografía: J.L. Meneses

 

Como dice otro refrán: “por los ojos entran los antojos” y el de escribir sobre Isfahán se me antojo al ordenar unas fotografías cuando preparaba una exposición, “Diversity”, para el “Terra Roia Arts Festival” que se celebró recientemente en la localidad de Vilamur, en los Pirineos leridanos. Removiéndolas apareció la del caldero y en él, empezaron a burbujear los recuerdos y a deleitarme con ellos. El plato fuerte de Isfahán es su espectacular plaza Naqsh-e Yahán, en el centro de la ciudad, declarada en 1979 por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Lo primero que te sorprende es su dimensión, casi 90.000 metros cuadrados; lo segundo, el envolvente color azul del cielo, el del Palacio de Ali Qapu; el de las mezquitas de Shah y de Lotfollah; o el inmenso estanque de azulejos de todos los azules, que ocupa gran parte de la plaza. Cuando al atardecer encienden las fuentes y se iluminan los edificios, ves el esplendor de lo que fue el imperio persa desde antes de que naciera Cristo hasta la revolución iraní y la implantación de la República Islámica. No haré más comentarios en estos momentos “porsiaca” no puedo volver a Irán. Más adelante, ya veremos.

 

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Plaza de Naqsh-e Yahán, Isfahán. Fotografía: J.L. Meneses

 

Todos los edificios de la plaza se merecen una atención especial, tanto por sus fachadas como por sus puertas de acceso, sus arcos y bóvedas cubiertas de azulejos de todos los colores. En el entorno de la plaza, en su cara oeste, se encuentra el Palacio de Ali Qapu frente de la mezquita Lotfollah. Es un edificio que, aunque su estilo es distinto, armoniza perfectamente con el resto. Fue construido por el rey Abbas en el siglo XV para recibir a mandatarios y, como no podía ser de otra manera, para ver desde su gran terraza cubierta los partidos de polo que se celebraban y se siguen celebrando en la plaza. A lo largo de la historia ha tenido que ser reparado en varias ocasiones y muchas de las ornamentaciones no se han recuperado. Ya sabemos lo vandálico que puede ser el hombre adoctrinado y lo que es capaz de hacer, por eso, donde residió el arte más sublime y los modales más refinados, también residió y reside la inmensa estupidez. Esta cuestión ya nos la aclaró Einstein.

 

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Palacio de Ali Qapu. Fotografía: J.L. Meneses

 

Saboreado el primer plato, todavía quedan muchos en Isfahán para seguir disfrutando. En la zona norte de la plaza se encuentra el Gran Bazar de Isfahán y frente a su puerta de entrada, en una zona de la gran plaza, los jóvenes isfahanís juegan al chogan (polo a caballo), un deporte aristocrático que se practica desde la era aqueménida, la de Ciro el Grande, quién lo promovió más de medio siglo antes de que naciese Jesús, el Otro, no mi hermano que está en su Gloria. Hábiles con el caballo y el polo, han conseguido que este deporte sea reconocido por el Comité Olímpico Internacional. ¡Faltaría más! Pues bien, tras el jugador que viste la camiseta a rayas, “estilo atletic”, y bajo el arco de la entrada de azulejos azules, se encuentra uno de los accesos al Gran Bazar, una larga calle abovedada y sus aledaños en los que puedes encontrar una muestra de lo que se produce y se vende en Isfahán.

 

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Partido de chogan en la Plaza de Naqsh-e Yahán. Fotografía: J.L. Meneses

 

 El Bazar Qeysarie o Gran Bazar se construyó en el siglo XI y fue muy visitado por los comerciantes que viajaban por la Ruta de la Seda entre oriente y occidente. Miles de tiendas se concentran en sus pasillos y alrededores con tal variedad de productos, que no hay tiempo para aburrirse. En cada tramo, un determinado género, y con ellos, colores y olores diferentes: en unas, el olor de las especies que emanan de las pirámides cónicas de todas las tonalidades; en otras galerías,  las artesanas alfombras persas de lana, seda o algodón, con su olor especial producido por los tejidos y los tintes; también, cacharros y chirimbolos de bronce y cobre que los artesanos elaboran en talleres y a las puertas de sus comercios; como pioneros de la gemología, siguen elaborando piedras preciosas y joyas en las que clavan los ojos las jóvenes mujeres iraníes, hoy enfundadas en un negro integral que apenas deja sus hermosos ojos al descubierto. Quién lo iba a decir de aquel imperio persa que deslumbró al mundo por su elegancia y tolerancia.

 

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Bazar Qeysarie o Gran Bazar. Fotografía: J.L. Meneses

 

 Quien piense que en Isfahán no hay vida más allá de la Plaza de Naqsh-e Yahán, se equivoca, porque además de las mezquitas y palacios, hay una serie de puentes que le dejan a uno “pasmao”. El más conocido y visitado es el Si-o-se-Pol, un puente y presa de 33 arcos construido, en el siglo XVII, sobre el río Zayandeh durante el reinado del rey Abbas I. Por él, pasan hoy los isfahanís de un lado al otro de la ciudad y en el entorno del río se reúnen, a todas horas y para todo tipo de asuntos, como se hizo durante miles de años por aquellos que les precedieron. Sus aguas dulcificaron la convivencia entre culturas y creencias diferentes: musulmanes, cristianos, zoroastrianos, convirtiendo la ciudad en un lugar de referencia para todos los viajeros del mundo. Isfahán no sería lo que es, centro del comercio, del arte y de la cultura, sin este largo y ancho río que pintó de verde una amplia zona del desierto. Hoy, sigue siendo un lugar muy visitado por los iraníes y también por viajeros internacionales.

 

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Puente de Si-o-se Pol y río Zayandeh. Fotografía: J.L. Meneses

 A todos los reyes se les puede criticar muchas cosas hechas a lo largo de la historia, pero hay que reconocer, aunque les pese a los intransigentes antimonárquicos, que durante sus reinados se fomentaron las artes, se realizaron obras de envergadura y se construyeron edificios singulares, muchos de ellos, hoy forman parte del Patrimonio de la Humanidad. Sé que ellos no pusieron una sola piedra, pero, hay que aceptar que la cultura, el arte y el conocimiento florecieron en los palacios generación tras generación. A cualquier amante del arte y de la cultura, independientemente de su credo, se le cae la baba cuando visita el Palacio Real de Chehel Sotou, construido durante los reinados de Abbas I y II. El palacio, con sus veinte altas columnas de madera en el pórtico, se refleja majestuosamente en un estanque de alabastro. En el centro del palacio hay una gran sala descubierta donde se llevaron a cabo recepciones y ceremonias oficiales y extraoficiales. En su interior, el palacio está decorado con pinturas murales que hablan de la grandeza del imperio, de los triunfos en diferentes batallas y como no, del amor y el desamor en las “mil y una noches”. Todavía hay resto de polvo en paredes y techos.

 

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Palacio Real de Chehel Sotou. Fotografía de J.L. Meneses

 

Los palacios de Isfahán son bonitos por su arquitectura y artística ornamentación, pero también lo son porque el agua y los jardines están presentes como complemento indispensable, convirtiendo lo bonito en hermoso. Si, además, como puede verse en la foto, te topas con un isfahaní relajadamente sentado tomando la fresca, la escena se armoniza y se convierte en un recuerdo imborrable. El palacio y jardines Hasht Behesht se encuentran en el centro de la ciudad. Fue construido por el rey Suleiman, también de la dinastía safávida, en el siglo XVII y los jardines, durante el reinado de rey Shah Safi. El interior, de dos plantas, se caracteriza por la variedad arquitectónica y por sus decoradas paredes. Al parecer, en sus habitaciones se hospedaron las ocho esposas de Suleiman y me imagino, que detrás de cada árbol del jardín se escondería un “paparazzi” para dibujar, en un pergamino persa, alguno de los palaciegos revolcones. Como ocho es mucho “bizcocho”, quizás echarían también una mano en esos asuntos rutinarios de palacio. Vamos, digo yo.

 

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Palacio y jardines Hasht Behesht. Fotografía: J.L. Meneses

 

Según dicen, los terribles iraníes no parar de enriquecer el uranio. Yo no sé si enriquecen el uranio o se enriquecen con el uranio, en este segundo caso, hay muchos más países que se enriquecen con él y, por “h” o por “b”, no se actúa contra ellos. Lo que sí sé, porque lo he podido comprobar personalmente y sin utilizar servicios de inteligencia, es que los isfahanís se vuelcan en practicar y enriquecer las relaciones personales con extranjeros, vecinos, amigos o familiares, siempre que tienen ocasión de hacerlo. En honor a la verdad, también tengo que decir que en todo sitio hay seres impresentables, también aquí, quizás menos que allí…o a lo mejor me equivoco. En la foto, con la que voy concluyendo este artículo, puede verse con claridad el enriquecimiento de las relaciones con la práctica del “corro de la patata”. Siempre habrá alguien que piense que están tramando algo.

 

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El “corro de la patata” o algo parecido. Fotografía: J.L. Meneses

 

Llegados a este punto, visto lo visto y viajado lo viajado, quiero poner en valor la sensibilidad de muchos reyes por la cultura y el arte. Claro que, para decirlo todo, comido y servido se puede tener más sensibilidad y hasta más ganas de recrearse con ello. Y me pregunto, ¿qué narices hace el ayatolá de turno en sus momentos de asueto después de haber mandado a tomar vientos a la Dinastía Pahlavi?, ¿dónde está su legado?, ¿por qué no se deleita con los contornos femeninos y enfunda a las mujeres en sacos de terciopelo negro?, ¿y el de otros mandatarios de aquí y allá cuyos nombres no citaré porque ustedes ya los conocen?, ¿alguna de sus actuaciones forma parte del Patrimonio de la Humanidad y son apreciadas por los viajeros? Con más frecuencia de lo que podemos imaginar, más que construir destrozan y en cuanto a las artes, se inclinan preferentemente por el “birloque”,  le toque a quien le toque. A mí, personalmente, y créanme ustedes que no llevo ningún tatuaje en mi pasaporte, me fastidia más el que lo hace porque está temporalmente en el poder, que el que lleva generaciones haciéndolo, es decir, porque lo lleva en la sangre. 

 

 

 

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